Articulo

La celebración de una farsa

Por Julio Zoppi 

Confesión de parte

El periodista y escritor español Luis María Anson, quién ostenta el título de  miembro de la Real Academia Española, ha realizado una especie de confesión pública en el suplemento cultural del diario El Mundo de España sobre los concursos literarios organizados o patrocinados por empresas editoriales. Dar cuenta de semejante membresía intimida e impone la reverencia de cualquiera que se atreva a lidiar con los sujetos y los predicados de la lengua de Castilla. En este caso Don Luis no anduvo con ambigüedades:

Sabía de sobra, al aceptar el encargo, que el premio Lara sería una farsa, igual que el Planeta. Cuando un editor se juega decenas de millones de pesetas en una novela quiere, como es natural, que ésta sea, antes que nada, comercial. Así es que los comités de lectura de la editorial criban los originales, a veces varios centenares, para seleccionar a los “finalistas”. Además, después de relecturas y análisis, proponen la novela (encargada en ocasiones a un autor de éxito) que, por sus características, puede encaramarse sobre una venta masiva. El jurado, o al menos sus principales miembros, son informados discretamente de lo que conviene a la editorial y actúan en consecuencia. Comprendo muy bien que Juan Marsé, que escribe hoy el mejor castellano de nuestra literatura y al que he propuesto varias veces para el Príncipe de Asturias de las Letras, decidiera retirarse del jurado del Planeta, cuando se enteró de cómo se cocinaban las cosas.

Detrás de esta confesión de inusitada claridad y contundencia, presiento en primera instancia un dejo de impunidad; lo digo ya que poco me importan las consecuencias de algo que nadie puede hacer nada para que cambie. Los premios arreglados seguirán existiendo, los premios nobeles y miembros de recontra reales academias probablemente se seguirán prestando a estas farsas como “jurados” cuando el único juramento que parecen respetar es el de la complicidad en la patraña, los escritores seguirán mandando novelas con la esperanza de ser tenidos en cuenta y todos guardarán silencio para que siga la fiesta, a la que se suman las voces interesadas que aparecerán de esa nefasta categoría de “periodistas culturales” asalariados del poder editorial que levantan lecturas complacientes que todo lo disculpen. 

No es descabellado presumir que van a ser una inmensa minoría los que levanten sus voces frente a una mayoría pálida que se mostrará condescendiente con los mercenarios intelectuales que legitiman con su prestigio unos montajes engañosos. Probablemente les habrá calado muy hondo aquella noción importada e impostada del meta-mensaje literario por la cual a los negocios editoriales les caben las prerrogativas de suspensión de la moral que rigen para las obras de ficción. Me pregunto por qué los políticos no reclaman un trato similar. ¿Por qué entonces en el campo de los negociados se instala a imagen y semejanza de la literatura una suspensión de la moral? Que importa si una licitación se arma con 200% de sobreprecio para favorecer a determinada empresa de antemano y los involucrados de reparten las ganancias.  Ah, en este caso se está jugando con fondos públicos, eso es realmente importante, me olvidaba. En el caso de los concursos literarios se juega con el trabajo de los escritores, que puede valer eso, ¿a quién le importa la dignidad de esos perritos falderos que insisten en llenar hojas y hojas y sostener el tupé de que se las publiquen? ¿Los lectores? Menos que menos ¿Acaso tienen algún derecho de no ser manipulados? ¿Que ley impide que se los engañe? Pero si la mayoría de los escritores novatos, embebidos en una nube de servilismo ciego hacia las editoriales en busca de amansar a sus perros guardianes para que los dejen entrar, o aquellos escritores ya establecidos en el mercado tan cuidadosos a fin de mantener contratos vigentes, anestesian su dignidad en nombre de no incomodar al poder editor regalando justificaciones inverosímiles, me importa enfocar el tema desde el lugar desinteresado del lector, destinatario final sobre el que se descarga el  mensaje de estas operaciones publicitarias disfrazadas torpemente de prestigiosos premios.

 

Los beneficios colaterales

Maximiliano Tomas en Perfil se hace eco de esta noticia. Primero cumple prolijamente; defiende los premios-farsa de modo que quede bien claro de que parte está:

Esa es la esencia de los premios comerciales, y no hay nada malo en ello: celebraciones de la propia editorial para con sus autores, la mejor campaña publicitaria que pueda imaginarse.

Obviamente que no hay nada malo que hacer la mejor campaña publicitaria, pero se olvida que lo malo es montar la farsa de un concurso para encubrirlo. Pequeño detalle.

Continuando con su lectura, complaciente y laudatoria, Tomas escribe: 

Anson se detiene, precisamente, en el punto más delicado de este tipo de estrategias de marketing encubiertas, en los daños colaterales: cientos de escritores que participan de buena fe, creyendo que cuentan con alguna posibilidad. Son, si se quiere, los únicos perjudicados.

Con una tibieza y un refinamiento lexical envidiables establece que lo “delicado” del asunto es el problema menor de los “daños colaterales”. Si, aparecen los famosos “daños colaterales”, el mismo argumento, mezcla de asunción de culpa y disculpa a la vez, que salvando las distancias trágicas, usan los laboratorios que prueban drogas peligrosas en poblaciones africanas o los militares cuando justifican el indeseable efecto secundario de unos cientos de niños muertos después de disparar un misil en una zona poblada. 

Luego concluye que los escritores que participan de buena fe son los “únicos perjudicados”. ¿Y los lectores? ¿Y los ciudadanos comunes que como consumidores de cultura se ven obligados a creer estas farsas creyendo que se premia realmente el libro que los jurados han celebrado como el más sobresaliente? Se necesita decir que son los únicos para retener la cuestión como un asunto interno, total los únicos perjudicados son los que seguramente nada dirán y aceptarán mansamente las “reglas del juego”, el resto de la realidad no existe.

La conclusión de ambos parece semejante en cinismo y complicidad. Ante todo se declaran a favor de estas operaciones desvalorizando y minimizando los daños que ocasionan, lo que por añadidura significa desvalorizar a los damnificados. Luego magnifican los beneficios de estos montajes sobre los escritores y la literatura. Allí donde debieran reconocer lo que es obvio, que están a  favor de los premios porque benefician a la empresa que los organiza y a la cual desean complacer, excusar y respaldar,  sustituyen esta verdad de Perogrullo para instalar un concepto tan candoroso y filantrópico como falaz “estoy a favor porque creo que beneficia  a la literatura, a los escritores y a los lectores”. Es lo mismo que decir que se apoya al premio porque los escritores y la gente estafada obtienen “beneficios colaterales” de la diversión ajena a su costa.

Tomas cierra con otro consuelo demoledor por la propuesta tácita de dócil sumisión que implica: 

Pero se escribe demasiado y se publica mucho, y la industria necesita combustible permanente para seguir funcionando. ¿Dónde suele encontrarlo? Muchas veces, en algunas de esas buenas novelas que llaman la atención de los prejurados, o que obtienen segundos y terceros premios, que son, en verdad, los primeros.

¡Bienaventurados los segundos y terceros que de ellos será el reino de la literatura! 

Se trata del combustible necesario, pero lo que se quema no son hidrocarburos sino la confianza y el trabajo de escritores, público y lectores.

Anson, en cambio, concluye su alegato permitiéndose confesar también que tiene sentimientos:

Con beneficio, insisto, para la literatura española, para los novelistas que escriben en nuestro idioma y para el estímulo de la lectura. Todo ello al margen de la tristeza por las obras no comerciales pero de calidad que se quedan en las cunetas, de muchas ilusiones deshabitadas, de tantas esperanzas muertas.

Difícil me resulta entender cual es el beneficio para la literatura –española en este caso– cuando en la línea siguiente el mismo autor declara su evidente perjuicio aunque lo quiera ingenuamente poner al margen. Para los novelistas no veo tampoco provecho, excepto el que arregla ser premiado de antemano, y menos que menos para el estímulo de la lectura. Es más, me parece temerario que Anson se atribuya de modo alguno el nombre de los lectores. 

Pero en definitiva al español los daños colaterales le provocan tristeza, ¡Ay que conmovedor! 

Todo esto a mi me provoca una mezcla de asco e indignación como tantas cuestiones a diario, evidentemente soy de una vulgaridad pasada de moda en cuanto a la poca sofisticación de mis reacciones, pero lo único que si me provocaría tristeza es que los estafados no reaccionen y le permitan a este señor el privilegio de sufrir como consecuencia de sus actos tan sólo un poco de fingida melancolía.

 

Lo peor es disfrazar el circo doméstico de ópera universal

Todos los premios que se establecen dentro de la industria cultural como fenómenos de marketing,  por mas comerciales y anti-culturales que sean,  son mínimamente “tolerables” en la medida que se muestren como lo que son y que el público pueda atenerse a las consecuencias derivadas de esa realidad. Los Oscars, por ejemplo, pueden gustar o no,  pero nadie esconde que son los premios de la industria del cine yanqui a la industria del cine yanqui, y sólo votan los miembros de esa industria, no llaman a un jurado de neutrales cinematólogos para montar un simulacro de certamen excelso de la cultura. Lo mismo los premios de la TV o la industria discográfica, serán una cagada y esconderán miserias de todo tipo pero son al menos honestos en cuanto a su naturaleza; uno sabe quién es capaz de darle un premio a Clint Eastwood o a Marcelo Tinelli. Pero el problema de los premios literarios es que no quieren desprenderse de ese tupé intelectual para mostrarse en carne viva y siguen apelando a los beneficios de montar esas gigantescas mojigangas de farándula académica en torno a una operación comercial, sin reparar en daños a terceros. La solución que imagino es que algún día a alguien se le ocurra blanquearlos; que de una vez por todas el premio de la editorial Montoto lo elijan sólo empleados de esa firma y que en las bases quede claro; “traiga su obra, si llena los requisitos comerciales de nuestra firma quizá la tengamos en cuenta para los premios consuelo o futuras ediciones, el premio mayor ya se ha sido otorgado a Fulano”. Poner fin  a los sainetes cultorosos donde se acude al préstamo de cara de jurados hiper-prestigiosos y se los hace operar como sacerdotes para bendecir lo que se pretende hacer pasar como contiendas impolutas de las artes y las ciencias literarias, agregando toda esa hojarasca procesal de “jurados de preselección” y “fallos inapelables”.

Por último, me adelanto a las posibles reacciones del ejército estable de complacientes neo-menemistas de la industria cultural; verán en estos artículos una positiva actitud de realismo práctico y condenarán al mote de desactualizados justicieros a los que como yo, escribimos desde cualquier lugar de la llana pasión sin ser parte del negocio. En mi caso apenas me da el aliento para defender unas pocas palabras en alto, rendirle homenaje a la oportunidad de opinión y lejos estoy de querer convertirme en El Zorro.

Comentarios (14 comentarios)

julio, hay algo de entrada que contamina tu texto: no veo que maximiliano tomas esté defiendiendo los “premios-farsa”. en cualquier caso me parece que decir de un premio como el planeta que sólo sirve para celebrar a sus autores, no es muy laudatorio que digamos (entre otras cosas que dice). máxime teniendo en cuenta que lo dice desde un suplemento cultural, máxime teniendo en cuenta que los suplementos culturales se dedican a sobarle el lomo a las editoriales (sobre todo a planeta). la verdad, no veo en lo que escribió tomas ni tibieza ni refinamiento lexical: solamente buenos modales. saludos.

Guillermo Piro / Mayo 16th, 2007, 1:26 pm / #

Bueno, la verdad es que tenía ganas de responder este texto pero prefiero abstenerme antes que pasar a formar parte “del ejército estable de complacientes neo-menemistas de la industria cultural” que aunque no sé muy bien qué es, suena tan feo que ni se me ocurre intentarlo.

Lo único que me gustaría dejar es una aclaración: donde dice que los premios tienen el tupé… pátina de no sé qué, o sea, la idea sería que se hacen pasar por premios “verdaderos” o “culturales” y que en realidad son “comerciales” que, bueno, no sé, no estoy muy de acuerdo: el premio Planeta no se hace pasar por el Alfaguara, por ejemplo. Planeta es muy clara en eso, el premio Planeta es el premio literario de un grupo económico que, entre otros intereses, también maneja sellos editoriales y que es absolutamente capaz de premiar un libro que ya tiene impreso y esperando en sus depósitos, como se demostró con lo de Piglia. Clarín no se hace pasar por La Nación, para volver a lo nuestro, más bien tienden a exagerar las diferencias. Pero cada quien tiene sus motivos para envíar donde envía sus originales y más aún todavía en el caso de la gente que acepta formar parte de un jurado. Y los premios “consuelos”, como aquí se los llaman, no consuelan tanto: un tercer premio Planeta vende más que un primer premio Alfaguara, pero un tercer premio Alfaguara es mucho más prestigioso que un primer premio Planeta. Prestigio: capital simbólico que sirve para edificar una carrera y ser reconocido como escritor o, al menos, entrar a trabajar para las editoriales como empleado (es curioso que en estos tiempos ya nadie considere antinómico trabajar en una editorial y escribir, uy, y yo conozco a tantos…). Volviendo al tema: lograr (claro que es un logro) un segundo o tercer premio, aún una simple mención en el premio literario que sea, no es cosa tan simple y no merece tanto desprecio como el que aquí se deja ver. Y más aún cuándo se lo hace desde afuera y sin contactos.

Por lo demás, los premios son lo que son y no hay manera de que sean mejores: por empezar, quieren premiar (es decir: consensuar) algo que no tiene ciencia y que es el colmo de la subjetividad aproximativa (cuando dos personas opinan lo mismo de un libro, es porque no lo leyeron, así de simple y así de constatable). Y nada, son lo que son, pero siguen siendo uno de los pocos recursos genuinos para que un escritor consiga unos mangos o consiga publicar ¿se entiende?

Daniel Massei / Mayo 16th, 2007, 3:37 pm / #

Guillermo:
El texto de Anson creo que no deja mayores dudas. Respecto del artículo de Tomas es evidente que admite varias lecturas, y yo realicé una interpretación posible. Ahora tu razonamiento me hace reconocer una cosa evidente: el solo hecho de exponer el tema en un suplemento cultural de tirada masiva implica de algún modo una actitud de compromiso crítico ante el fenómeno, y eso debe tenerse en cuenta. Mi lectura se inclinó más por reconocer que del texto se desprende un mensaje no expresamente aprobatorio pero si de tácita aceptación de la situación, y sobre todo que deja casi excluido al lector y al público de todo esto cuando hablaba de los escritores como “únicos perjudicados”, como si solo se tratara de un problema interno.

Saludos

Julio / Mayo 16th, 2007, 4:39 pm / #

[…] Pre meados El debate se origina en la confesión parcial de un jurado literario. Luego, la nota de Julio Zoppi, con cierto aire a mi estilo, todo un orgullo. Pero hay otra cuestión, que casualmente quedó fuera de término: a la novela argentina nada le ocurre desde Osvaldo Lamborghini. […]

Pre meados « el fantasma / Mayo 16th, 2007, 9:13 pm / #

Bueno, yo ya lo dije antes… No quiero piyarme encima, pero pavada de antecedente tienen esos hijos de puta, ¿no?

Gusnielsen / Mayo 17th, 2007, 12:48 am / #

A mi entender -tomando una posición de “lector” en este post- los premios sirven al grueso de la desorientada masa de lectores que compran libros para el esparcimiento más que por hedonismo, como una guía “segura” a la hora de elegir un libro. Sé que es lamentable lo que digo, pero un zondeo entre mis amigos revela que compran un libro de vez en cuando para distraerse, para leer en el baño. Aborrecen un libro de más de cien páginas, tienden a elegir libros de cuentos principalmente. Eso es lo que busca la mayoría, y qué mejor para ese fin que entre los 17.000 títulos publicados en el 2006, exista uno que en la contratapa tiene la firma de Fuentes, de Tizón o de Rivera asegurándote que acaban de descubrir la pólvora.
El artículo de Zoppi es loable y absolutamente real; todos lo saben, incluso los ingenuos que siguen participando de estos grandes concursos, y guste o no, a veces aparecen autores que valen la pena. Como el caso de Gustavo Nielsen (quien postea más arriba): antes del despiole con Piglia no lo conocía nadie; sin embargo ahora su nombre ocupa un lugar importante en nuestra narrativa a pesar que ya era un gran escritor desde siempre. Indirectamente, estos concursos pueden dejar beneficios.

Maximiliano / Mayo 19th, 2007, 3:39 am / #

error, maximiliano, los únicos que no conocían a nielsen antes del affaire piglia son los mismos que compran libros para leer en el baño.

guillermo / Mayo 19th, 2007, 2:26 pm / #

Llevo los libros de Piglia al baño, para limpiarme el culo. Eso sí, irritan un poco la zona.

Omar / Mayo 19th, 2007, 5:21 pm / #

Omar, pero justamente a eso iba. Hay muchísimos títulos publicados, de diversa calidad, obvio. Y de repente estos concursos, por su imperio de marketing, despeja ese tumulto de libros para sacar a la luz 2 o 3: indispensables para quienes no tienen ni el hábito ni el interés de revolver estantes de librerías. Al mismo tiempo, suceden “efectos colaterales” benignos, como el de permitir a Nielsen circular en un sector más amplio y, en una de esas quién te dice, despertar un gusto más exigente en algún lector, marcarle un rumbo.

Maximiliano / Mayo 21st, 2007, 12:05 am / #

Perdón, era para Guillermo no para Omar el comentario

Maximiliano / Mayo 21st, 2007, 12:52 am / #

Resumo una serie de aclaraciones respecto de varios de los comentarios vertidos. Primer me refiero al comentario de Daniel Massei. ¿Será el mismo Daniel Massei con el que me peleé hace más de un año o se trata de una reencarnación?

“Pero cada quien tiene sus motivos para envíar donde envía sus originales y más aún todavía en el caso de la gente que acepta formar parte de un jurado”

Estoy en desacuedo con este razonamiento porque me suena a neutralidad aprobatoria. Obvio que cada quién tendrá sus razones para enviar o para aceptar ser jurado, sólo expreso mis ganas que no me engañen más, no me vendan más “falopa”. Saramago por ejemplo, que desde que ganó el premio Nobel “trabaja” a destajo de jurado. Gente que no está necesitada de difusión precisamente podría decir “yo no me presto a esto” y punto, bueno, merecen mi crítica.

-No dije que todos los premios con patrocinio empresario sean iguales. Anson se refiere a un premio y una editorial específicamente, pero mi lectura entre líneas es que esta confesión puntual está ofreciendo los indicios suficientes como para considerar la posibilidad que lo referido sea una práctica habitual en muchas empresas o holdings editoriales y no un caso único del mencionado grupo. Los premios de multimedios asociados a editoriales no me resultan confiables por más que me pongan a viejitos gagás de jurados, lo que reclamo es transparencia y que cese la manipulación de la credibilidad. Los premios que históricamente han sido creíbles son aquellos organizados por fundaciones culturales cuya probada independencia las libra de cualquier sospecha de intereses creados respecto de empresas editoriales; son esos premios los que fundaron un “prestigio” que pretende ser aprobiado por las empresas al comprar y montar el “formato”. Tampoco co esto puedo asegurar que los premios de fundaciones estén exentos de influencias ajenas a lo literario como intereses políticos o ideológicos puntuales. También está el tema de los jurados, por ejemplo Claudia Piñeiro fue jurado delAlfaguara de novela, que se yo, muy respetable escritora pero…., ¿quién determina el pedigree necesario de un escritor para ser jurado?

-Sobre mayores o menores cotizaciones bursátiles de los premios literarios es dificil discutir sin saber en que datos se fundan las conclusiones, yo sólo a nivel impresión general creo que del segundo y tercero nadie se acuerda, puede servir como dato en un curriculum pero no tiene difusión más allá de la letrita muy chica de algún medio muy especializado, por ejemplo si uno busca en la página oficial del premio Alfaguara obviamente sólo están los primeros, nada dice de segundos y terceros, ni siquiera de los de la última edición.

“Por lo demás, los premios son lo que son y no hay manera de que sean mejores:….”

Justamente es el tipo de discurso con el que disiento rotundamente. Es el tipo de conclusión complaciente que viene a informar como si estuviera aconsejando: mejor no critiques que nada va a cambiar. El peligro está en que quizá sin quererlo ejercen una defensoría de oficio de los intereses establecidos a través del ”pibe, no te gastes en criticar que total todo va seguir igual, je, je ” Lo que pasa es que todo sigue igual y va a seguir igual en parte por los que piensan y actúan así, eso está más que claro para mi, ejemplos contrarios como el de Nielsen mostraron que si se pudo cambiar algo.

“Volviendo al tema: lograr (claro que es un logro) un segundo o tercer premio, aún una simple mención en el premio literario que sea, no es cosa tan simple y no merece tanto desprecio como el que aquí se deja ver. Y más aún cuándo se lo hace desde afuera y sin contactos”

Se interpretó de modo equivocado la idea: no desprecio a lo escritores que sacan terceros premios, al contrario, me quejo del afano al que son sometidos, como si ese hueso que les tiran fuera suficiente para que se callen. Estoy del lado de los escritores que la pelean y que con un 3ro Clarin por ay apuntalan un curriculum para darse a conocer y crecer en su profesión. Mi deseo es que los beneficiados sean los que pelean con el manuscrito bajo el brazo ¿Se entiende de que lado estoy?

Julio / Mayo 21st, 2007, 10:44 am / #

A Maximiliano Tomas

Gracias por recibir con amplitud mis comentarios.

Creo que una cosa es el reconocimiento de una realidad en cuanto al comportamiento del mercado y otra las actitudes respecto de eso. Que los premios comerciales actúan como efecto de selección para el lector que entra a una librería y sólo busca entretenerse sin entrar en mayores disquisicioens por la calidad de lo que le venden, nadie puede negarlo. Pero no me basta en mi caso eso para legitimar las prácticas manipulativas que se establecen en estos premios, ni menos que menos algún relativísimo efecto benéfico colateral para los escritores y los lectores.

Creo que si Nielsen tuvo algún efecto benigno no fue por sacar un segundo premio sino porque a costa de un juicio que emprendió bajo su propio riesgo logró que se reconociera lo que se le había sustraído. Y no nos olvidemos que fue muy criticado por gran parte de sus colegas por hacer juicio y muy pocos lo apoyaron en eso, lo que demuestra y prueba el predominio de esa actitud complaciente de la que hablo en el texto. “No protestés, no reclamés, si te cagan quedate en el molde, son las reglas del juego”

Julio / Mayo 21st, 2007, 10:58 am / #

Para Julio:

No soy Maximiliano Tomás!!!!!!!! ja

Maximiliano / Mayo 22nd, 2007, 8:52 pm / #

y yo tampoco soy Julio Zoppi!!!!

PD: no, era un chiste, si soy, y si vos no sos Tomas o Tomás, bueno, igual vale, gracias por el comentario.

Julio / Mayo 22nd, 2007, 11:14 pm / #

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