Apuntes de viaje: molinos de viento, molinos de luz
Por Mempo Giardinelli
Desde hace un tiempo, en todo el mundo se debate la cuestión de los biocombustibles. De hecho la celebrada película de Al Gore, por ser quien es, pareciera haber desatado bastante conciencia al respecto. Al menos ahora los presidentes Bush y Lula están metidos en el asunto, y aquí en Europa también es materia periodística diaria. Pocos temas preocupan más en este continente que el calentamiento global y la necesidad de desarrollar energías no contaminantes.
En Bélgica, Suecia o Dinamarca, por caso, son impresionantes los avances en materia de energías alternativas. Y en general todos los gobiernos –y cada oposición– parecen haber entendido que no se trata sólo de detener los precios del petróleo, sino también, y sobre todo, de disminuir los desastres que produce la contaminación ambiental. Por eso Suecia, por ejemplo, ya tiene más del 10% de sus estaciones de servicio (sobre un total de 4.000) que venden naftas derivadas de recursos renovables, como el etanol derivado del trigo y de la soja. Y aquí en Valencia los diarios destacan estos días el avance de las investigaciones para obtener bio-diesel de las naranjas, siendo que ésta es la principal provincia naranjera de España.
Resulta alucinante ver cómo toda Europa desarrolla velozmente, año a año, la producción de energía eólica. Centenares, miles de enormes y bellas paletas de los molinos de viento se alzan en colinas y montañas por doquier. Dinamarca cubre ya, gracias al viento, el 20% de sus necesidades de luz. Alemania un porcentaje levemente menor. Y en España la visión de estos gigantescos y blancos molinos de tres paletas, que evocan a Don Quijote, es sobrecogedora porque están en toda la Mancha, y en Asturias y en Andalucía, y en el extremo sur, al norte del estrecho de Gibraltar, entre Tarifa y Jerez de la Frontera, donde miles de molinos de viento dan energía a todas esas regiones, que combinan industrias con turismo.
En la carretera de Madrid a Valencia –que son 340 kilómetros de dobles y triples vías bien demarcadas, seguras y gratuitas como toda la Red de Carreteras del Estado (de lo cual debieran tomar nota los imbéciles que vaciaron Vialidad Nacional y nuestras “autoridades” de Transporte)– se ve no menos de un millar de estos molinos junto a todos los pueblos. Así redalzan y embellecen el paisaje a la vez que proveeen de energía barata y limpia, y prueban de paso que aquí el cuidado del medio ambiente es más que una consigna.
Cómo no pensar, viendo esto, que la argentina “viveza criolla” es por lo menos estúpida. Fuimos pioneros en el desarrollo de las alconaftas (que en los 70 se vendían en casi todo el país) y nuestra Patagonia tiene la que quizá sea la mayor fuente de vientos poderosos de todo el mundo. Pero seguimos dependiendo del petróleo y del gas, e incluso de la energía nuclear, y –no me consta, pero es conjeturable– ninguna facultad de ingeniería del país prepara consistentemente a nuestros futuros profesionales para desarrollar en la Argentina la energía del viento, que es el mundo que viene y que, aquí es evidente, ya está ante nuestras narices.
Hace unos años, a comienzos de 2000, pasé por la localidad de Río Mayo, en Chubut, que se ufanaba entonces de tener el “Parque Eólico” más grande de la Patagonia. No sé en qué estado se encuentre ahora, pero en aquel momento bastaba llegar allí para ver otra típica farsa argentina: en una meseta a las afueras del pueblo había cuatro molinos de viento, ninguno de los cuales funcionaba. La referencia estaba solamente en los folletos turísticos.
Luego escribí ese episodio en un libro y muchos patagónicos se ofendieron y me mandaron cartas durísimas que sólo expresaban otra típica argentinada: fulminar al mensajero.
Todo viajero que recorra hoy España en automóvil encontrará estas dos maravillas: carreteras impecables y gratuitas que no están privatizadas; y decenas de miles de molinos produciendo esa energía barata y no polucionante, y que es absolutamente renovable y natural porque su única madre es el viento.
Ese mismo viento que en la Patagonia sobra, y en todas nuestras provincias andinas, y en Córdoba y dondequiera. De donde, obviamente, se deduce que nada sería más lógico, racional y promotor del desarrollo que aprovechar la energía eólica, que en la Argentina es un formidable regalo de la naturaleza.
Otro más, e igualmente inútil.
Publicado en la revista Debate # 219 el jueves 24 de Mayo de 2007.

Comentarios (un comentario)
excelente artículo .cuánto tiempo más perderemos los argentinos para ocuparnos del bien público.usar estas energías renovables que nos sobran por doquier
ana uriarte / Junio 18th, 2008, 11:00 am / #
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