Articulo

Antonio Skármeta en un país de maravillas

Por Mempo Giardinelli
 
Iluminada a pleno y en su raro esplendor de libros, colores y gentes que deambulan por los pasillos entre libros, como si recorrieran un parque de diversiones, la 33ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires que se desarrolla en estos días es un espectáculo maravilloso.
 
Sin dudas, es uno de los mayores motivos de orgullo que podemos tener los argentinos. Y no sólo por la cantidad de visitantes, la calidad escenográfica de los estands y la impactante, por momentos abrumadora yt siempre inalcanzable oferta de libros a todos los precios imaginables, sino porque el espectáculo que la feria es, en sí misma, resulta perfecta representación de lo mejor que tiene este país: su cultura y, mejor aún, su indeclinable vocación cultural.

Si uno se detiene a contemplar y se pregunta, por un momento, de dónde vienen esas decenas de miles de personas que cada día se dan cita en los pasillos de esta feria, y si se observan sus modos, sus tics, su indumentaria y su preciosa curiosidad, el resultado puede ser conmovedor.

Porque muchos, la gran mayoría, vienen de la clase media y de la media-media y la media-baja. A muchos se les nota el aire de barrios carenciados o “inseguros”, a muchos se les ve la estampa de provincianos en la gran ciudad. Jóvenes y adultos, y tantísimos de la llamada “tercera edad” conforman un ejército anónimo de ciudadanos y ciudadanas de paz que van a mirar libros, a hojearlos y ojearlos, a tocarlos y acaso comprar alguno en las infinitas mesas de saldos.
 
Qué espectáculo precioso, y esperanzador, para un país donde tanta gente reclama “mano dura” y algunos la aplican de manera salvaje desde el poder. Qué delicioso mentís a la violencia estructural que impera, por caso, en gran parte del conurbano porteño. Qué fascinación ver a miles, decenas de miles de chicos y chicas, con o sin sus maestros, andando como ruidosas bandadas de pajaritos libertarios entre libros.

Cuando la capital se sumerge en la parte más odiosa de toda campaña electoral –la del juego sucio, incluso el que se autoelogia como limpio– caminar durante horas por la feria, más allá de que es un paseo que demanda horas, es como un oasis de serenidad, de cordura y de respeto. Si hasta no parece la Argentina, en cierto modo.

En ese contexto, el pasado fin de semana (el primero de la feria) se cerró allí el 10º Congreso de Promoción de la Lectura, que cumple un rol importantísimo porque convoca a centenares de maestros, bibliotecarios y formadores de lectura de todo el país, para debatir cómo lograr, entre todos, que la Argentina vuelva a ser un país de lectores.

Allí, justo antes del conmovedor homenaje a Quino que cerró el congreso, me tocó sostener un diálogo con el popular y fino escritor chileno Antonio Skármeta. Fue una experiencia estupenda, en lo personal, porque significó continuar una relación iniciada hace más de un cuarto de siglo, en 1981, cuando el chileno vivía su exilio en Berlín y el mío se desarrollaba en México. Desde aquel año y en innumerables ocasiones y lugares, fuimos enhebrando una sólida y para mí preciosa amistad que ahora homenajeamos en público, ocasión que a muchos nos permitió descubrir, además, a un competente y lúcido promotor de la lectura.
           
Y es que más allá de los libros que lo consagraron como uno de los grandes escritores latinoamericanos de este tiempo, Skármeta condujo el que debe ser considerado con toda justicia como uno de los mejores programas de televisión: “El show de los libros”.

Hombre de simpatía irrenunciable y cuya sonrisa parece que nunca se borra, conversador irresistible y de universo textual riquísimo, Skármeta mostró, ante un público atento y cautivado, algunas experiencias riquísimas de su programa, entre ellas una deliciosa conversación con el antipoeta chileno Nicanor Parra.

Amante de las carnes argentinas, hincha de River porque hace años vivió en Núñez, y ya retirado del servicio diplomático (fue embajador de Chile en Alemania durante la presidencia de Lagos) ahora viaja por el mundo presentado sus libros, entre ellos su última, notable novela El baile de la Victoria.

Aunque no asistió el esperado maestro Carlos Fuentes, pero honrada por el no menos deslumbrante mexicano Carlos Monsiváis y por el mencionado Skármeta, esta 33ª feria es un magnífico aporte a esa contradicción esencial que hoy atraviesa la Argentina: la de ser una nación ya convencida de la necesidad de la lectura, pero que todavía no es una nación de lectores.

Claro que busca serlo, denodada, esperanzadoramente, y de eso se convence fácil quien recorre los pasillos llenos de libros de Palermo.

Este artícuo apareció en la revista Debate # 215, jueves 26 de abril de 2007.

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