Articulo

Filosofía airada

Por Martín De Ambrosio

Al matemático Paul Erdös le gustaba decir que él y sus colegas eran máquinas de transformar café en teoremas.

Un poco a la manera de Erdös, César Aira es una máquina de convertir tiempo en libros. Porque hace rato que César Aira dejó de escribir novelas. Los incesantes tomos que da a publicar en las editoriales más diversas (dice el mito que siempre tiene un manuscrito a mano, sea para una multinacional o para “cartoneras”) no constituyen episodios únicos sino que forman parte de un solo conjunto: La Obra de César Aira. Y ya se conocen sus características: inspiración, escritura a vuelo de pájaro y jamás reescritura, descuido.

Esto, algo maravilloso para los críticos y académicos, puede resultarle abusivo a un mero lector. Aira decidió no caer en la vanidad de mejorar sus escritos y confía ciegamente en que lo que le sale de un modo automático es preferible que quede así. Entonces, algo que a los especialistas ayuda a teorizar y permite reflexiones varias (“los alcances de la literatura”, etc.), redunda en fealdades que Aira inflinge con alguna impunidad.

Sólo por poner un par de ejemplos del libro que aquí se comenta: “Por puro gusto de verosimilizar”; “siguió persiguiendo” y macanas así. Lo peor es que el lector advierte que no se trata de un escritor chambón o ramplón sino de alguien que deliberadamente ha decidido escribir así y que, es evidente, podría hacerlo mejor (hipótesis: ¿Aira se aburre de sus propias novelas y busca terminarlas lo más rápido posible y aparta de mí este manuscrito?).

Dicho esto, hay que decir que sin embargo Parménides contiene una idea extraordinaria y tal vez parta de una leyenda que circula en Buenos Aires.
La leyenda: Se cuenta que Aira fue el escritor fantasma detrás de un best-seller de tinte económico de la década de los ochenta; de ahí la sospecha de que aquí se estuviera contando de un modo lateral una parte no reconocida de su propia biografía literaria. Este libro que publicó Mondadori cuenta la historia de un oscuro poeta del siglo V antes de Cristo convocado por un noble griego para que escribiera un libro que el otro firmaría. Se juntan una y otra vez, estrechan una especie de amistad saltando algo las pertenencias de clase en encuentros que duran años. Pero el noble (Parménides) apenas si le dice algo acerca de qué libro es el que busca que lleve su nombre. “Algo sobre la naturaleza y que tenga en cuenta todo el bagaje de mis conocimientos”, insinúa.

Y el ghost-writer empieza a escribir sin una idea de hacia dónde dirigirse, sólo por la necesidad de completar al menos una página que justifique su salario. Justo ahí aparece otra posible pista que tal vez hable más de Aira que de su personaje que escribe libros para otro: en un momento adivina cuánto más fácil se redacta sin la presión de tener que poner el nombre y escribir grandiosas páginas.

Las anécdotas anteriores se enlazan con la idea extraordinaria, ya esbozada en el siglo XIX por Walter Pater (respecto de Platón): el mundo contemporáneo toma demasiado en serio a los filósofos (en particular a estos griegos). Lo que se atreve a insinuar Aira es que la obra del pensador griego conocido como Parménides –aquel de “lo que es es y lo que no es no es”, iniciador de la escuela eleática y para muchos padre del racionalismo y justo antecedente de Kant y Hegel– no es sino producto de la casualidad, un rapto de un poeta a sueldo. Esta idea, que ridiculiza la demasía y el profesionalismo de la filosofía, justifica la lectura de la novela. Sobre todo porque no está expuesta de un modo directo o burdo sino que el lector la va adivinando y se va dejando sorprender por la subversiva idea.

Paradojas del hombre de Coronel Pringles que no deja de sorprender. Porque luego de exponer algo que podría ser importante (“somos herederos de aquellos griegos” no se cansan de decir los analistas), lejos de rodearse de fuegos fatuos, el autor se da cuenta que ha llegado por fin a la cantidad de páginas necesarias para que lo que tenga entre manos sea, en fin, una novela. Y somete a su personaje a una absurda escena, lo hace cenar solo y emborracharse hasta que sus días terminan en un establo donde un caballo encabritado “en una de esas piruetas, que tenían algo de baile fosforescente en la oscuridad (era un caballo blanco) le acertó a la cabeza de Perinola, y se la reventó como un melón maduro”.

Este artículo apareció en el número de abrild e la revista Llegás a Buenos Aires.

Comentarios (un comentario)

Trasladar la cita de Pater sin más es un error. Porque lo que quiere decir es “el mundo del siglo XIX tomaba demasiado en serio a los filósofos”. Nuestro mundo ya no, hace tiempo. En Borges, por ejemplo, la filosofía es sólo literarura. Dicho eso, la novela de Aira no aporta ninguna novedad.

sig / Abril 15th, 2007, 11:36 pm / #

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