El país de novela
Por Omar Genovese
Cultura
De Gabriel Bánez
“Escriba, Ibánez, escriba”. Así se inicia esta novela, con una frase que proviene de todo pasado y futuro: Mortifica Gabriel Bánez a su i-Bañez, cifra imaginaria en que muta la voz del escritor mientras elabora un estilo. El autor es todas las voces (un yo de dos caras, funcionarios, compañeros de trabajo…), satirizando al espacio de la cultura como bien político, en que la discursividad globalizada ha dejado míseros a todos. Ni bien comenzamos a caer en el enredo de conversaciones y situaciones desmadradas, insólitas, confrontando teorías y dislates, es donde el relato nos hace cómplices, y leemos espiando la forma de escribir, por encima de su hombro, con él, disfrutando.
Lejos de construir una teoría, Báñez ejerce con firmeza y autoridad una crítica práctica, con aire de simulado descuido, observando el fenómeno cultural de los últimos veinte años. En el espacio de la novela todo se reduce a un Centro Cultural, ombligo imaginario de saberes, nutriente político y rédito de unos pocos, que se relaciona con la politica en la sigla utilitaria –el nombre-, con que las organizaciones agotan todo proyecto, abortando cualquier pensamiento creativo. No hay zapatillas y tampoco libros, solo especulación (como la financiera, que efectivamente pauperizó), en un recorrido de personajes, e intereses tan insólitos como hilarantes. Gabriel Bánez parece no tomarse en serio como escritor, burlarse de sí disociándose, pero tal artificio depara una sorpresa tras otra. En la pasión de su escritura sugiere cierta autodeterminación del autor político, por fuera del marketing desaforado, y por qué no, luchando contra los aculturados que detentan el poder. En las aguas de Cultura existen tanto la navegación curiosa como la respiración hipocondríaca. Sus treinta capítulos conforman una incisión feliz en el improvisado y manoseado cuerpo de la institución cultural argentina, velada por la sombra del desinterés social. La sensación honesta no es otra que Bánez ha escrito algo más que una novela, consumó un acto de sabiduría que emana exquisito humor e inteligencia.
Noches (de san Venancio a san Ivón)
De Ricardo Maneiro
Noches se sitúa durante una agonía que hace de la mente de un escritor una marmita de mixturas. Y la cocina del pensamiento resulta continua: su esposa espera en vigilia la definición, y ese decir se mezcla con el del paciente. Los dos tejen recuerdos e ideas, cuentan y hablan de sí mismos. También del otro, completando la noción de amor, o lo que queda de él después de una vida. La novela se cruza con la historia argentina: en rastros de una investigación sobre masonería, con Urquiza, o en la invención de un personaje perdido por las acciones lejanas de Mitre. Cerca de Pedro -pared de por medio-, está la mente de su mujer, haciéndose de una voluntad imposible. Y entre los dos -o en lo que leemos del uno en el otro-, avanza el relato con un orden preciso, el del verdadero autor, Maneiro. Ese discurso hace un continuo y, durante los días de inflexión ante la enfermedad, tiene su referente en los demonios del Dante que, lanzándonos hacia un presente cercano y dispar, nos enredan en citas, nombres, libros, situaciones, proyectos del artista; reclamos, revelaciones, sutilezas y engaños, para escaparnos de una terrible condena en forma de pregunta: ¿la muerte se anuncia o su prolegómeno resulta novela?.
Pedro cree que no va a morir, y está lejos de ser un hombre ejemplar. Su corona es la oscuridad del fracaso argentino: el dolor anegó toda salida. La visión de Maneiro comprende la derrota de una revolución introvertida, tímida, hecha con más pulmones que aciertos, dejando una vida a merced de sus reclamos conscientes. Por ello vuelve al pasado como consistencia inabarcable, invocándolo con el mismo cuidado que tenemos frente al espejo, pues puede despertar el horror ante el tiempo perdido. Noches es una novela de extensión calma, madura, sin delirio ni misticismo, donde la verdad de una existencia ofrenda la triste fractura de un final íntegro. En su disparidad, Maneiro no puede ocultar su origen en el cuento y, para evadirlo, utiliza un método novedoso, parcializado, con el que logra construir una ficción a espaldas de toda referencia.
Una mujer sucede
De Luis Lozano
El cuerpo de una muerta es velado, y lo será en todo el significado del término. Habrá una descripción de su pasado, tantas veces, que lo importante no será ella, sino el tránsito de las palabras que intentan imaginarla, al menos, parcialmente.
Hay un hombre obligado a estar ahí, empleado municipal. Y llega otro, refugiándose de la lluvia o porque erró el camino, poco importa. No hay fantasmas, ni terror, tampoco miedo. Los dos hombres juegan truco sobre la mortaja que viste la mujer. Quiere decir que mienten. Mienten al otro, y también a sí mismos. Pero el juego es mucho más complicado, y la noche se enfría enlutándose con la lluvia, trayendo otro hombre más, también perdido de sí. Entre los tres, desde cada lugar que les tocó en suerte, van diciendo nombre y señas de la que viste por última vez, ahí, en el cajón. Le hacen cobrar vida desde un pasado que los involucra con ella. Pero cada relato es una versión distinta de quien ya no tiene oportunidad de refutarlos.
Pero hay otro juego, el de Lozano, que es de una sutileza admirable. El autor construye cada discurso de los testigos que creen tener el privilegio de la verdad, y a su vez nos arropa con un manto embebido del tiempo que se elonga hasta el amanecer, promesa de luz que no dará certezas, sino otro saber limitado: el de la existencia humana. Y no me refiero a lo siniestro, angustiante, sino al transcurrir que puede ser sueño, pesadilla, premonición y, como ocurre, también olvido. Una mujer sucede reconstruye la vigilia de quien vela por el muerto, pero a la vez relanza ese tiempo de la muerte contra la propia conciencia de lo mortal. En las sombras de la duda, de lo impredecible del discurrir individual, Una mujer sucede avanza por sobre la ansiedad de lo que creemos cierto, haciéndonos lectores insomnes, sin anís, ni café.
El destino
De Carlos Pereiro
Hay cierto pensamiento inquietante que surge de la lectura de El destino: el tiempo puede condensarse y fluir llevando la existencia hasta límites donde se clausura la voluntad. Es que algo ocurre a espaldas de los sucesos históricos, algo sencillo: simplemente se vive. Como sea, con propias y ajenas miserias, cargando el pasado sin mayores angustias, con la certeza de una nueva y tal vez única oportunidad.
En el caldero anterior al golpe de estado de 1955, dos hombres comunes, grises, cometen un robo y el botín queda guarecido hasta que llegue el olvido, en espera de un momento seguro para gastarlo. En esa espera se construye una trama que evoca el ascetismo policial de Chandler, pero en un marco de precisión descriptiva donde el futuro va anunciándose con paciencia. Es que los dos personajes (Arce, Grau), no han fracasado pero sienten el fracaso, y en cada conducta, relación, actitud, dejan llevarse por la fidelidad, la palabra, destellos de humanidad que los hace más fuertes, preparándolos para un algo que queda suspendido. Y a la vez se los lee como diferentes, seres que ya no encontramos en la gran ciudad.
Hay una mujer que comienza a cerrar el círculo, y un barman que cancela el grupo: los cuatro enfrentan el verdadero destino, ése que no se construye con palabras, sino con hechos. La integridad que conforman, con sus limitaciones y miedos, será la que produzca lo que ninguno puede evitar: tomar revancha y distancia de una corrupción con ínfulas endémicas, trazos que hasta hoy perduran. Y el triunfo del destino tiene el amargo sabor de la derrota: cada uno de los personajes ha cerrado cualquier reconocimiento social. Deberán migrar, mutar, hacerse de nuevo. Algo que nos es conocido, en otros destinos o destierros.
Artículo publicado en Nómada, año 1, número 4, abril de 2007

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