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La maldición franca

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Por Edgardo Balduccio

Brasil se prepara para el juego, y esta afirmación no tiene que ver con entrenamientos ni retiros espirituales. En varias esquinas podemos ver botellas llenas de cachaça con algún habano y un plato de comida. Exú debía enfrentarse de nuevo contra los espíritus francos y esta vez la victoria debía estar asegurada, no podía haber lugar a error. En algún terreiro de candomblé descendía Ogum y dejaba a las bahianas en trance, mientras los erés se tiraban al suelo y morían de risa.

La lucha terrena fue sólo un telón, del lado brasileño no jugaba Ronaldinho ni Kaká, estaban Ogum, Exú, Oxumaré, Iemanjá y algunos ayudantes de campo. Lo que no contaban era que las fuerzas de Napoleón, esta vez como las otras, habían entrenado lo suficiente como para hacerles frente sin preocupaciones. Las bayonetas agujerearon más de un ojo.

Tres y media de la tarde de sábado en Salvador, las personas eran amarillas, o quizá no había personas sino camisetas de Brasil que andaban solas, como zombies, hasta el punto de encuentro con alguna pantalla de televisión gigante o mediana. A las cuatro, en la Ribeira, frente a la Bahía de todos los Santos, las pantallas retroproyectoras se multiplicaban un poco menos que las cervezas en las mesas, un hormiguero amarillo se manifestaba extático mientras el árbitro anunciaba el comienzo del juego y los petardos –dignos de un hombre bomba- explotaban en los oídos de un francés. Sí, entre el tumulto amarillo, había una camiseta que desentonaba; era azul, tenía los colores de Francia y un bigote (este cronista pensó en la combinación amarillo-azul y vio a Boca Juniors, ni en eso tuvo suerte).

Los de camiseta amarilla intentaban no mirarlo, con excepción de la morena de al lado. Brasil jugó mal. No era necesario mirar el partido para saberlo, si hubiésemos estado de frente a esa multitud hipnotizada frente a una pantalla nos hubiéramos dado cuenta de cada movimiento de Cafú, de cada gambeta francesa, de cada tiro al arco.

Brasil no jugó bien y el único que sonreía era el francés que se animó a gritar el gol en frente a una horda vikinga con vasos de cerveza en la mano y mujeres sentadas en su regazo; muchos lo miraron mal, pero hubo uno que se levantó de la mesa. Sus compañeros lo tomaron de la muñeca para detenerlo. Ese francés está loco, muy loco, pensó este cronista, quien también gritó el gol francés pero en silencio.

Cuando el partido hubo terminado, el francés comenzó a saltar y a gritar, la morena lo detuvo y se lo llevó. Quien escribe estas líneas pensó en hacer algo parecido a ver si corría con la misma suerte, pero lo más cercano que tenía era un negro de metro noventa con cara de “hoy mato a alguien” por lo que prefirió terminar la caipirinha e irse a pasear para ver cómo reaccionaba la ciudad ante semejante desilusión.

Todos caminaban, iban para el norte, el sur, el sudoeste, para todos lados pero con la sensación de que no iban a ninguna parte; algunos permanecían con la cabeza baja y leían las baldosas, otros vociferaban y alguno reía; muchas mujeres lloraban y eran consoladas. Las camisetas ya no eran todas amarillas, ahora había negras, azules y blancas; todavía podían escucharse algunos petardos: aún en la derrota, la pirotecnia tenía que ser usada de alguna manera, si no para festejar, para desahogar alguna frustración.

Todos los bares estaban adornados, y en todos se preveía la fiesta, es que la fiesta no podía faltar; me detuve en uno que estaba repleto. Pedí un licor de genipapo y al poco tiempo comenzaron a llegar personas que conocía. Todos me venían a saludar y me expresaban que Argentina y Brasil ahora estaban hermanados, hermanados en la derrota; como si alguna vez hubiese sido distinto. Expresé mi falsa pena, varios me abrazaron y pidieron licor para brindar conmigo. Luego llegaron las cervezas y cuando quisimos acordarnos de por qué estábamos ahí comenzó a sonar un cavaquinho, el samba ya anunciaba su presencia. Cuando algún mareo empezó a manifestarse supuse que había llegado la hora, sambé –a mi manera, dura pero digna- con la multitud en trance, alguna mulata con short diminuto mezclaba algunas lágrimas con gotas de sudor y abrazaba a un viejo que le seguía el swing mientras el timbal acompasaba a un desespero; desespero tardío pero certero.

No sé cómo llegué a casa.

Hoy a la mañana me despertaron mis dos hijos, Bianca se subió a mi panza mientras Enzo saltaba en la cama. Ellos todavía no entienden de fútbol, ni de licor. Me paré y miré por la ventana. En el bar de enfrente –supongo que como de costumbre- comenzaron a comer feijoada desde las seis de la mañana; algunos aún visten su camisa amarilla y, de acuerdo con sus caras, pareciera que Brasil jamás hubiese jugado al fútbol y que el mundial fue sólo una alucinación de este cronista. Este domingo se anuncia dócil, como una mujer que anduvo paseándose por sábanas extranjeras en una noche en la que el calor desmitificó al trópico y en la que varias palomas perdidas, de tanto volar, descansaron sobre una rama de olivo. Mañana, temprano, la realidad tocará de nuevo nuestra puerta, en los clasificados del día buscan operarios varios, y parece que la cola va a ser larga. Muy larga.

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