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Apuntes reciclados I / Derecho de impropiedad

Por Julio Zoppi

Introducción

Los ecos del debate sobre el caso Di Nucci me habían motivado desde hace varios días el esbozo de una serie de reflexiones conexas. Ciertas cuestiones actuales han hecho que decida apresurar su publicación, como un modo de exponer lo pensado sin dilaciones. La mayoría de las partes aguardaban mayor desarrollo de forma y de fondo, y quizá cuando acabaran como texto terminado iban a ser diferentes a lo que son hoy , pero he decidido honrar una convicción íntima: creo que el blog es un medio ideal para superar la obsesión por el Producto Textual Terminado, dar espacio a las construcciones abiertas, experimentales, donde el sabor de la artesanía aún crujiente y no la maquinada prolijidad sea el parámetro soberano. En el blog hay escrituras que si permanecen demasiado tiempo en la mesa de elaboración acaban marchitándose.

 

Derecho de impropiedad 

I

Algunos de los que muy irritados han repudiado la actitud de los que asumimos posiciones críticas en el caso Di Nucci se definen como libertarios, pero por las ideas que dejan traslucir no sabemos a que tendencia libertaria se acercan. Podríamos decir que en general el pensamiento libertario desde su nacimiento buscaba hallar la respuesta de una organización social donde el individuo fuese capaz de alcanzar el mayor grado de libertades posibles, a diferencia del capitalismo imperante y de las nuevas teorías del marxismo con su autoritarismo de estado. Algunas concepciones ponían el acento en el individuo y su necesidad filosófica de reapropiar su libertad perdida, otras en cambio que podríamos llamar socialistas se preocupaban ya del diseño necesario concreto de la organización social que condujera a alcanzar esos fines.

Volviendo a los irritados, por momentos pareciera que se hallan más cerca de algún tipo de anarco-comunismo cuya referencia histórica general podría ser aquel comunismo libertario nacido en la Primera Internacional pero no es mi intención aquí buscar encasillamientos ni desempolvar conocimientos de estudiante y volver a referirme a temas como la diferencia entre Proudhon, Bakunin y Kropotkin. Lo único que resulta evidente es que su nerviosa postura se sostienen sobre un anatema; una extraña suerte de “guerra santa” contra la propiedad privada, un rechazo por la misma se hace fóbico y les impide analizar con penetración las situaciones que se tejen a su alrededor ponderando su real trama de causalidades. En función de esta cruzada que los absorbe, ensordece y enceguece, se permiten un nivel análisis en extremo lineal y primario que parece estar limitado por estrechas anteojeras. Y no es sino sobre sus particulares formas de ver la propiedad privada que la sostienen, cualquier idea que no adhiera a los parámetros asfixiantes de sus cruzadas es automáticamente posicionado como adhesión malsana al propietarismo burgués, y por lo tanto execrado negándose a cualquier vía de planteamientos conexos o imbricaciones. Sus discursos se plantean con polaridades excluyentes, o se es aliado en esa guerra “privada” suscribiendo todos sus obtusos términos y todas sus distorsivas y cuadradas interpretaciones, o se está en su contra y por añadidura, a favor del Mal.

 

II

Permanecen en el error aquellos que creen que la mayoría de las opiniones críticas respecto del caso Di Nucci se hicieron desde la defensa de la propiedad privada burguesa manifestada en una de sus partes, la propiedad intelectual. Muy poco que ver tiene con esto, y este es el principal nudo del disenso con los que asumieron este tipo de posturas. El debate sobre la propiedad intelectual dentro del orden capitalista no veo que tenga que relacionarse con este caso, a no ser porque Di Nucci si quería esos derechos de propiedad intelectual y seguramente esperaría hacerse acreedor a las regalías. No consta que haya decidido hacer circular libremente su libro, que planeara liberar sus derechos de copiado –valga la ironía– o ponerlo a disposición de todos gratuitamente, sino que firmó un vulgar y usual contrato comercial con una empresa editora.

 

III

La cuestión de la autoría y sus alcances es bien diferente del problema de las leyes de propiedad intelectual y no se por qué se han empeñado en ligarlos.

Se trata de un tópico que atañe a los derechos al reconocimiento por la pertenencia de las obras o producto creativos del trabajo individual en una sociedad dada. Estarán los que creemos que esos derechos humanos básicos indican que las obras no pueden ser usadas sin consentimiento de su autor, que es su poseedor natural, para cualquier fin, y menos para uno tan ruin como plagiarla, y estarán quienes crean que la autoría individual no debe ser siquiera reconocida como tal y menos aún otorgar derecho alguno de pertenencia. Explorar las diferentes visiones y versiones de esa relación en la historia del pensamiento y las que se podrían construir todavía hubiera sido el gran tema de debate, el más interesante. Pero lamentablemente esa posibilidad quedó ahogada en la miopía de los petardistas fóbicos que salieron a la caza de brujas e imaginaron inexistentes panegíricos de la propiedad privada por todas partes.

 

IV

Creo que es un nivel de razonamiento plano y pobre el que los hace adherir al robo en tanto realizan un silogismo de conclusión falaz: que el robo es una acción contestataria y de oposición político-filosófica a la propiedad privada. Enorme desatino; la apropiación de una riqueza de parte de un individuo por sobre los derechos de otro o por los de la colectividad, es un acto inscripto dentro de la estructura de la propiedad privada, una celebración del orden burgués y no un gesto opositor, ni siquiera una cosquilla en su contra. El robo –tomando la enorme generalidad y descartando un par de locos que decían robar para repartir entre los pobres– carece de intenciones sociales redistributivas ni subversivas del orden económico establecido, es tan sólo un acto de individualismo burgués que plantea experimentar la apropiación de la riqueza individual para su disfrute mediante el uso de una metodología marginal y antisocial que a menudo apela a la violencia física o la traición, el fraude y la estafa. Me parece una contradicción insalvable que alguien que se opone a la existencia del orden social en el cual se inscribe el concepto de propiedad privada liberal celebre el robo. Obviamente descarto de este análisis ejemplos que pueden traer confusión como el estereotipo del robo por necesidad con el trillado ejemplo del que roba un pedazo de pan porque tiene hambre. En ese caso podemos discutir la significación del acto pero lo que es seguro es que no se trata de un acto de contestación al orden social sino una mera reacción primaria ante un estado de necesidad humana padecido por una persona que es víctima de un sistema que no es capaz de satisfacer su básica necesidad de alimentación. Es hora dejar las moralejas adolescentes de lado y los cuentos de hadas de los “ladrones justicieros”, estoy planteando el robo como género de comportamiento antisocial instituido donde el peso mayor del análisis se enfoca al robo como apropiación sucia de riqueza. Desde el anarquismo fue precisamente Pierre-Joseph Proudhon quién señaló que la propiedad era el robo, para definir que en su entender el derecho de propiedad que permite enajenar los medios de producción es la base jurídica que habilita el robo del excedente productivo aportado por los asalariados.

 

V

En términos muy llanos, la moral es el conjunto de normas y principios que definen como una sociedad asigna lo que está bien y lo que está mal. Toda sociedad tiene moral, porque en toda sociedad existen valores asignados que definen lo que está bien y lo que está mal. En sociedades pluralistas no existe una sola fuente u origen de la moral, sino un conjunto amalgamado de influencias más y menos determinantes que no son estables en el tiempo sino que se transforman. Por eso es un error grave creer que la moral dominante por ejemplo hoy en la sociedad argentina responde sólo a la moral católica en lo religioso y al orden liberal burgués en lo filosófico, sino que es la suma de muchas más influencias axiológicas, las religiones, las leyes, las costumbres urbanas y rurales, los principios políticos y filosóficos que se divulgan desde las diferentes ideologías, son algunas de los restantes elementos que conforman la moral. Por eso parece ya una irritante falencia de formación ese automatismo de escuela primaria que determina cuando se menciona el término “moral” o “moralidad” alguien se está refiriendo puntualmente a la doctrina católica y al liberalismo burgués, o a la “moral de la propiedad privada” (sic). Aún una sociedad que fuera producto de la influencia de idearios nudistas, ateos y colectivistas poseería una moral.

 

VI

El principal embrollo teórico que he notado tiene que ver con el manoseo del concepto de propiedad privada a partir de su mención ligera por parte de algunos de los neomenemistas. Como bien explica Elsa Ducraroff hablar de propiedad privada en términos marxistas es referirse a la propiedad de los medios de producción en relación a como esta condición permite la explotación y enajenación del trabajo ajeno, y no una referencia a la posesión de bienes de uso personal o a los derechos sobre esos bienes personales o el cualquier otro fruto de la libre creatividad y productividad de la persona, en este caso enfocado sobre el trabajador. Podríamos decir que el marxismo fue un ideario creado para propiciar que al trabajador no le roben lo que le pertenece por ser fruto de contribución al producto social, no a facilitar las condiciones para que lo despojen y justificar ese despojo. Liberar el mercado a la rapiña generalizada de la supervivencia del más hijo de puta no está dentro de sus ideales. ¿Existe algún ideal de producción colectiva serio que diga que cada trabajador entrega su producto social dentro de una gran pila que queda a la merced de quién quiera o pueda tomarlo, lo que quiere decir ponerlo a expensas de la depredación de los cuervos y carroñeros?

 

VII

Se confunde la enajenación de un bien que se separa de su origen para su explotación comercial con el derecho natural sobre los bienes y obras producto del trabajo del ser humano. “Propiedad” en términos liberales implica un alto grado de abstracción, es una relación de derechos sobre los bienes destinada a operar en un sistema de intercambio. “Posesión” es una idea que no admite abstracción alguna, sólo está ligada a lo real de la relación íntima de uso, goce o apropiación de un bien con su poseedor natural sin que esa posesión implique otra cosa que la satisfacción de una necesidad o un derecho natural de pertenencia.

 

VIII

La autoría desde una concepción humanista es un derecho totalmente diferente al de propiedad y al de posesión, si bien puede estar ligado a ellos. Es el reconocimiento de pertenencia entre el fruto del trabajo de un individuo y el reconocimiento a que esa obra es auténtica expresión de su singularidad humana, de su punto de vista único. Todas las obras auténticas son originales, aún las que expresen ideas o se apoyen en marcos ya dichos, la cultura es el resultado acumulado de esa acción básica. Algunos exagerados han dicho que “toda es una nueva versión de algo preexistente” pero soslayan el hecho que cada nuevo acto creativo –aunque lo llamemos “versión”– aporta precisamente la originalidad de su interpretación y creación que son de hecho únicas e irrepetibles. De la suma de “versiones” se hace la cultura, las ideas nuevas nacen de las viejas, así como los nuevos seres humanos (o los perros o los conejos) nacen de sus progenitores, pero no son sus progenitores, adquieren la originalidad que les concede su emergencia como individualidad irremediablemente diferente. La creación no debe limitarse a un concepto de originalidad como sinónimo de acto primigenio, original es aquello que cobra vida, identidad y personalidad propias a pesar de estar hecho a partir de materiales preexistentes. La clonación deliberada de textos o productos rompe está condición esencial de la creatividad humana, anula la originalidad basada en la autenticidad de la expresión de un individuo o de un grupo, nos priva de su “versión” que es la única que garantiza la posibilidad de la aparición de nuevas ideas. La visión conservadora del poder mediante su actual expresión de moda contradictoria pero efectiva que es el “posmodernismo progresista”, está empeñada en demostrar la cancelación de toda creatividad y por añadidura de toda utopía debido a esa aparente “demostración” de la imposibilidad de gestación de ideas superadoras. Gracias a la contribución de cacareantes intelectuales –superficialmente contestatarios pero profundamente reaccionarios– se ha instituido la idea de que el mundo se haya condenado a la repetición por lo que el mantenimiento del orden establecido es la consecuencia irreversible.

 

IX

Aún aceptando que se parta de una posición extrema que negara cualquier concepto que propiedad individual, no he encontrado antecedentes que hayan resuelto este tema –no quiere decir que no existan porque lo que estoy realizando es un repaso ligero y no una investigación. Una obra en condición de producto puede que no sea reconocido como propiedad individual y que ingrese a un sistema de colectivización en tanto producto, pero eso no implica cancelar el reconocimiento de la relación de pertenencia intelectual-autoral que liga la obra a su creador. Supongamos que un cuadro –por tomar un ejemplo cualquiera– debe ser entregado a un conjunto colectivo mediante el cual se distribuirá racionalmente para su disfrute social, pero eso implica que esa obra pierda el reconocimiento que la liga al autor. Si algo se le criticó al capitalismo y al comunismo de estado era la alienación del trabajo respecto del trabajador, el trabajo enajenado. Como diría John Halloway se trata de la separación del hacer con lo hecho donde el trabajador pierde el vínculo afectivo que da sentido al producto más allá de su uso, de lo hecho –el fruto de su trabajo– que se escinde para ser entregado a la bolsa indiferenciada del capitalista o a la centralización comunista.

 

X

Supongamos de todos modos que se parte de un marco teórico del más extremo concepto de colectivización que llegue a considerar que un individuo no existe como tal, que la persona humana no existe sino que se diluye su identidad en la colectividad al colmo de que una persona en tanto individuo no tuviera derecho a la posesión individual ni del pedazo de pan que se lleva a la boca aunque fuera el horneado por él mismo del trigo por él cultivado o bien recibido mediante una distribución colectiva en virtud de su mera necesidad. Si la licuación del reconocimiento de pertenencia es total las cosas marchan hacia el desastre; si antes de que el pan pueda ser consumido y satisfacer la necesidad del individuo puede venir por la espalda otro miembro de esta extraña colectividad, darle un garrotazo y quitarle el pan, el orden de supervivencia colectiva se transforma en una ley de la selva. ¿Se está tratando de defender el derecho al garrotazo, a la traición, a apropiarse del trabajo y la posesión ajena por el sólo imperio de la fuerza?

El sentido verdadero de todo colectivismo –más allá de estar de acuerdo o no con él como propuesta de organización social– es poder alcanzar una distribución racional del producto social de acuerdo a la necesidad de cada uno de sus miembros, no la abolición fetichista de toda instancia de pertenencia individual, sino la abolición de los derechos propietarios que permiten enajenar un bien y acumularlo en función de especular con su valor de cambio. Lograr que cada miembro de la sociedad no sea privado del beneficio de la producción colectiva en nombre de un sistema de producción cuya única premisa absoluta es garantizar la acumulación de poder. ¿Que tendría que ver eso con un supuesto derecho al robo como apropiación traidora, individualista y burguesa con el fin de hacer negocios que se reivindica en un tono tan desgarrado, casi apologético?

 

XI

Sigamos especulando aún desde un lugar teórico que pretenda establecer la cancelación de todo derecho humano de posesión y el reconocimiento de pertenencia sobre bienes y trabajos personales, aunque supongo que ninguna dejaría de reconocer por lo menos el derecho a la posesión de los bienes asignados mediante la distribución colectiva. Una de las corrientes más radicalizadas en torno a la tensión de convivencia entre cualquier tipo de propiedad individual y colectiva sería la de algún tipo de anarco-comunismo extremo. Se dirá que a cada uno le será asignado los productos según su necesidad y no según su aporte laboral al producto social o a la riqueza colectiva como podría establecer un enfoque compatible con un anarquismo socialista de corte colectivista o cooperativo más compatible con las ideas de Proudhon o Bakunin. ¿Como satisfará su necesidad si no posee ningún bien? Si le es asignado mediante una distribución colectiva –después veríamos quién es quién se lo asigna y cómo– entonces deberá poder poseerlo para comerlo en paz. Si hay 5 personas y puesto que todos necesitan y hemos producido 5 panes le damos 1 pan a cada uno, no importa cuanto hayan trabajado en obtenerlo cada uno de ellos. Pero que sucede si uno de los 5 decide que su necesidad son 3 panes y les roba el pan a dos de ellos dándoles un garrotazo en la cabeza. Si no hay estado ni ley no instancia de organización que garantice el derecho de posesión individual sobre el pan repartido en relación al accionar de los depredadores el sistema fracasa absolutamente. Los despojados se deben condenar al hambre y no tienen a quién recurrir para cancelar esa injusticia. Este extraño tipo de anarco comunismo habrá devenido en la ley de la selva para darse la mano con el anarquismo ultraliberal parecida que proponen los individualistas de ultraderecha llamados “libertarianos”: cancelar toda autoridad social a favor del libre juego que permita a los muy poderosos oprimir y avasallar a los menos poderosos con el único límite de sus ganas. Sin limitaciones éticas ni organizativas, el avasallamiento de sus pertenencias y la violación de los derechos humanos es el único destino posible.

¿Por qué abundo en esta elemental cuestión? Por la manera en la que han confundido el caso Di Nucci como resistencia a la propiedad privada, han visto en un acto burgués una intencionalidad contestataria que no es tal.

Aún así no existe ningún rechazo expreso que implique el desconocimiento a la autoría, sino que se trata de rechazar la propiedad privada liberal del conocimiento hecho producto como noción crítica de que los bienes del conocimiento no pueden estar sujetos a la restricción y a la escasez que los obliga el capitalismo al tomarlos como meros bienes-productos de mercado por su valor material de intercambio, y deben ser distribuidos sin restricciones para su goce por toda la sociedad. Esto es muy diferente a reivindicar el robo burgués con fines de regodeo burgués como operación contestataria.

XII

Aún aceptando que se parta de una posición que negara cualquier concepto que propiedad individual, no he encontrado antecedentes que hayan resuelto este tema –no quiere decir que no existan porque lo que estoy realizando es un repaso ligero y no una investigación. El producto obra en tal producto puede que no sea reconocido como propiedad individual y que ingrese a un sistema de colectivización en tanto producto, pero eso no implica cancelar el reconocimiento de la relación de pertenencia intelectual-autoral que lo liga a la obra. Supongamos que una –un cuadro por tomar un ejemplo cualquiera– debe ser entregada a un conjunto colectivo mediante el cual se distribuirá racionalmente para su disfrute social, pero eso implica que esa obra pierda el reconocimiento que la liga al autor. Si algo se le criticó al capitalismo y al comunismo era la alienación del trabajo respecto del trabajador, el trabajo enajenado. Como diría John Holloway, se trata de la separación del hacer con lo hecho donde el trabajador pierde el vínculo afectivo que da sentido al producto más allá de su uso, de lo hecho –el fruto de su trabajo– que se escinde para ser entregado a la bolsa indiferenciada del capitalista o a la centralización estatal comunista.

 

XIII

¿Existe tal colectivismo extremo que acaso rechace los deseos del individuo de mantener un reconocimiento de pertenencia con los frutos de su labor o que lo considere una actitud antisocial? Una cosa es si desde la libertad y el libre albedrío alguien produce una obra de la cual decide cancelar cualquier instancia de reconocimiento personal hacia ella, donándola por así decirlo a una totalidad colectiva anónima se trata de una situación válida, pero no así desde la postura represiva donde esta actitud deviniera impuesta desde una instancia externa de autoridad o poder. Como señalaba Max Stirner, una cosa es la “sociedad” como socialización compulsiva y otra la “asociación” donde cada individuo libre decide si se integra a la socialización. De este modo, tanto la posesión como el reconocimiento a la pertenencia se hacen necesarios para la satisfacción de las necesidades y la efectivización del sentido natural de pertenencia sobre el entorno inmediato y el fruto de la producción creadora.

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