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La Cofradía de los Excelsos

Por Susana Cella

A Rubem Fonseca

Había una vez una persona a la que no le gustaban los duraznos. No sabía de dónde había salido ese disgusto, nunca tampoco quiso averiguarlo aunque no le faltaron oportunidades de consultar el asunto por ejemplo con algún médico especialista en alergia, homeópatas o alópatas, con los psicoanalistas, o aunque más no fuera con algún alérgico a lo mismo, con el cual seguramente se habría encontrado de buscar un poco. Su alergia no se limitaba a la piel del durazno, que podía producir alguna picazón, mancha o simple molestia como la que les da a los que tocan rozan áspero o con pelusa. La tocaba sin reacción y como la tocaba, la tiraba, con toda la pulpa adentro. Más parecía darle asco la pulpa, del color que fuera y tuvieran o no los duraznos los carozos pegados a la carne jugosa o se separaran limpitos y de color granate, y según era notorio cada vez peor cuanto más adentro de la fruta iba, por lo que a los carozos no llegaba nunca, ni siquiera quería mirarlos cuando se le soltaban en el mismo momento en que por ahí se le daba por acuchillar un duraznito, romperle la cáscara y dejarlo herido en los barrosos adoquines, y darse media vuelta mirando para otro lado. Descartado consultar a nadie qué cosa era lo que le provocaba esa aversión que iba de la indiferencia más absoluta así se topara con un cajón rebalsando o con alguno aislado, en una frutera y hasta en fotos, hasta lo dicho antes de la hendidura y la acallada flor de fango, llegó a la conclusión de que la misma palabra, que jamás había confundido con el objeto al que designaba, tenía que erradicarse y bastaba con eso para que el causante del problema, se esfumara, de ahí quedaba prescripto que el durazno no existía.
Para demostrarlo comenzó a consultar cuanto libro pudo y aun los que no pudo, por citas o resúmenes o porque alguien le contó o porque repetía la palabra y ahí sí, a diferencia de cuando la cáscara plumosa palpaba, se le hacían en la propia piel suya manchas con forma de nube, los ojos se le ponían vidriosos y los pelos le quedaban como alambre, cosas estas que nunca supieron más que algunos allegados que, por sus varios motivos particulares, también bastante indecisos, no difundieron. Finalmente estableció que esa picazón, igual que el propio durazno, tampoco existía, y para que no existiera la palabra tenía que quedar encapsulada en una teoría. Ahí fue que le salió la teoría de la cereza inmanente. El tratado escrito para demostrar que el durazno no existía y que la palabra era no más que una combinación desafortunada de letras, o sonidos, en caso de ser pronunciada y por tanto capaz de provocar alergias, empezó siendo unos apuntes chatos y al cabo de trabajos y días se le convirtió en un tratado que publicó con una vistosa tapa en la que había una foto de una cereza a la que exaltaba en el prólogo como la fruta más bella y exquisita del universo. De universalidades lleno, el tratado tenía tantos más, y únicos, y exclusivos, como le faltaban los tal vez, los quizá, los más o menos y otras relatividades que bien le habría proporcionado incluso la teoría del mismo nombre si alguna vez le hubiese importado no repetirla de memoria, como solía hacer, sino entender siquiera levemente, qué cosas estaba implicando en esa brevísima, y tan opuesta a sus hiperbólicas parrafadas, fórmula. Enseguida entendió que con el tratado solo no iba a pasar a la historia como era su deseo confeso, si bien en forma privada, desde la juventud. Se dio cuenta de que cual líder o profeta o genio debía tener discípulos, epígonos y acólitos que siguieran, difundieran y repitieran mil veces la teoría hasta que se hiciera verdad como alguien dijo que pasa con cualquier mentira muchas veces dicha. Y vino la suerte a darle la ocasión. Como se quedó a un costado mirando igual que si televisor fuera, todo cuanto iba sucediendo, asomó la cabeza del sucucho donde con magnificentes sones y primeras ediciones se había encerrado, una vez que la tormenta hubo barrido a los más que probables no contrincantes, sino a los que ni siquiera habrían tenido en cuenta ni a la teoría ni a quien la había inventado, y sobre el vacío o campo arrasado, alzó su magna creación.
La teoría tenía varias partes que no siempre congruían, porque era de veras cosa un poco contradictoria gastar páginas y páginas para analizar cuidadosamente cada componente de la fruta en cuestión, o sea, la falta de brillo de la cáscara, los colores que podía tener según la especie de que se tratara, la composición química, la densidad de la pulpa, la inconsistencia o grado de jugosidad, el tamaño del carozo y así siguiendo, para después terminar con que tal cosa era meramente un ente inventado que carecía, pese a la presencia de esos objetos que cualquiera podía verlos en verdulerías o negocios afines, en fotos y películas, de toda cualidad existencial, cosa que en definitiva no podía explicar y por tanto, lo que le quedaba por hacer era decir que el durazno y la palabra durazno eran una desafortunada concepción de mentes inferiores, carentes de discernimiento para apreciar las virtudes de la cereza, y que por esto mismo, mediante injertos, embelecos y artilugios de cualquier índole, que repugnaban a la razón sensata, los descalificados insistían en que se viera, oliera y comiera ese asqueroso engendro y no dejara de pronunciarse la palabra.
De esta que a la gente le hacía pensar en el objeto, buscó una etimología, y encontró además unos sinónimos, y a la primera y los segundos les cortó como se corta un cordón umbilical, el lazo con la para entonces, desacreditada por su autoridad y por el coro de adherentes, fruta. El grupo que lideraba se puso un nombre que, al revés de la publicidad y el halo de maravilla que le daban a cuanto evento, declaración o escrito victoriosamente alzado en una cima especialmente construida por y para ellos y ubicua, porque solo era cima si allí andaban y después de hundía afectada por un movimiento geológico y se iba a los subsuelos con el durazno embarrado y roto; no difundieron. Era como una contraseña secreta que sentían infusa en cada uno, a la que llegaron a considerar, en el desbaratamiento que no escatimaba perturbar la genética, una marca de nacimiento, o una sangre azul, color que al fin y al cabo les quedaba más apropiado, si a simbolismos de colores uno va, para la sangre de horchata que sí, demostraban exultantes tener, y como aun a ellos el ingenio les daba hasta cierto punto, se llamaron entonces, redundantemente, la Cofradía de los Excelsos.
Dicha Cofradía fue aumentando, siempre con una buena suerte que no provenía sino de las favorables circunstancias, similares, para el caso, a las que tiene un virus cuando el ambiente es óptimo para que crezca y avance sobre todo lo que se le ponga delante. Inclusive contaron con imprevistos apoyos. Las empresas enlatadoras del inexistente fruto, para quienes esas cosas cortadas en mitades amarillas, o en pedacitos de rezago, inundadas de jugo azucarado eran la misma demostración de la inexistencia del fruto perfumado, de sus varas de flores y de sus cáscaras, apoyaron la teoría que les venía desde las mismas alturas del saber para sacarse de encima la competencia de los frutos frescos y para más bien acopiárselos y procesarlos de manera que con el tiempo fueran desapareciendo todos y no quedara de ellos más memoria que la que suscita, por ejemplo, una ruina demolida. Esto ayudó mucho a la Cofradía, ya que las empresas enlatadoras, que a su vez influyen sobre los medios de comunicación y otras entidades públicas y privadas en el país y el exterior, hicieron que la teoría tuviese forma de muñequitos articulados, propagandas, movies, premios, páginas web y demás, cosa que a los Excelsos a medias les gustó, se plegaban y no, porque tampoco era cuestión de andar circulando como producto en serie por el mercado, ya que, aunque nadie se iba a confundir al de frutas y verduras con el conceptual mercado, tampoco a este último querían ostensiblemente quedar pegados, de vulgar que les parecía. Pacto va, acuerdo viene, encontraron la forma de mantener su relativa autonomía y empezaron a hacer complicadas derivaciones de la teoría para reservarse el derecho de admisión e insuflaron a adeptos, conversos o acomodaticios allegados, cual ciencia infusa, un rechazo lindante con el espanto y el odio, por los duraznos frescos, por la palabra y la reemplazaron por peaches in syrup, igual que las enlatadoras, cuyo esponsoreo con habilidoso disimulo defendían.
No seguía más que expandir la onda, y así fue. Declarada la inexistencia del durazno, todo lo que se hacía era dictaminar sobre lo que les cayera a la mano de una manera en realidad bastante simple, por más que pretendieran sofisticación, originalidad y, como su nombre lo indicaba, excelsitud, sencillamente en dos casilleros: lo bueno y lo malo, lo inteligente y lo idiota, lo elogiable y lo execrable, lo alto y lo bajo, lo calificado y lo descalificado, en resumen, lo cereza y lo durazno. A diferencia del emperador desnudo, a esta gente, en cambio, se lo dijo más de uno, pero si la Cofradía de los Excelsos podía negar la existencia del durazno, hacer oídos sordos a la misma palabra siempre que no viniera en lata y festejar sus consideradas por ellos magníficas invenciones, qué le costaba espantarse a cualquiera con iguales argumentos que iban todos, tan coincidentes pese a los matices que les dieran, a parar a lo mismo.
No habría sido más que una extravagante sociedad como tantas que existen, sólo que, en este caso, y a diferencia de muchas, benignas o terribles, no se reconocía como tal, porque eso mismo habría sido tener que admitir que solamente se trataba de un grupo, de uno y no más que uno entre otros, y eso les iba a desbaratar precisamente la atroz convicción de que no había nada más que ellos con sus cerezas que, de tanto en tanto, tenían que repintar no fuera que se notara por más esmero que pusieran, que, como cualquier otra fruta, se marchitaban, o que, como los duraznos enlatados, tenían fecha de vencimiento.

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