La música del azar
Sabido es que, para la literatura y el arte, las continuidades y las cercanías rara vez funcionan como influencia. Un escritor trivial puede convertirse en el exegeta de un gran escritor muerto, escribir una y otra vez sobre su obra y no recibir a cambio más que migajas de mediocridad (también puede llegar a recibir cierta fama, pero ese hecho no oculta la mediocridad; al contrario, la exhibe casi impúdicamente). La propiedad transitiva no se aplica al arte y eso lo convierte, a veces, en una actividad ingrata.
Otra cosa es el desorden sobre una mesa. En general, mi escritorio está ordenado; no tengo ningún fetichismo para escribir, ninguna rosa amarilla adorna mi vista. Pero ocurre que por estos días una modesta mudanza interna (de placar a placar) modificó levemente el curso de las cosas. Aparecen papeles olvidados, otros se depositan en lugares en los que jamás deberían estar. La otra noche ocurrió una situación que no debe entenderse como la metáfora de algo, como una alegoría, sino simplemente como una puesta en escena de las posibilidades siempre vigentes del azar y la sincronía entre fenómenos. Tres objetos se apilaron uno arriba del otro. Primero, una noticia publicada en Clarín el domingo pasado: “Los accidentes graves crecieron un 80 por ciento en apenas tres años”. La nota se refiere a los accidentes de tránsito, a partir de una estadística sobre autos asegurados en la Argentina. Un destacado del artículo señala: “El Estado no controla, hay menos sanciones y una sensación de impunidad, explican los expertos”. La nota está ilustrada con una foto de un micro de larga distancia sobrepasando a otro en un tramo no permitido de la Ruta 12, en Misiones. El epígrafe de la foto comienza con la frase: “Peligro en viaje”.
Debajo del diario, estaba el catálogo de una exposición. Ni siquiera recordaba haberlo guardado, así que mucho menos podría explicar cómo llegó a ese lugar. Se trataba de un pequeño folleto ilustrativo de la obra Ojo de agua - fase 2, de Alejandra López Castán y Mariano Sivak, expuesta hace cierto tiempo en el anterior Estudio Abierto, en Puerto Madero. Emplazada en uno de los diques, no lejos del Hilton, los restaurantes y los terrenos ganados al río, la obra presentaba un pozo con agua en su fondo, el asfalto roto y un cerco como el que colocan las empresas tercerizadas por las empresas de servicios privatizadas. De hecho, el anecdotario cuenta que, confundidos por la verosimilitud de la obra, los propios servicios de mantenimiento de la Corporación Puerto Madero acudieron al lugar con el fin de repararlo.
En verdad, Alejandra López Castán hace más de un lustro que viene exhibiendo una serie de obras que apuntan en esa dirección: en el Centro Recoleta presentó una especie de objetos-lápidas (llamada Etapa I – aproximación 5) que surgían del suelo, especie de pozos dados vuelta, como el signo de un cementerio sin tumbas. Luego, en la Casona de los Olivera, de nuevo objetos en el piso acompañados por efectos ópticos (llamados Ojo de agua, naturaleza artificial - edición V). Mucho antes, en el Albergue Warnes, obras de las que sólo quedan testimonios fotográficos.
De vuelta en mi escritorio, el último objeto en la pila era el contundente catálogo de la retrospectiva de Andy Warhol en el Centro Pompidou de París, en 1990. Un papelito señalaba una página, la 265. Es la reproducción de una obra llamada Auto en llamas III, en la que se reproduce cinco veces una fotografía de un auto incendiándose frente a un coqueto chalet de suburbios (en este caso sí recordé el porqué del papelito: ese cuadro estuvo a punto de ser la ilustración de tapa de una vieja novela mía, pero el editor eligió finalmente un cuadro de Bacon).
Luego sonó el teléfono. Hablé unas palabras con un amigo y cuando corté, sobre la pila apareció un compact (Homegenic, de Björk), un paquete de Kleenex y una agenda; y de golpe sentí que algo se había terminado para siempre y que un nuevo orden acababa de nacer. ¿En qué momento comienza y termina el azar?


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