Divagues sobre el arte, la propiedad y todo eso
Por Jack Celliers
La cosa empezó en este post de Hargentina, el blog de Tino Hargen (Julio Zoppi), a propósito de unas declaraciones de Josefina Ludmer respecto de la cultura y el plagio.
Es innecesario decir que los debates del medio cultural argentino suelen tener la profundidad de un charco, no voy a aburrir a nadie con eso. Lo que me pareció interesante es el intercambio posterior.
I - El asunto
Las declaraciones de Ludmer hablan del plagio como de algo maravilloso, como un arma contra la privatización del arte:
“No comparto la idea o el mito del autor como creador y la ficción legal de un propietario de ideas y/o palabras. Creo, por el contrario, que son las corporaciones y los medios los que se benefician con estas ideas y principios. El mito del plagio (’el mal’ o ‘el delito’ en el mundo literario) puede ser invertido: los sospechosos son precisamente los que apoyan la privatización del lenguaje. Las prácticas artísticas son sociales y las ideas no son originales sino virales: se unen con otras, cambian de forma y migran a otros territorios. La propiedad intelectual nos sustrae la memoria y somete la imaginación a la ley”
Como dice Tino, esto tiene mucho de discursito progre de café, ese que frente al robo tiene una actitud de tolerancia o incluso apoyo vocinglero argumentando que se trata de una forma de resistencia a la sociedad capitalista.
Lo que olvidan los libertarios de utilería es el hecho de que el capitalismo se apalanca en el robo como piedra basal. Su reproducción a pequeña escala no hace más que confirmar su esencia. Es cierto que la opinión pública hace foco en el robo pequeño y no en el grande, pero justificar el robo per se es simplemente justificar en última instancia la ley del más fuerte.
Ahora, esto es verdad en tanto el objeto robado sea un bien, la pregunta es si el arte es un bien o no. O en todo caso si es un bien como cualquier otro.
II - Divagues sobre lo que el arte es
En la sociedad capitalista el arte es tratado exactamente como una mercancía. Con un nivel de subjetividad mucho más alto que el que se necesita para una aspiradora, pero mercancía al fin.
Aún así uno se atreve a decir que hacer dinero no es un hecho consustancial al arte, que el arte es expresión, y que el hecho de ganar dinero con él ya es algo que tiene que ver estrictamente con el capitalismo y no con la sensiblidad artística.
Entonces el artista se ve obligado a lidiar con dos impulsos que no tiran necesariamente para el mismo lado, el de expresarse y el de ganar dinero.
En este contexto el plagio es sin duda un robo, decirle a un artista que necesita ganarse el mango: “¡Si lo plagiaron jódase, cerdo burgués!” está fuera de lugar ya que el artista no tiene la culpa de vivir en la sociedad en la que vive. Pero lo que no hay que perder de vista es que se trata de un robo en tanto el arte es tratado como mercancía, y el arte no debería ser una mercancía.
Determinar la propiedad de una obra es una tarea más administrativa que artística. La grandeza de la obra de Oscar Wilde reside en la obra, no en que perteneciera a un señor irlandés cuyo documento rezaba “Oscar Wilde” ¿Esto significa que daría lo mismo el hecho de firmar una obra de Oscar Wilde con el nombre Jack Celliers? En nuestra sociedad no. No sólo el valor económico de una obra está en juego, también el prestigio y el renombre, la fama y otros aspectos, que igual a mí me siguen pareciendo poco relacionados con el arte en sí mismo.
Si acaso es relevante desde el punto de vista artístico conocer que El Retrato de Dorian Gray y Salomé brotaron de la misma pluma y forman parte de un todo.
Ludmer continúa con esto:
“Precisamente uno de los objetivos del plagio es restaurar la dinámica y fluidez del significado, apropiando y recombinando fragmentos de cultura. El significado de un texto deriva de sus relaciones con otros textos”.
Esto vale tanto como decir que el objetivo del robo es restaurar la dinámica y fluidez de la circulación de bienes. Me encantaría ver la reacción de Ludmer si un chorro ingenioso le espetara este discursito mientras le afana el sueldo del bolsillo.
Pero Ludmer no se rinde:
“Creo que toda condena de plagio (toda condena de un escritor como ‘delincuente’ literario) es un acto reaccionario. Y si pienso en una política propia de los que escribimos, la consigna central sería que todo libro editado, como los periódicos, sea digitalizado y puesto en Internet cuando aparece, para que pueda ser leído y usado por cualquiera que pueda acceder libremente.”
Como señala Tino, lo que esta afirmación olvida es que quien plagia tiene el mismo objetivo original que el artista en la sociedad capitalista: ganar dinero con el fruto de su robo, con lo cual no agrega absolutamente nada de bueno.
¿Pero acaso el arte no debería circular libre de restricciones comerciales? Yo creo que sí, pero la libre circulación del arte, aunque objetivo loable en sí mismo no tiene nada que ver con el plagio. El plagio precisamente lo que hace es considerar esencialmente la propiedad del arte por sobre cualquier otra cosa.
III - Divagues sobre lo que el arte debería ser
Bah, lo que me parece a mí que debería ser.
Lo que cualquier robo pone al descubierto es el problema de la propiedad. Nuestra sociedad se basa en la propiedad privada y su representación simbólica: el dinero.
Si puedo tirar un panfleto al aire, León Trotsky hablaba de una sociedad de transición en la que “el dinero deje de elevar al cielo o hundir en el infierno”, y que recupere su función de simple medio facilitador del intercambio. La frase me parece resumir de manera exacta lo que persigue una sociedad socialista: que lo material deje de ser un obstáculo, un objeto de nuestra libido y una deidad cotidiana que oscila entre la condena al infierno de la miseria y el premio de la riqueza sin límites.
En el caso del arte es muy evidente: determinar si una obra es plagio de otra, copia servil, homenaje, recreación, etc. es imposible por medios técnicos. El intento de introducir estos parámetros técnicos para establecer las similitudes (cantidad de compases iguales en una canción, formas y colores en un cuadro, etc.) es muy penoso y está más dirigido a establecer una propiedad - esto es: a satisfacer los requisitos del tratamiento mercantil del arte - que a determinar cuestiones artísticas.
En una sociedad en la que el artista no dependiera de su arte para generar ingresos el plagio no tendría sentido. Determinar si una obra es copia de otra o no sería una simple cuestión del gusto público, que podría dictaminar si la nueva obra agrega valor artístico o no respecto del original. En mi debate con Tino puse como ejemplo Pierre Ménard, autor del Quijote, de Borges como muestra de que se puede copiar punto por punto una obra y sin embargo crear otra, con lo que determinar el valor de esta última obra no es posible más que por el gusto artístico y no por meras comparaciones técnicas, porque la obra es mucho más que la obra: es ella y el contexto, que está formado entre otras cosas por su relación con otras obras.
Tino replica que eso no resuelve el problema de la identidad del autor, que una cosa es copiar en el propio nombre y otra adjudicarse la obra de otro. Yo creo que es verdad, pero también creo que en una sociedad en la que el artista no dependiera del dinero esto último sería estéril. Si según Tino incluso en una sociedad de este tipo aún existirían el prestigio y el renombre artístico, yo creo que el estilo no se puede robar, o que en todo caso sería un trabajo inmenso para obtener una recompensa muy modesta.
De hecho la identificación del artista con su obra es algo más bien occidental. En la corte de los antiguos emperadores chinos los artistas eran rentados, y si bien había artistas más reconocidos que otros ese reconocimiento era más similar al de un obrero calificado por su habilidad en una fábrica o un empleado talentoso, se desconoce el nombre de los autores en muchas obras orientales, que son más bien identificadas por su pertenencia a una dinastía determinada que por el nombre del artista, quien normalmente no firmaba sus obras por no parecerle necesario.
Borges, para volver al maestro, recordaba con su sorna habitual el intento de crear una revista literaria en la que nadie firmara ni sus obras ni sus artículos, pero lamentablemente “…nadie quiso renunciar a su nombre, sin duda eufónico y precioso…”.
IV - Final con más panfletos
Creo que en definitiva el asunto del plagio revierte sobre el del robo en general. Ante un robo en pequeña escala el debate siempre se enciende en ambos sentidos: desde el costado izquierdo se tiende a justificar debido a la situación de miseria de muchos y la necesidad de socializar, y desde el derecho se condena señalando los sacrificios de quien es afanado y el respeto a su propiedad privada.
Yo creo que los dos puntos son atendibles, y los dos incompletos. Porque en tanto todo nuestro porvenir gire en torno a la posesión de bienes es imposible que el robo no exista como realización de esta ley de hierro.
En el arte es evidente que la propiedad privada es algo artificial, que una idea o una sensibilidad no son nada si no se transmiten y circulan ya que la obra se completa con la percepción: en tanto admiramos un cuadro o leemos un cuento estamos participando también en su creación. Leer es una tarea tan artística como escribir.
Ya sé que una sociedad así es para muchos utopía, sueños, gansadas. Yo diría más bien que - visto como van las cosas - es una necesidad impostergable.

Comentarios (2 comentarios)
Cuando apareció el artículo de Ludmer, iba a aportar un comentario pero luego me abstuve, justamente para no darle motivo de charla. Por lo visto hubo charla igual y se discutió bastante.
Para mi, el artículo de Ludmer está muy bien escrito teniendo en cuenta de quien viene. A una crítica y/o profesora le importa un carajo quién firme una obra, a quién le pertenece o a quién se le adjudica. Al único que le afecta el tema del plagio es al escritor, al creador, porque le cuesta mucho crear señores, es un renunciamiento constante. A esta señora, que acumula títulos gracias al trabajo ajeno, la propiedad de una obra la tiene sin cuidado, por eso habla de subir los libros recién impresos a la web comparándolos con los diarios, en una comparación que rebaja la literatura a una cosa pasajera. Bueno, eso le sirve a ella y tantos otros, impedidos del arte, minusválidos de la poesía, usureros de los elogios.
Y es lógico que el autor de esta nota intente salvaguardar al arte del interacambio de mercancias. Tal vez Ludmer, en su prolonagada residencia en estados unidos, haya mamado eso de comprar y vender, de ponerle un precio en dólares a todo. Lo terrible es que ella enseña allá nuestra literatura.
Maximiliano / Junio 7th, 2007, 12:35 pm / #
Aunque, mayormente, acuerdo con este artículo, quisiera plantear algunas deficiencias y pantanosidades inadvertidas, en consonancia con la intención de su autor, a saber, la de dotar al debate de una profundidad superior a la de un mero bache.
En primer lugar quiero decir que el artículo ignora una de las razones por las que hoy en día es importante discutir la naturaleza y alcances del plagio: la súbita entrada en la escena masiva del “mash-up”, el collage, la obra viral y otras formas de intertextualidad sonora, visual o literaria. Ya sé que estos procedimientos son viejos, pero la tecnología los ha traído últimamente al primer plano y, si admitimos que pueda considerarse el factor de la masividad en una discusión sobre nociones artísticas (algún purista negará esto), entonces viene bien discutir hasta dónde es recreación y hasta dónde afano.
Quisiera señalar, también, una contradicción, al menos aparente y según mi modesto entendimiento: hacia el principio del texto Celliers señala que el valor económico de una obra no es lo único que está en juego, que entran a valer cosas como la fama y también la posibilidad de apreciar la genealogía y las relaciones de origen y sucesión entre obras de un mismo autor, para después afirmar sin ambages que “en una sociedad en la que el artista no dependiera de su arte para generar ingresos el plagio no tendría sentido”. Aplanando así los delicados relieves trazados más arriba. Poco después reconoce esta objeción, pero la descarta, a mi entender, injustificadamente.
Otro punto relacionado con esto: afirma Celliers que el único objetivo de un plagiario es lucrar con la obra copiada, “con lo cual no agrega absolutamente nada de bueno”, pero en la mayoría de los casos que se vienen debatiendo no es así. No se trata, en general, de agarrar un libro o un cuadro de otro y estamparle el propio nombre, sino de tomar fragmentos de la otra obra e insertarlos en una nueva, de copiar párrafos, páginas, acordes, trazos, y los fenómenos que mencionábamos más arriba (”mash-up”, viralidad, etc.) hacen un aporte artístico al recontextualizar lo viejo en una totalidad nueva. Por eso vale la pena discutir dónde está el límite, si es que está en algún lado.
Otras puntualizaciones que voy a realizar tienen que ver con algunas aserciones del autor que me parecen dignas de aclaración o al menos de discusión.
Dice Celliers que en la antigua China los artistas, insertos en un sistema en el que se los consideraba más bien una especie de obreros, no firmaban sus obras porque no les parecía necesario. Yo me pregunto si no podría argumentarse que, en aquellas épocas de formidable concentración del poder en las figuras del Emperador y sus cortesanos, esto era más bien un signo de sometimiento, una forma en que el poder se apropiaba de la creación artística y asumía el lugar de la producción de obras intelectuales, lo cual también sería un robo. Que no les pareciera necesario firmar sólo vendría a demostrar, desde esta óptica, que, al igual que nosotros y los seres humanos de todas las épocas, esos artistas absorbieron e incorporaron las ideas y discursos dominantes en su época, lo cual no la convierte en mejor que la nuestra. (Esta última aclaración viene a cuento porque no es la primera vez, incluso en este blog, que se apela al concepto de que la noción de autor es moderna para denostarla implícitamente, en una forma apenas intelectualizada de aquello de que todo tiempo pasado fue mejor.) Digo: tal vez no sólo el capitalismo “se apalanca en el robo como piedra basal”.
Otra cosa que se agradecería enormemente es que Celliers o algún otro analista explique por qué “Pierre Menard” demuestra que se puede reproducir exactamente una obra y aun así lograr una obra distinta. Mejor dicho, por qué “Pierre Menard”, un experimento ficcional, sería capaz de demostrar cosa alguna (me parece que aceptar ese presupuesto nos obligaría a aceptar asimismo como verdaderas las moralejas de todas las fábulas).Tal vez un mejor ejemplo de lo que quiere decir sean las obras de Duchamp, el concepto de “ready-made”, etcétera, pero no estoy seguro de haber entendido bien.
Habría otras cosas que decir pero este comentario ya es bastante largo y creo que he tirado alguna punta para seguir debatiendo. De no ser así, al menos me entretuve un rato.
Arrivederci, amigos.
Sebastián Lalaurette / Junio 7th, 2007, 5:30 pm / #
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