La guerra argentina
Por Omar Genovese
—Borges, ¿cómo se soluciona el conflicto con Inglaterra?
—Es sencillo: que le den las Islas Malvinas a Bolivia que no tiene salida al mar.
Defender hasta morir no es una frase hueca, sino la consigna básica en torno a la que un ejército desarrolla abstracciones tales como honor y valentía. Pero la realidad muestra un estadio diferente: honorables y valientes pueblan cementerios, o simplemente son un nombre en lápida pública, con aires monumentales. También fueron, y son, muertos vivos. Allá, en las Islas Malvinas, perdieron el significado de lo humano, les fue quitado el aliento mínimo para construir una existencia digna en caso de sobrevida. Tan es así, que han muerto más ex soldados argentinos en los años siguientes al conflicto, que hombres en batalla. Podemos pensar que la guerra no culminó, sólo se suspendieron las acciones, por un corto período. Y otra cuestión: ¿existió una guerra? ¿O se trató de una escaramuza bélica de escasa dimensión, exagerada por parte de sus partes beligerantes?
En perspectiva hacia el pasado, guerra, lo que se dice guerra, fue aquella en la que participó el país contra la Nación Paraguaya. Correspondió a una campaña, a una alianza triple, cegadora. Así está Paraguay: destruido por completo, en manos de traficantes y contrabandistas (visión que también se puede aplicar a la Argentina, pero en un ámbito de opulencia que sirve de cortina, disimulando lo pobre bajo el agua que fluye). Podemos hablar, en ese caso, de una verdadera y terrible derrota. Su población civil quedó a merced del enemigo, fueron ocupados territorialmente y la mayoría de los hombres pasados a degüello. La noción de prisionero era tan vaga como la de justicia. Primero las riquezas para compensación, y nada más que el abandono a una triste suerte, como destino. Argentina fue cómplice y actora de tal masacre. Su ejército resultó sangriento, abusador, y tan criminal como el de sus aliados. Tal experiencia de muerte pudo ser el punto de inflexión donde todos los males de la guerra quedaron encarnados en la institución militar, por siempre. Karma o designio, condena y castigo, a nuestros días, las fuerzas militares del país no representan a su pueblo, ni para defenderlo ni para ofrendarse por él (y esto último, menos que menos). Por la historia, triste e inevitable, la fuerza armada sigue apuntando fronteras adentro, como si la financiación de su existencia llegara por mediación divina, y no de los impuestos, o estafas diversas por parte del poder político sobre los bolsillos de la población. Distinto es que a la institución se le mencione la palabra mágica: Patria. Componente de la tríada elemental: Dios, Patria o Muerte. Creer, crecer, morir; sentirse, apropiarse, matar. Polifuncionalidad preocupante, marca a fuego y sangre, que ha justificado guerras inexistentes como justas, organizaciones paramililitares como ejércitos, acciones criminales disfrazadas de combates. Invocada la tríada, todo derecho se suspende, toda humanidad es de los débiles, de traidores. La institución será la única capaz de defender lo que es de ella, que ganó con sacrificio, no del pueblo –del que se nutrió de mano de obra esclava–, sino de sus miembros educados para la guerra. Un término cuyo significado surge allá, en el chaco paraguayo, hace más de ciento cincuenta años.
Proyectados sobre la historia económica, los militares han canibalizado a sus compatriotas, o sea, al pueblo. Cumplieron con el destino totémico del modelo imperial, en el contrasentido de un país sometido a todo imperio de turno. Funcionales, han sabido defender los intereses presupuestarios que elevaron el poder de sus familias, casi patriciado en las sombras, entretejido en los innumerables estamentos sociales que conforman el sistema de dominación imperante. Es que la tríada funciona hacia el entorno del soldado profesional, lo nutre y justifica, le da razón para la acción, sea cual fuere. Es, si se quiere, la base misma de la obediencia debida: reconocimiento ciego hacia el origen, núcleo y elite.
No podemos negar la llegada del peronismo como una bajada política al llano de lo militar, pero –como señalara García Lupo– desde una perspectiva distinta: la de la inteligencia militar. Inteligencia, contrainteligencia, y operaciones encubiertas. Delación, terror, propaganda. Una adecuación de la estrategia de infiltración al plano político, tan débil, tan evanescente, que corría serio riesgo de caer en manos inapropiadas. En las conductas de los movimientos armados tanto de derecha como de izquierda, encontramos la indeleble marca de la acción de inteligencia política del peronismo puesta en práctica durante sus años de prohibición. El estigma continuó con la triple A, Montoneros, FAR, FAP, ERP, y muchos otros, incluyendo los grupos de tareas, el servilismo de Gorriarán Merlo y, por qué no, en las organizaciones paraempresariales a manos de Yabrán, y del gobernador de la provincia de Buenos Aires: la policía bonaerense. Cada una, a su modo, mostró (algunos, por métodos innovadores) una innata capacidad terrorista, efectiva en tanto disociación del individuo con su entorno social.
Para la época del conflicto con Inglaterra por las islas, el gobierno conservador se negaba a continuar en la OTAN. A tantos años, algunos generales argentinos señalan que una movida política de la CIA (representante del mayor aparato de fabricación de armas del planeta) canjeaba un reclamo blando y olvido respecto a los derechos humanos, más una retirada gloriosa del poder por parte de la Junta Militar, a cambio de presionar con el ejemplo bélico al gobierno inglés y así obligarlo a mantenerse en la alianza contra la URSS. La jugada, confirmada por Haig, llevó a Galtieri a ocupar el archipiélago bajo la promesa norteamericana de llevar el conflicto a la ONU, donde se pactaría un gobierno tripartito de las islas, como patrimonio geográfico (y geopolítico) de la humanidad. Sin derramar sangre alguna, los héroes serían doblemente héroes. Primero, por hacer el trabajo sucio para salvar el país, luego, por recuperar la tierra engrandeciendo la patria. El destino político de la premier británica resultó fundamental, acaso un descuido interesado de la CIA o desprolijidad tradicional de su burocracia: con la recuperación inglesa de las islas, la reelección sería inevitable, más allá de la continuidad pactada con la OTAN, por la que el aviso de “marcha atrás” llegó tarde, cuando la ocupación ya estaba en marcha. Desgracias son desgracias, por algo estamos en la otra parte del globo, tan lejos de aquellos que nos descubrieron y colonizaron… Además, las fuerzas armadas del imperio resultaban altamente profesionales, más que adecuadas para combatir al ejército que financió y ocultó entre los suyos a los nazis. Treinta y seis años después, la venganza volvía como escarmiento: a partir de ese momento, fuimos argies.
Y lo que ocurrió fue el circo mediático especializado (ya puesto a punto durante el Mundial de Fútbol del ´78 y el Juvenil del ’79, con Maradona ganándole a los rusos en la final). Triunfalista, preparando el camino entre los olivos del vencedor, Galtieri actuó su parte con franqueza peronoide, incluso abrió los brazos en el balcón de la plaza aferrando el calor patriotero. Tras esa demostración, que opacara los movimientos de resistencia sindicales que dos días antes convirtieron a Buenos Aires en un tumulto violento, los espectros políticos, sociales y culturales, comenzaron a leer una nueva etapa por venir, tan necesaria que están las fotos de ellos en las islas, refrendando el acto territorial. Sentían que la reconstrucción nacional estaba en puerta, y había que estar ahí, para obtener algún beneficio. Pero los actores, los verdaderos actores de la tragedia, eran soldados menores de edad, apenas pertrechados e instruidos en el arte de matar, si es que antes no se mataban entre ellos por ignorancia. Guiados por suboficiales que estuvieron a un metro de combatir con sus pares chilenos, conocedores del estrés de la vigilia bélica y de la soberbia e inutilidad de los oficiales del Colegio Militar de la Nación, la fuerza armada fue llegando del continente al teatro de operaciones. Oficiales comando (elite cuasi suicida, mesiánica, de los que trascendieron Seineldín y Aldo Rico, por sus acciones rebeldes en territorio federal), festejaban la oportunidad única de confrontar sus fuerzas con un ejército regular, del primer mundo. Nata del pangermanismo argentino, creyeron en su propia acción como paso previo al más seguro y profesional generalato, ellos creían ser los nuevos comandantes en acción. Cada uno llegó a las piedras del archipiélago con su ambición, pero no debemos olvidar la más ínfima, elemental, que los soldaditos guardaban entre sus ropas: zafar, escapar a la muerte. No me parece interesante analizar los movimientos de tropas, la logística y el plan de defensa de las islas. Fuera el que fuere, con adolescentes asustados como brazo armado, estaba condenado al fracaso. La voluntad de combate de los oficiales resumía una actitud fiel a su estilo: el primero en rendirse en unas islas perdidas del Atlántico Sur fue Astiz, que lo único que sabía era infiltrar grupos civiles, señalar y secuestrar. Eso sí, sin disparar un solo tiro, en ambos casos.
El breve repaso se hace intenso, y no menos indignante. A tantos años, el dos de abril, nada ha recuperado para nadie. Es sólo un hito temporal, una marca indeleble en la vergüenza de cada persona que ha nacido en esta tierra. Los ex combatientes que quedan imaginan que sus condenas son demasiado grandes por cumplir con una ley como trabajadores sin salario. Corre, limpia, barre. Colimba. Correr de la furia de los dioses, limpiar la sangre de las armas de los valientes, barrer la tierra de los héroes. Sumisión al poder de las armas. Y a la hora de poner el pecho quedaron solos ante el enemigo: es que ya no eran colimbas, y menos soldados, sólo entes que no están, que nunca estarán, aunque caminen como sonámbulos ante nuestras conciencias. Los niños que mueren de hambre y los ancianos abandonados sin atención médica ni ayuda, son invisibles en el post menemato. Paralelamente, los ex combatientes ofician de desaparecidos postergados, a plazo fijo, indiferentes para los miembros de aquella casta que nunca pagó por la responsabilidad de la derrota. A partir de esto, el aporte cultural se acrecienta: el término traidor tiene otra definición más. Pura verborragia, que no cambia las condiciones de existencia de los que pusieron cuerpo y futuro, contra su voluntad.
La guerra existió y aún perdura. Hubo rendición de un grupo de oficiales que fueron responsables por entregar las armas y el sitio reivindicado como propio. Sólo eso. ¿Cuántas batallas más se libraron luego de Malvinas? Innumerables: enfrentamientos a sangre y fuego en los actos de rebeldía militar, atentados como bombardeos sobre la ciudad de Buenos Aires, sitio y exterminio de regiones a manos del hambre y enfermedades, lluvia de químicos altamente nocivos sobre la población más embrutecida y paupérrima (pasta base de cocaína, paco), saqueo de las arcas del estado y ahorros de la población civil, suspensión de la libre circulación de las personas a manos del caos de tránsito, crisis absoluta del sistema sanitario, por explicitar algún que otro etcétera. Hechos que confirman un estado de guerra permanente, en un sitio mucho más férreo que el sufrido por Stalingrado, y bajas civiles mucho más cuantiosas. Aún así, las explosiones de caos, las rebeldías, corresponden a cierto orden o valores de contención social, y varias veces a la comunión violenta de intereses políticos. Cosa extraña, si se consideran los lazos sociales como actores del disconformismo, de la necesidad de un cambio a favor del bien público. Será que el caos absoluto, revulsivo, es lo que debe evitarse fronteras adentro, cuando se libra un combate.
La guerra continua libra escaramuzas en todos los rincones de nuestras existencias. Y tantas veces ocurre, que resulta una guerra familiar. Si hoy termina, ahora mismo, seguro la extrañamos. Ahora, ¿qué posición le ha tocado al pueblo de un país como éste en el escenario de las acciones? Sin duda, la retaguardia. Pero no en la manutención de un aparato bélico que lo defiende, llevándolo a triunfos, expansión territorial y crecimiento económico. No, nada de eso. Como cristalización de la metodología de la Escuela de las Américas, Argentina ofrece a su pueblo el rol de prisionero de guerra. Así, su territorio oficia de campo de concentración y la política que lo gobierna de infinito interrogatorio, repleto de torturas, con el objetivo de hacer perdurar el sometimiento a la casta militar. Bajo tal perspectiva, el pueblo argentino, además de un soldado preso, sigue siendo un colimba. Corre, limpia, barre.

Comentarios (un comentario)
no se!!!!
maria jose muñoz / Noviembre 8th, 2007, 6:32 pm / #
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