La reforma intelectual y moral
Por Nicolás Enrique Puente
¿Cuánto tenemos para cambiar las vidas privadas de los pobres? En otras palabras ¿cuánto dinero tendremos que darles para hacerlos capaces de disfrutar de la felicidad pública? La educación es muy hermosa, pero lo auténtico es el dinero.
Hannah Arendt
Una reforma intelectual y moral no puede dejar de estar ligada a un programa de reforma económica, o mejor, el programa de reforma económica es precisamente la manera concreta de presentarse de toda reforma intelectual y moral.
Antonio Gramsci
La cuestión de la inseguridad ciudadana parece ser el centro de atención de la ciudadanía y como es lógico los candidatos y los funcionarios en general intentan, unos explicar lo que harán para “terminar” con el problema y, los otros, dar razones que justifiquen y/o morigeren su fracaso. Tanto la opinión pública como algunos dirigentes políticos parten, y es entendible, de una premisa falsa: que la inseguridad puede ser resuelta en poco tiempo con una batería de medidas concretas y políticas públicas activas, incluso, se nos promete, es posible volver a niveles de inseguridad aceptables como, por ejemplo, los de nuestro propio país en los 60.
Si convenimos en que el trabajo significa dignidad presente y posibilidad de futuro, parece extremadamente dificultoso pretender volver a niveles de seguridad específicos de un tiempo político-social caracterizado por el pleno empleo y los salarios más altos de la historia argentina. La estructura económica no sobredetermina a la superestructura político-cultural pero está claro que la determina en última instancia, la planta de la ética se siembra sobre el terreno fértil del bienestar económico, ética y pobreza absoluta son una excepción y, obviamente, no pueden ser la regla.
Todos los economistas concuerdan en la existencia de un “núcleo duro” de la desocupación de muy difícil resolución, los analistas sociales observan también que hay un número significativo de gente a la que ya no le interesa buscar trabajo, por último los teóricos de la cultura dan por sentado la existencia de una nueva cultura “tumbera” que divide a la gente entre “chorros” y “giles que laburan”. Estos elementos sumados nos permiten afirmar que la inseguridad expresada en el aumento exponencial de las tazas de delito llegó para quedarse y que la única reforma posible de carácter ético-político es una profunda reforma de la estructura económica, como los admiten teóricos tan distintos como Gramsci y Arendt citados al comienzo, pero he aquí las preguntas, ¿cuáles son las condiciones de posibilidad para efectuar esa reforma? ¿El “núcleo duro” de la desocupación, puede ser transformado rápidamente? La cultura “tumbera” ¿desaparecerá en poco tiempo una vez conseguidos niveles de empleo satisfactorios?
La solución que propone la derecha política, tanto la aggiornada como la más clásica, se estructura a partir del siguiente sofisma: el aumento y la eficiencia en la represión actuarán como disuasivos. Parecen creer que existe un número limitado de delincuentes, potenciales y comprobados, pongamos un número hipotético, 100.000, y que subiendo las penas y dejándolos muchos años en la cárcel los niveles de inseguridad bajarán. La simplicidad del argumento incomoda, parecen decirnos: si tenemos a 80000 de los 100.000 delincuentes detenidos, la inseguridad tiene que bajar. Conceptualmente comprobamos que se trata de la vieja derecha y no nos puede confundir cierto aire de modernidad en sus propuestas cuando acuerdan de mala gana que la raíz del problema es social. En verdad siguen proponiendo lo mismo de siempre, eliminando a los delincuentes, eliminamos la delincuencia. No pueden aceptar la relación directamente proporcional entre deterioro económico y aumento del delito, en un debate a fondo deberían dar razones supranaturales para explicar el aumento de la “maldad”.
Si bien hemos escuchado que la derecha política ahora admite, digamos, la variable socio-económica, no nos cabe duda que se trata de una adhesión oportunista. Para que esto fuera creíble, ellos como partícipes principales de la fiesta menemista, deberían realizar una profunda autocrítica pública, sin embargo no quieren responsabilizarse de la creación de un monstruo en la que ellos fueron protagonistas principales. Una década de miseria transformó a cientos de miles en desempleados crónicos y a sus hijos en “pibes chorros”. Si se me permite la generalización, los padres conforman el famoso “núcleo duro” y los hijos llenan las cárceles y protagonizan el aumento inusitado del delito, sobre este sector social es en dónde se debería trabajar si realmente se quiere bajar los niveles de inseguridad.
A pesar de los slogans de campaña y del reclamo social irreflexivo de “seguridad ya”, para muchos se hace evidente la complejidad inusitada de la tarea: muchos años fuera del sistema provocaron el nacimiento de una cultura del delito, sólo sería posible una reconversión si lográramos que los sueldos mínimos que paga el mercado hicieran que correr el riesgo de delinquir fuera mucho más alto que el de trabajar. Para expresarnos en números y tomar conciencia del nivel de dificultad: cuando el mercado, obviamente en condiciones de pleno empleo, pueda pagar salarios mínimos iniciales, a valores actuales, de 1500 pesos, sólo en ese caso un número significativo de jóvenes “tumberos” pensará en dejar el delito. Pretender que por un sueldo mínimo actual -ni siquiera garantizado sino sujeto a dura competencia- los “pibes chorros” dejen el delito es alocado e insensato. Tal pretensión de honestidad abstracta y universal pone de manifiesto que se cree en la existencia de unas reservas morales que se dan en el aire, sin un proceso de socialización que permita incorporarlas y sin sustento económico que permita efectivizarlas. En el diálogo diario que debe existir entre un padre del “núcleo duro” y su hijo delincuente ocasional o profesional constantemente debe salir el “¿y vos que ganaste siendo honesto?” Si no logramos relacionar honestidad con racionalidad de medios y fines cualquier descenso de la taza del delito es pura palabrería.
El liberalismo extremo, y eso fue el menemismo, siempre termina dibujando una sociedad Hobbesiana, el otro no es un fin sino un medio para mi conservación, estamos entonces en una “guerra de todos contra todos”, observable hoy en la Provincia de Buenos Aires, en donde “el hombre es el lobo del hombre”, en esas condiciones pretender terminar o aminorar el problema de la delincuencia con magros planes sociales y apelaciones retóricas a la ética no es serio.
El desempleo crónico, las drogas, y la “nueva” ética
“La inseguridad y la miseria de la vida no pueden producir sino el deseo del placer en el momento; el mañana no existe para quien no espera mejorar.”
Juan Bialet Massé
Como lo venimos sosteniendo en un marco como el actual en donde millones están desocupados pretender que la solidaridad y la dignidad sean valores altamente significativos es sencillamente una petición de principio. El hombre vive en un presente absoluto, tiene que comer hoy, no puede pensar en el mañana, mucho menos en construir con otros un futuro diferente. No puede ser casual que el diagnóstico de Bialet Massé sobre la clase obrera se haya realizado en un tiempo ideológico similar al de la década menemista. Liberalismo (1890) y neoliberalismo (1990) producen resultados sociales similares, deberíamos ya darlo por acreditado y cerrar el debate sobre este tema.
Si es verdad la hipótesis central de la antropología, que los cambios en el sistema natural fueron el agente dinámico en el proceso de evolución humana, no deberíamos dudar en trasladar ese razonamiento a nuestro tiempo y a nuestro problema. El cambio es constante, la adaptación también, el débil desaparece, lo que ayer fue virtud, hoy se torna defecto. El enorme proceso de transformación regresiva del ingreso que vivió el país en los noventa consagró entre los más necesitados a la astucia, la violencia y la mentira como elementos claves de la adaptación a los cambios en el sistema social. Este pobre de hoy no es el pobre de los 70, no estamos ante un trabajador no calificado, estamos ante un marginado, analizado sociológicamente, y frente a un marginal, fenomenológicamente hablando, alguien que sólo conoce de los valores burgueses la racionalidad costo-beneficio. Es el producto de la adaptación y, recordémoslo, sobreviven los más aptos, los que manejan mejor las nuevas condiciones, los nuevos valores.
Se asalta, golpea y asesina a los viejos, a las mujeres, a los niños, es decir a los que ofrecen menos resistencia, racionalidad costo-beneficio absoluta, calificar estos hechos como producto de una maldad especial es una tentación para muchos, sin embargo es preciso descartar tal visión y concentrarnos en el aspecto antes señalado, la racionalidad costo-beneficio. Los valores que juntos confeccionan el plexo de sentido que históricamente llamamos “una buena persona” han tenido escasa difusión y popularidad en los 90 dentro de la clases medias y altas, todos somos un poco peores después de tanto individualismo y consumismo, mucho menos podemos pedirle entonces a los sectores sociales marginalizados. El hombre convertido en lobo del hombre no remitía en Hobbes, arriba citado, a un tiempo real, más bien se hacía realidad allí donde no había Estado, donde había ausencia de poder común, deberíamos repensar y reflotar esta idea porque explica mucho de lo que estamos viviendo.
Quince años son pocos en la historiografía general de un país, son demasiados en la vida de una familia. Calculamos en cientos de miles a los pobres que ven extremar su situación social a partir de la hiperinflación de Alfonsín, entendemos como el número crece hasta ser millones en la década menemista y, sabemos, reciben un golpe final en la crisis de 2001. Pongamos por caso testigo un padre de entre 20 y 40 años, de dos a cuatro hijos, con una calificación máxima de peón de la construcción, observaremos objetivamente que en el periodo 1989-2003 ha tenido escasísimas posibilidades de insertarse laboralmente, el sistema lo ha condenado ha vivir del cirujeo, de la caridad social, de los planes sociales y de los pequeños robos o fraudes, sus hijos no han conocido otra vida que la miseria, ni otro marco social que la indignidad, en ellos es donde ha prendido fuerte el delito como modo de vida. Han aprendido que ninguna de las instituciones políticas tiene nada para ofrecerles, que el camino que muchos elijen es el de la mendicación y los pequeños delitos, pero que los fuertes en sus barrios de origen son los que se dedican enteramente al delito con cierto éxito. Todo este panorama se ha complicado en la medida en que la droga es una realidad insoslayable, pide y provoca delitos. Para muchas familias del gran Buenos Aires y de Capital Federal la cárcel forma parte de su horizonte de vida, hermanos, padres, amigos, están allí, han estado, o van a estar, y como nadie se prepara para lo que nunca va a ser (médico, abogado, ingeniero, obrero calificado), sino para enfrentar la realidad efectiva, ellos, en un fondo marcadamente racional, se preparan para cuando les toque estar un tiempo en alguna unidad penal. Durante tres años di clases en González Catán y Laferrere , estaba enterado al día del lenguaje “tumbero” del momento, mis alumnos cometían pequeños delitos, y practicaban el “cheteo”, renovar sus ropas o zapatillas sacándoselas a otros a las trompadas o mediante amenazas, algo que ellos saben por su grupo social es muy común en las cárceles, y como decía antes ese es el horizonte de muchísima gente. Los “más capitos” estaban orgullosos de que su padre o su hermano no era “refugiado” sino “población”, es decir que se encontraba en un pabellón con otros presos de igual calificación y no con aquellos que son separados por razones de propia seguridad. Sería equivocado afirmar que no hay ética en ese mundo, más correcto es señalar que ha nacido una nueva ética en esos grupos, muy distinta a la ética burguesa y cristiana en que muchos nos hemos formado. Algunos, los más osados, los más “aptos” viven enteramente del delito, otros, la mayoría, han rearmado su vida a partir de un circuito de miserabilidad que incluye los planes sociales, los comedores, el cirujeo, la caridad, la asistencia estatal y los pequeños delitos. En ese marco nos encontramos y desde allí deberían partir las soluciones, desconocer el problema o ponerlo en falsos módulos lleva al fracaso y a un aumento desconocido de la violencia, pues todavía no hemos visto nada como lo que ocurre a diario en las principales ciudades colombianas, San Pablo, o Ciudad México que son el verdadero horizonte. El aumento de la represión que propone la derecha no es una solución real, es simplemente más de lo mismo, también debemos advertir que cierta ingenuidad progresista expresada en la victimización del que es hoy claramente victimario, tampoco aporta a una solución realista. Se trata de concientizar a la sociedad respecto de un problema que llegó para quedarse y que sólo con años de crecimiento económico, capacitación, atención de las necesidades más urgentes, educación en valores, pleno empleo y, sobre todo, muy buenos sueldos empezará a solucionarse.

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