Los docentes peronistas #8
Por Omar Genovese
Verdad Nº 19: Constituimos un gobierno centralizado, un Estado organizado y un Pueblo libre.
Si bien podemos suponer que “constituir” elude la referencia a la Carta Magna de la Nación Argentina, su inclusión pluralizada planta la sospecha de una intención postrera: omitir la regulación suprema del ejercicio de los poderes. Se dirá: “constituimos” es la emanación natural de la fuerza que ejerce el pueblo peronista, pero lejos está la práctica del poder justicialista de los efluvios simbólicos de una retórica utilitaria. Las verdades peronistas no muestran pruritos, sino las fórmulas directrices de la acumulación de fuerzas. Hay, si se quiere, una intención descarada en la enunciación de “constituimos”.
En una arista de la palabra, la del poder fantasmal, se enarbola aquél pueblo sin mencionar aún, quien transfiere al líder el enunciado, dándole carácter intrínseco, y también perduración temporal. Se constituye en presente, en un hoy innegable, necesario y sucedáneo. Momento de la práctica, ejercicio del mandamiento. En la otra arista (que puede ser filo o contracara del enunciado de la verdad 19), es el comienzo de lo contiguo en los términos que se utilizan: gobierno, centralizado, estado, organizado, pueblo, libre. Dicha continuidad que siguen a “constituimos”, crea una sensación de encadenamiento necesario para la perduración de lo sugerido, y a la vez oculto: orden. Su instalación es primordial, como el constituir desde el poder que forma la masa peronista, racionalizado en la segunda acción que le sigue: organizar. Entonces, hay dos acciones (separadas por una coma, pausa de impulso), primero constituir, después organizar. A saber, primero crear, luego razonar. O también, voluntad, luego pensamiento. Una cuestión de fuerza, y en su consecuencia, alguna idea… que la justifique.Pero debemos quedar en el ámbito de la verdad que nos convoca. Veamos ahora su estructura en desarrollo. A la constitución como primera acción, le sigue el objetivo gobierno: dictar las normas de organización social para el bien común. Pero con una característica, debe ser centralizado. Las normativas, entonces, surgirán de lo que el líder perciba como necesario a la organización social (que, desde luego, excede la organización peronista, pero a la que se reemplazará por ésta). Hay, entonces, un impulso que surge del acto de constituir que se convierte en sabiduría normativa para regular lo social. No importa que la energía constitutiva sea positiva o negativa, será el líder, el que gobierna centralizadamente, el responsable de transformarla en norma. ¿Pero en qué ámbito lo hará? A la pausa de la coma, sigue el razonamiento: será en el Estado, organizado desde un gobierno central, que surge de la fuerza vital peronista encarnada en su conductor. También significa que dicha fuerza tiene un único canal, que no puede ser ejercida por sus generadores, y ello justifica la transferencia al gobierno central. El Estado es tercer término, detrás del constituir y del gobierno, que resulta extrañamente exógeno a la organización social resultante de un conjunto de leyes fundamentales encarnadas en la Constitución Nacional, por lo que ésta será invadida por ese otro constituir y gobierno político piramidal, resultado de la militancia (militante, militar) peronista. Por ello el Estado será “organizado”, supuesto que convierte al conjunto militante en un subterráneo movimiento por debajo, y entre las estructuras, de aquello que determina la Carta Magna.
Lo que deriva de la tríada “constituir, centralizar, organizar”, es un Pueblo, al que se lo caracteriza como libre. Como último, o primera consecuencia de la lógica peronista: el Pueblo de referencia no es ya el de la ordenación teórica de la ley primigenia, constitutiva del Estado y sus poderes. Es un Pueblo en el ejercicio del poder del líder, investido por la fuerza y la centralización de lo organizado. Destinatario último, condicionado a ser libre si respeta la secuencia de la verdad 19. ¿Pero cómo define la libertad tal inclusión del término? Es, de alguna forma extraña, un fin último. Incluso, digno de sacrificio en caso que los enemigos (enunciados en el resto de las verdades), opongan un sistema de gobierno alternativo, descentralizado, no piramidal, cuestión que pondría en riesgo el circuito de transferencia de poder peronista al Estado. El privilegio queda expuesto: constituir (acumular poder), gobernar (investir un líder), centralizar (imponer decisiones), organizar (impedir oposiciones), para por último, dar libertad a un Pueblo. Y esa libertad es la de obedecer la secuencia, dedicarse a la vida social ya peronizada (acto que Laiseca bien refleja en Los Sorias, señalado por los defensores de Tapera), despreocupándose de la organización social que ha quedado en manos del investido y lugar que todo organiza y resuelve. Es la libertad de la verdad 19, un permiso de existencia estructurado en la verticalidad del mando. Si no hay obediencia del Pueblo, éste dejará de serlo para ser enemigo, pues ignora que su bien está en manos de quien puede generarlo; y no en sus manos, torpes, desorganizadas, con mirada lineal, temerosa, horizontal, incapaz de diferenciar al verdadero enemigo. La libertad que corona la secuencia es la del soldado de una guerra inexistente, deberá morir con honor y gratitud, ante las balas que se interpongan entre la sumisión al mandato del líder y toda forma de organización social capaz de pluralizar el poder (¿sovietizar tal vez?).
Queda, como gesto técnico llamativo, la unicidad que precede a gobierno, estado y pueblo. Dice la verdad que se trata de UN: cada uno, a la vez orgánico, objeto maleable, por ese objetivo último, entedido como libertad que se obtiene por respetar los términos de la enuncación. El UN incluye al poder que se invoca. Existe un poder, y éste es único. La libertad no es derecho adquirido, sino consecuencia del poder único. Así, redefine la libertad alejándola del sentido de pertenencia, ya como simple libertad peronista. Sin uno es imposible la otra, que también es única, pues no hay otra libertad posible, u otra vida no peronista. Pero la unicidad que redefine la ubicación espacial de los términos, implica qué puede ocurrir con la conjetura, el pensamiento otro que cuestione la verdad como se la expone. Queda la sensación, casi amenaza, que para preservar “lo peronista” se invertirán el orden de los términos. Ante el peligro, la solución estará en: constituir (someter) un Pueblo, centralizar (unificar los poderes) un Estado, para organizar (militarizar) un gobierno, y así omitir la libertad, que ya carece de sujeto o destinatario, vaciando su significado e importancia.
En general, la verdad 19 es la base fundamental de la doctrina de la acumulación del poder peronista, aquella que lo ha hecho perdurar hasta nuestros días, sin importar las instituciones y, lo que es peor, ignorando el sufrimiento y necesidades de un pueblo al que llamó libre, para simplemente sojuzgarlo. En particular, la verdad 19 no es más que la puesta en juego de un artilugio (casi abstracción matemática), donde el orden de los términos y su inversión, aseguran el mismo resultado, sin importar lo que cada uno de ellos significa.

Comentarios (no hay comentarios)
no hay comentarios para este post.
Dejar un comentario