Articulo

Una ausencia lúcida

Por Damián Tabarovsky

Caminando por la Avenida Corrientes encuentro, saldada, una pila del libro del cronista Martín Caparrós, llamado Qué país. Informe urgente sobre la Argentina que viene, publicado en 2002 por la editorial Planeta. No estaba enterado de la existencia del libro, supongo que no me interesa ese tipo de productos que hacen del saldo no su injusto destino final, sino su condición inicial. Además, tanto y tanto se ha escrito sobre la crisis de 2001, que a veces pienso que si se hiciera el cálculo de las palabras escritas sobre el tema, terminaríamos descubriendo una hiperinflación aún mayor que la que, por entonces, pronosticaban López Murphy, Hadad, Laje y muchos otros empleados del pensamiento único.

Pero no se por qué, el libro me atrajo (no lo suficiente como para comprarlo, pero al menos para verlo de cerca y ojearlo). Según consta en la tapa y contratapa, el cronista entrevistó a veintisiete personalidades, entre políticos, sindicalistas, piqueteros, educadoras, sociólogos, historiadores, filósofos, consultores, politólogos, juristas, periodistas, humoristas y hasta integrantes de las asambleas de Almagro, Parque Centenario y San Telmo. Leído hoy, la presencia de Luis Zamora como un político representativo o con ideas novedosas; la de D’Elía no como un antisemita sino como un piquetero neo-progre; o la importancia otorgada a las propias asambleas barriales tienen algo de envejecido, de mustio. Pero ése no es el problema: la palabra clave del título es “urgente”, y uno imagina la urgencia por publicar un libro que nos informe sobre lo terrible que nos acontecía en esa época, y por dejar espacio para que los pensadores y los actores sociales piensen y actúen socialmente.

Ocurre que lo que me llamó la atención del libro no fueron las presencias, sino las ausencias. O mejor dicho, un tipo de ausencia: la de la literatura. No hay ni un escritor entrevistado. Ni siquiera uno de nuestros grandes prohombres (y mujeres) de la izquierda literaria, siempre dispuestos a contar, por enésima vez, sus polémicas con Cortázar, la épica de alguna revista literaria que no marcó a nadie más que a ellos mismos, o de denostar a la Academia por razones absolutamente opuestas a las que habría que hacerlo: en nombre de un antiintelectualismo que linda con lo reaccionario y la ignorancia. Nunca sabremos las razones de esa falta en el libro de Caparrós. Quizás algún escritor sí fue entrevistado, y la grabadora no anduvo. Quizás fue una decisión editorial. O quizás el cronista decidió, entre provocador y obvio, ahorrarnos la trivialidad del escritor describiendo el presente, pronunciando frases como “vivimos en una época en la que…”.

¿La literatura no tiene nada para decir sobre el presente, sobre la crisis? Es extraño, porque si algo caracteriza a la literatura y al arte, es que viven en crisis: hacen de la crisis su razón de ser, su horizonte. La literatura expande la crisis más allá de sus fronteras, pone el lenguaje a prueba, politiza zonas del discurso que, a priori, aparecen como no políticas o políticamente neutras. A diario convivimos con la extraña superstición de que la sociedad, la economía, el lazo social, deben tender a la estabilidad, a la duración, a la previsibilidad. Nadie espera que la sociedad viva en crisis permanente. Pues bien: la literatura lo hace (el riesgo de su desaparición es su pasatiempo favorito).

Pero con el tiempo, la literatura se fue pareciendo a la figura de la femme fragile del siglo XIX, entre enamorada e histérica, siempre esperando que un príncipe venga a rescatarla (pero los príncipes están muy ocupados ganando concursos literarios, y después contratando peritos y abogados para resolver sus problemas). ¿De qué habría que salvar a la literatura? Quizás de eso que, en un gesto tal vez de concesión al departamento de marketing o, vaya uno a saber, al revés, en un gesto de gran lucidez, el cronista la salva en su libro: no de la crisis, sino de la urgencia. Aun en crisis, la urgencia es siempre mala consejera para la literatura.

Este artículo apareció en el suplemento Cultura del diario Perfil el 3 de junio de 2007.

Comentarios (un comentario)

Era mucho pedirle a un libro tipico de mero oportunismo periodistico como el de Caparrós que tuviera en cuenta a la literatura. Por otra parte, él es la mejor respuesta de por qué suena inútil pedirle opinión a un escritor acerca del destino de la sociedad. Hace rato que la literatura argentina no se ocupa nada más que de sus riñas intestinas, su crisis se ha trivializado y tiende más bien a encerrarla sobre si misma; no expande ninguna frontera. Pero creo que también hay una evidente devaluación intelectual del escritor argentino que vino de la mano de esa reducción confusa que fue llevando a la costubrar de llamar “literatura” a lo qeu sucede en un minúsculo ghetto de fabricantes de libros, noteros, críticos y académicos confabulados para sobrevivir. Hubo una epoca donde escritor era sinónimo –justa o injustamente- de intelectual; gozaba de una prerrogativa de horinzte ampliado; el oficio de narrador, cuentista o ensayista hacía suponer una alta categoría imaginativa y reflexiva que encendía el interés por hallar su proyección escrutadora sobre los problemas de la sociedad. Hoy es sinónimo a lo sumo de cualquier cosa menos eso, ¿por qué habría de ser interesante la opinión sobre el país de un notero que fabrica novelas históricas por encargo por ejemplo?

Julio / Junio 4th, 2007, 10:20 am / #

Dejar un comentario