Menemismo permanente (respuesta a Susana Santos)
Por Elsa Drucaroff
1. Basta de correr el cuerpo
Empiezo perfeccionando la acusación que ella me hace: yo no tengo “una marcada tendencia a desplazarme desde el lenguaje figurado y el lenguaje literario hacia el de la moral y el derecho”. Yo no me desplazo en absoluto, estoy hablando fundamentalmente de moral y de derecho.
Estoy diciendo que la academia no puede ignorar que los productores de literatura y los académicos están obligados a respetar y obedecer las mismas leyes que el resto de los trabajadores de la Tierra (la ley, sí, de eso hablo), y que los académicos no pueden protestar porque se haga valer una ley que defiende el trabajo ajeno. Estoy diciendo que los académicos que utilizan bibliografías y argumentos de izquierda, y toman posiciones públicas de izquierda, no pueden apoyar una actitud que evidencia falta de solidaridad entre laburantes (robo). Tengo que repetir lo que ya dije en mi texto anterior: ni los productores de literatura ni los académicos tenemos coronita.
Lamento con sinceridad que sea precisamente Susana Santos la persona a la que me veo obligada a contestar. Confío en que supo, cuando leyó mi texto anterior, que era ella una de los firmantes de la carta que aprecio personalmente, y además respeto. Y sin embargo, tengo que decir que hay mala fe y agresividad gratuita en la respuesta que me da. ¿Por qué mala fe? Porque aunque todo lo que escribe parece hablar (vistosamente) de literatura, en realidad está hablando de lo mismo que yo, sólo que –a diferencia de mi texto– pretende ocultarlo.
Susana Santos está hablando del derecho de Sergio Di Nucci a seguir siendo el ganador del premio Sudamericana/La Nación, su derecho a seguir disponiendo de los 60.000$ que cobró (para donarlos, deseamos), a seguir posando para las fotos, a seguir respondiendo reportajes, a cobrar el 10% del precio de tapa por cada ejemplar de Bolivia Construcciones que se venda por encima de lo acordado contractualmente, una vez deducido el anticipo.
Ni nuestra polémica versa sobre el texto Bolivia Construcciones, aunque tengamos que apelar por momentos a él para delimitar algunas cosas (volveré a eso), ni los que firman la carta de apoyo son “defensores de la novela”, como los llama Susana Santos, no defienden la novela, defienden a quien esgrime su derecho de propiedad intelectual sobre la novela, a quien afirma ser el trabajador que la produjo.
La carta lo plantea claramente en su inicio: “Ante la decisión, dada a conocer por el diario La Nación en su edición de ayer, de retirar el Premio de Novela 2006 a Bolivia Construcciones de Bruno Morales, quienes abajo firman quieren manifestar su sorpresa por los motivos aducidos”. Es “ante” todo eso que se afirma que la novela es intertextual y no plagia, la carta protesta porque el Jurado retiró a Di Nucci ese derecho. Protesta porque consideró que él, y no las palabras que conforman Bolivia Construcciones, es decir su persona, el ciudadano Sergio Di Nucci con DNI, el que puede ir preso si viola la ley, no puede adjudicarse el mérito ni el dinero por el producto que presentó como propio.
Entonces, terminemos con esta costumbre tan “nuestra” de correr constantemente el cuerpo, terminemos con el sofisma y la distorsión ideológica: el que afirmó antes que nadie la propiedad privada y la existencia del autor, la consistencia y unicidad del sujeto, fue Sergio Di Nucci. Él presentó Bolivia Construcciones declarando que era propia. En todo caso, él es el primer “soez esbirro del copyright” (y a propósito de correr el cuerpo, Santos repite innecesariamente la injuria, eso sí, escudándose en el “Link dixit”).
Como tantas veces, nos la quieren vender cambiada a fuerza de citas, jerga de la especialidad y entonación afrancesada, derroche intimidatorio de capital simbólico, argumentos de gran abogado en términos teóricos de moda en la carrera de Letras. Pero sin embargo todos sabemos que el problema de los que firmaron esa carta no pasa por el copyright ni por la propiedad privada. Ni la “carta de Puán” ni sus defensores protestaron jamás porque la novela tuviera un copyright a favor de Sergio di Nucci y que a él le correspondieran 60.000 pesos. Al contrario, lo defendieron. Lo defienden. Malversan para eso la teoría literaria.
Santos me recomienda que “para defender o atacar el ‘plagio’” “tenga preparada una teoría diferente de la de los soeces esbirros del copyright (Daniel Link dixit).”
Si la ética intelectual debiera obligar, como ya dije, a sostener con actos coherentes nuestras teorías (y que justifican este oficio como útil en el mundo), quienes sí tienen preparada una teoría diferente de la mía, teoría sin duda extremadamente subversiva, nada fascistoide, práctica de resistencia que pone los pelos de punta al sistema social, etcétera etcétera, más que firmar una carta defendiendo con sus temibles argumentos el copyright de un tipo, su premio y su dinero, hubieran debido exigir un copyright anónimo, que remitiera al campo infinito de la literatura como “propietaria”, o que repartiera los 60.000 $, por ejemplo entre un grupo de excluidos, en representación de los hablantes de la Tierra (no “donados”, no gentilmente entregados por propia voluntad de un propietario triunfador, porque eso sería admitir que le pertenecen).
Pero nada de esto plantearon los que, a diferencia mía, tienen una subversiva teoría preparada. Es más: ni siquiera interpelaron públicamente al autor que defendían, cuando leyeron en Veintitrés que, a tres meses de su promesa pública, el dinero no había sido depositado en las arcas de la institución supuestamente beneficiada. Lo que no impidió a Di Nucci participar de un acto conmovedor en el ADA, en el que se fotografió debidamente y en el cual firmó un acta, y recibió de la comunidad boliviana ropa típica, como obsequio. En el mes de noviembre, apenas entregados el premio y la plata, la profesora Santos honró Bolivia Construcciones con una ponencia en la que aludía varias veces a la explotación que sufren los bolivianos en nuestro país. El trabajo terminaba, culposamente, así:
“(Sergio Di Nucci) puede luchar, y reclamar AMNISTÍA YA para todos los millones de bolivianos indocumentados, que son nuestros esclavos, mientras nosotros nos ocupamos de elecciones departamentales.”
Decir esto no le impidió, por supuesto, seguir ocupándose de las internas del Departamento, y tampoco la llevó hace pocas semanas a problematizar que “nuestros esclavos”, a tres meses de cobrados los 60.000$, declaren no tener el dinero.
Pero los intelectuales que tienen preparadas teorías tan atractivas para atacar el poder aún están a tiempo de ser coherentes: propongo que se averigüe si finalmente Di Nucci hizo el depósito. No busco sembrar insidias ni tengo algo personal contra Di Nucci, simplemente pienso que no podemos ser indiferentes ante la posibilidad de que un colega nuestro, docente a cargo de la formación de jóvenes, que declara (como nosotros) solidaridad con los oprimidos, se haya burlado de ellos con crueldad gratuita y los haya usado para su propia imagen.
2. Hablo de los que trabajan con el texto literario, no de textualidades
Susana Santos se alarma por mi causa:
Si la literatura tal como la entendemos contara sólo con críticos de estas características, desaparecería.
Espero no intranquilizar demasiado a mis colegas: no me importa en este debate proteger la literatura. Tampoco me importa atacarla. Susana se y nos sobreestima. Ni la literatura se produce ni desaparece por lo que diga un crítico (somos apenas los que leemos, en lo que se escribe, significados sociales, nuestra función no es dirigir la literatura, ni siquiera explicarla –los lectores no son analfabetos–, apenas leerla con un detenimiento reflexivo particular que, por otra parte, tiene que servir para pensar nuestra sociedad y nuestro tiempo).
Como bien dice Susana Santos, mi participación “abandona la literatura”. Y a mucha honra. Porque no hablo acá solamente como crítica literaria sino como persona que piensa ciertas cosas y además escribe, enseña y hace crítica. Si reclamo contra el texto Bolivia Construcciones es porque algunos de mis pares han apañado un delito, ante el silencio de los demás, apoyándose para eso en la teoría semiótica y los discursos filosóficos de la postmodernidad, discursos que estudiamos, enseñamos, que en muchos casos fueron pensados para defender a los desposeídos del capital, no para justificar que se los robe, y no deberían ser una herramienta para consagrar la impunidad y el espíritu de cuerpo.
Para decir lo mismo de otro modo: en el caso que nos ocupa yo no abandoné primero la literatura, la abandonó Di Nucci. Y esto no es una crítica porque todos (Susana Santos también) abandonamos constantemente la literatura, por ejemplo cuando cerramos el libro o apagamos la computadora y vamos a cobrar a un cajero nuestro sueldo. Como cualquier trabajador, Sergio Di Nucci abandonó la literatura: luego de realizar su producto pretendió venderlo y, para hacerlo en las mejores condiciones posibles, lo presentó a un concurso literario, se postuló voluntariamente como el único responsable de él y como el aspirante a ganar, por lo menos, un reconocimiento triple: simbólico, económico y subjetivo, un reconocimiento que supone entrar en un momento de estrellato, exposición de su persona ante muchísima gente, posibilidad de vender mucho más fácilmente, en el futuro, otros productos de su trabajo, de ser convocado para participar, a cambio de dinero, en jurados de literatura, etc. Todo esto abandona la literatura para entrar en el mercado literario, el del trabajo de los escritores. Y defendiendo como puedo las pocas leyes que allí nos protegen: me opongo a que se convalide un plagio.
Este es el motivo de debate. Ni la post literatura, ni el sexo de los ángeles.
3. Exacerbemos los usos literarios
Explica Santos:
Los procedimientos de los que se vale Bolivia construcciones son usos literarios exacerbados, y como tales -y sólo como tales- deben ser censurados o elogiados.
Yo los censuro, pero no “como tales” porque (igual que ella, aunque sin tapujos) abandoné el terreno de la literatura. Y como no debatimos sobre literatura, tampoco debatimos “si deben ser censurados o elogiados los procedimientos literarios exacerbados”.
No debatimos el derecho de los críticos a “reclamar control social sobre la literatura”, como ella me acusa, sino su obligación social de conducirse bajo el control de normas éticas. El crítico no tiene ningún derecho sobre la producción de discursos literarios autónomos, nadie lo tiene. Pero Susana Santos, con su “marcada tendencia a desplazarse” de un terreno al otro, justifica la conducta impropia de un colega, y para hacerlo se vale de su saber crítico, analizando el producto que con esa conducta se realizó, exponiendo como lectora especializada qué significados destellan en la obra. Si reclamo algún derecho de control, es éste, simplísimo: quiero que los colegas que me representan no obstaculicen la punición a los escritores que roban trabajo ajeno. En efecto, la carta está encabezada por firmas que aclaran al pie su poder institucional, por ejemplo la primera firma dice “consejera por la mayoría del claustro de graduados”, precisamente el claustro en el que voto.
Lo que está bien y está mal en la vida nada tiene que ver con la literatura, precisamente porque en el universo ficcional de la literatura cualquier ley puede suspenderse.
Síganme, por favor, en un ejemplo inspirado en un interesante dato que aporta Susana Santos. Ella cuenta: “Una de las firmantes de la Carta (…) descubrió, incrustados en un texto cervantino, dos pasajes de otros autores, sin indicación de fuentes. Se tardaron siglos para este descubrimiento.”
Y con afrancesada jerga lacaniana, pregunta: “¿Qué hacer en el après-coup?” ¿Qué hacemos hacemos los críticos cuando lo descubrimos? Responde: “O bien abandonamos la literatura, y llamamos a la policía (es decir, entendemos el “robo” literalmente, como si fuera un delito del Código Penal). O bien estudiamos nuevamente el texto, y consideramos cuáles son los efectos estéticos y literarios que la evocación descubierta produce.”
Demostrando una vez más mi estrechez mental y mi legalidad positiva, opino que no hay policía en el más allá y que habría que determinar qué era considerado delito y qué no, en materia de apropiación de textos, en tiempos de Cervantes. Así que voy a declinar esta vez de mi pasión ciudadana y me dedicaré, en este caso, con Susana, a la gozosa crítica literaria.
Pero no dejemos las cosas acá. En la academia nos encanta hablar de “exacerbaciones”, “desenfrenos”, “infinito goce y desmesura”, “hacer estallar los cimientos de la sociedad y del Logos”. Así que imaginemos que se descubre algo más, supongamos que, a 400 años de su escritura, aparece la prueba de que el Quijote no fue escrito por Cervantes sino, ¡en efecto!, por el moro Cide Hamete Benengeli. Imaginemos que Miguel de Cervantes Saavedra se aprovechó de que la vida de un moro probablemente no valiera demasiado y lo asesinó, se apropió del manuscrito y publicó el Quijote con su nombre, dividiéndolo en dos partes. Hagámoslo más espectacular: se descubre que la tinta de los manuscritos del Quijote, todas las veces donde se menciona a Cide Hamete Benengeli como fuente, eso que la crítica leyó siempre como un juego barroco, están escritas con la sangre misma del moro.
El Quijote seguirá siendo una de las grandes obras literarias de la humanidad, ni una línea de su texto perderá su centelleo inagotable de sentidos y riquísimas alusiones. Al contrario, ganará, y cuánto. ¿Se dañará por eso el maravilloso original de Cide Hamete, que ahora hasta puede adivinarse dialogando con el Quijote? En absoluto, al contrario, como dice entusiastamente Susana Santos, “el consecuente crea al antecedente” y el libro de Cervantes “será también una obra de crítica literaria”. ¡Y qué obra! Pasará a ser la expresión avant la lettre de la necesidad de juntar el arte con la vida, anticipación delirante y hard del exasperamiento de las vanguardias de principios del siglo XX.
Pequeño detalle: también pasará a integrar la tristemente larga lista de horrorosos abusos contra el semejante.
Aparecerán críticos que leerán en palabras tantas veces leídas el sanguinario secreto, ahora que saben algo que antes no sabían. De hecho, todas las barrocas alusiones al moro que están en la obra se leerán ahora como pistas de un yo firmante, un yo autor ensoberbecido por el cinismo, o desgarrado por la culpa, quién sabe, seguro que habría argumentos para las dos posibilidades, y estará quien se solace en la crítica onanista e impugne a todas ellas, afirmando que el sujeto no existe. Las “brunas oscuridades” de la literatura, para citar a Susana Santos hablando de Bolivia Construcciones, son indecidibles.
Ahora bien: ¿algo de esto exime a Miguel de Cervantes de ser un asesino? ¿Qué valoraciones éticas sostendría el Premio Cervantes, por ejemplo, si no cambiara inmediatamente de nombre, ante semejante descubrimiento? ¿Qué valoraciones éticas triunfarían si las ediciones del Quijote siguieran apareciendo con el nombre del asesino? En la Argentina menemizada, podemos imaginar que si el autor no fuera Cervantes sino Carlos Carrascosa (o, para volver a nuestro paradigma, un Ricardo Rojas, una Victoria Ocampo), el copyright a lo mejor no cambiaría. Pero si por fortuna no estuviéramos en la Argentina menemizada, no habría muchas más consecuencias legales que las que dije, únicamente porque no hay ya cómo hacer más justicia.
¿Levantarían nuestros estudiosos su voz indignada porque se quita de las nuevas ediciones y del premio, el nombre de Cervantes? ¿Explicarían, sabios, que Cervantes realizó un genial diálogo intertextual exasperado con la obra del Moro, que se entregó a procedimientos extremos e incluso a prácticas extremas, donde la literatura y el crimen borran mutuamente sus fronteras, desterritorializándose una al otro, el otro a una, remitiendo rizomáticamente al límite donde jadean el deseo y la muerte, llevados por la locura de la significancia y la sangre? ¿Hablarían de Cervantes como un practicante de la resistencia?
No. No harían eso nuestros intelectuales por una sencilla razón: porque el señor Miguel de Cervantes no integra el personal de la carrera de Letras.
Ahora bien: más allá de mi entusiasmo irónico para reproducir jerga, no se me escapa que en el párrafo anteúltimo hay cierta fascinación por un hombre que asesina para apropiarse de un texto genial, lo publica con marcas que lo vuelven aún más genial y encima consigue uno de los primeros best sellers (si se me permite el anacronismo). Podemos divagar sobre él y su modo excesivo de responder al horror de su propio tiempo. Ya escucho interesantes relaciones entre su acto atroz y la oscuridad del barroco español, de la Contrarreforma, su modo revulsivo de encarnar él mismo el horror, para conjurarlo. Ya me estoy imaginando cuánto, cuánto papel podría llenarse con todo esto. Nada tonto, hablo sin ironía… A condición de que ninguno de los críticos que escriben niegue que estamos ante un criminal, que de un lado hay una víctima y del otro un victimario, que la víctima no es un poderoso y que fue su trabajo, en un apabullante porcentaje, el que produjo la obra. Pido disculpas por apelar a la legalidad positiva.
En el largo ejemplo las relaciones entre literatura y conducta de los que escriben se centra en hechos que habrían ocurrido hace 400 años. No es el caso de Di Nucci, que felizmente no mató a nadie (¡bueno sería!), apenas se apropió de trabajo ajeno. No soy partidaria de controlar las lecturas que Susana Santos o cualquiera quiera hacer sobre su obra (aunque ejerzo mi derecho a opinar sobre ellas).
Interesante: en una sociedad donde la mayoría no respeta el trabajo del escritor, nuestros especialistas en literatura son todavía peores. Porque el lector común no protesta porque le saquen el premio a un tipo que publicó 30 páginas cambiando los nombres propios y alguna palabreja localista.
Para las editoriales, son las razones del Capital; para Susana Santos, las de la Sacrosanta Literatura (¿qué pasa con la Literatura? ¿Es Divina?); pero la variable de ajuste es siempre la misma: el trabajo humano que produce los libros.
4. En Bolivia… no hay procedimiento de intertextualidad
Dije que no hablo desde el terreno de la literatura. Si voy a colocarme ahora un momento en él, es únicamente para usar mi conocimiento especializado y pensar, desde afuera de la autonomía literaria, si hubo o no robo del trabajo ajeno.
Repito: si Bolivia… hubiera utilizado lo que a partir de la teoría bajtiniana se llama procedimiento de intertextualidad, no hubiera robado trabajo ajeno: se apropió de instrumentos ajenos para retransformarlos con una creatividad que la vuelve merecedora del premio. Si no se puede ver el diálogo entre el discurso que hace de contexto y el discurso citado, no merece ese premio, sean cuales fueren los significados maravillosos que la profesora Santos descubra en la novela. Si es por descubrir significados, como demostré en el ejemplo de Cervantes y el moro, siempre se puede, y muchos. Para eso estamos muy dotados los que estudiamos esto: para hacer estallar bengalas, cañitas, dibujos luminosos en el cielo, a partir de un texto. El arte tiene fronteras indecidibles, históricas, como tan bien han señalado mis contrincantes, una rueda de bicicleta puede ser arte si alguien la pone en un museo y muchos críticos van a leer allí significados. Etcétera.
Dice Santos:
Elsa Drucaroff parte de dos premisas que juzga incontrovertibles. (…) La primera, que en Bolivia Construcciones hay “plagio”. De esto, no ofrece pruebas, porque la opinión del jurado y la suya propia le bastan (apelación a la autoridad que cierra toda discusión ulterior: un conjunto de seis notables no puede equivocarse).
No voy a cansar repitiendo las tres páginas finales de mi texto anterior, donde apoyándome en la misma apelación a la autoridad en la que se apoya la profesora Santos (es decir, hablando como especialista en literatura y lectora de la novela), pero además atendiendo a la textualidad de Bolivia Construcciones, y no a la simple cucarda académica, demostré que no hay procedimiento de intertextualidad (con todo lo que la categoría procedimiento implica, a partir del formalismo ruso: artificio que se propone ser percibido de modo agudizado, subrayado).
Terminé aquel texto con una ironía que deberé lamentablemente repetir y… lo peor… aclarar, no porque la profesora Santos no la haya entendido sino porque, como de costumbre, corre el cuerpo y no la encara:
A menos que digamos que el procedimiento de Di Nucci fue el de citar la obra de otro escritor borrando todas las marcas de choque, de tensión, de diálogo, disimulando, ocultando que hay dos voces, volviendo las páginas citadas parte naturalizada de la novela que se cita. Eso es un procedimiento también, sin duda, pero no se llama intertextualidad.
Qué pena tener que explicar el chiste: se llama choreo. Ja ja.
Sí, no es de eso de lo que hablaron Voloshinov, Bajtín o Medvedev, no es eso lo que valoramos los críticos que guardamos un sentido ético de nuestra tarea, así como la fusión del arte con la vida, que pidieron los surrealistas, y los críticos admiramos, no es asesinar a un señor para apropiarse de su manuscrito y transformarlo intertextualmente con la pluma embebida en sangre derramada.
Eso que Susana Santos relata haber descubierto ya en su trabajo sobre Bolivia Construcciones (leído en un congreso en noviembre del año pasado, delante de un reducido auditorio) se llama choreo, y en un increíble despliegue de anestesia ética y entusiasmo retórico, ella lo festeja. en la ponencia, así:
Nada auténtico habrá en Bolivia Construcciones. Una novela que recusa –bajo las apariencias de suave costumbrismo, de pieza compuesta para el canon local de la literatura de inmigración– a las nociones de autor, de seudonimia, de representación, de mimesis, y en suma, a toda rubricada, amonedada noción de autenticidad. Incluso, si puede hablarse así, recusa la noción de autenticidad textual. O, ya sin verbos jurídicos, más bien se burla de ella: medieval juego de escarnio, andina diablada. Llega a ser, por momentos, un texto enteramente inauténtico (¿pero qué literatura sería la que estuviera compuesta por textos notarialmente autenticados?). O un centón, que reproduce, o mejor reformula, en este andarivel de transformación cultural e intelectual, aquellas usurpaciones de propiedades y trabajos manuales de las que los argentinos acusamos a los subrepticios invasores bolivianos.
También incluye Santos una breve nota al pie (probablemente nunca escuchada por los asistentes al Congreso, no suelen leerse las notas al pie de las ponencias) en la que se refiere a Nada de Laforet. Allí dice, ella sí sin demostrarlo en absoluto, que:
La reescritura de Nada (1944) de Carmen Laforet (…) es una de las tour de force de Bolivia Construcciones. Constituye un pasaje extenso, y merecería, por la riqueza de las transformaciones culturales, una lectura filológica, que atendiera a la microscopía de los detalles, a las mutaciones a veces minimalistas, pero siempre decisivas.
Otra vez lamento tener que explicar los chistes, en este caso, de la profesora Santos:
Primer chiste: cuando escribe “pasaje extenso” se refiere a 30 páginas, si nos atenemos a la parte de afano literal, palabra por palabra; mucho más, si pensamos que la situación plagiada, exactamente igual, empieza, como dijo el jurado, en la página 167 (la novela tiene 202), que es además cuando empieza a perfilarse una trama en la novela, hecha hasta ese momento de pequeñas escenas casi desconectadas.
Segundo chiste: cuando habla de “microscopía de los detalles, mutaciones a veces minimalistas, pero siempre decisivas” se refiere por ejemplo a que Laforet escribió:
Me acuerdo de que íbamos por una calleja negra, completamente silenciosa, cuando se abrió una puerta por la que salió despedido un hombre borracho, con tanta mala suerte, que cayó sobre Juan, haciéndolo vacilar. Pareció que a Juan le corría una descarga eléctrica por la espalda. En un abrir y cerrar de ojos le propinó un puñetazo en la mandíbula, y se quedó quieto, aguardando a que el otro se repusiera. Al cabo de unos minutos estaban enzarzados en una lucha bestial. Yo apenas podía verles. Oía sus jadeos y sus blasfemias. Una voz rasposa rompió el aire encima de nosotros, desde alguna ventana invisible: “¿Qué pasa aquí?”
Y con geniales transformaciones, Di Nucci escribe:
Entramos en un pasillo negro, completamente silencioso, cuando se abrió una puerta por la que salió despedido un peruano borracho, con tanta mala suerte que cayó sobre Mariano, haciéndolo vacilar. Pareció que a Mariano le corrió una descarga eléctrica por la espalda. En un abrir y cerrar de ojos le pegó una trompada en la mandíbula, y se quedó quieto, esperando que el otro se repusiera. Al cabo de unos segundos estaban enzarzados en una lucha bestial.
Yo apenas podía verlos. Oía sus jadeos y sus insultos. Una voz rasposa rompió el aire encima de nosotros, desde una ventana invisible:
—¿Qué pasa aquí?
Y así páginas, y páginas, y páginas…
Tercer chiste: cuando la profesora Santos habla de la “riqueza de las transformaciones culturales” no se refiere a Nada, ¡es el mejor chiste de todos!
Tengo la tentación de mostrar transformación por transformación cómo la “microscopía minimalista” que practica el artista Di Nucci está únicamente motivada en ocultar de dónde chafó lo que está escrito, pero no quiero ofender la inteligencia de los que siguen este debate. Y además, sería inútil: un sofista experto citará en veinte líneas unos seis o siete apellidos franceses y una treintena de palabras de jerga, para explicar que yo no me doy cuenta de la genialidad subversiva de este ocultamiento.
En fin, dice Susana Santos que yo no demuestro que hay plagio y, con esta maravillosa costumbre de sacar el cuerpo (una habilidad que no tengo), ya no utiliza en toda su respuesta la palabra “intertextualidad”, ni recuerda que ése es el único argumento bastión de la carta que firmó.
Ahora me explica, en cambio, que no se trata del procedimiento intertextual sino de algo extremo y vanguardista que mi entendimiento estrecho, legalista, no valora. Concedámoslo por un momento.
5. Aterrorizada por la Vanguardia Dinuccista
Mientras la profesora Santos afirma haber “recibido sin alarmas” una innovación estética extrema, yo, cegada, en el mejor de los casos, por la chata moralina, y en el peor por mi fascistoide amor por la censura, sólo puedo entenderla como menemismo sublimado (para utilizar una brillante expresión de Leonardo Sai).
Me sobrepongo por un instante a mis limitaciones y acepto que Bolivia Construcciones es notable dinamita estética, ya porque transforme con minimalismo sin igual el texto de Laforet, borrando los bordes de la obra literaria, ya porque es un chiste que puso en jaque el mercado, los concursos, el derechista diario La Nación, la hípercapitalista editorial multinacional.
En ambos casos, no entiendo a los Académicos de la Carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires ni a la firmante Ludmer, académica de Yale. Ellos dicen todo lo contrario de eso en su carta, que cito:
(Lo que hace Di Nucci en Bolivia… es) “recurrir a una serie de usos literarios de larga data”, “uno de ellos, impugnado por el jurado, es el de transformar pasajes de otros textos con una finalidad estética precisa. No hace falta insistir en que éste es un uso corriente en las literaturas occidentales desde la Antigüedad, del que tantos autores se han valido notoria y brillantemente.
Por si esto fuera poco, la carta acude, para defender el carácter hípertradicional del recurso de Di Nucci, a palabras del más revulsivo de los escritores vanguardistas: Adolfo Bioy Casares, escritas como prólogo a una obra que, por revulsiva y vanguardista, es rabiosamente marginal: ¡La Celestina!
Ya sé que la palabra escrita y refrendada con la propia firma no obliga a Nada (chiste fácil) a Susana Santos. ¿Pero no serán demasiadas las contradicciones entre su argumentación de los últimos treinta segundos y las que esgrime en la carta que motivó mi indignación?
Para terminar con la carta publicada en La Nación, una perlita: se pide allí que no se confunda a Bolivia Construcciones con “grosero plagio”. La evaluación “grosero” asume eso de lo que después Santos me acusa:
Elsa Drucaroff parte de dos premisas que juzga incontrovertibles. (…) La segunda, que el “plagio” es malo.
Y sí, gente: el plagio es malo.
Pero no desistamos de nuestro ejercicio: supongamos que a veces, como en Bolivia…, es bueno. No sólo Susana Santos desdice prolijamente lo que firmó, al responderme. Envié a Josefina Ludmer, personalmente, mi texto, invitándola a una discusión pública. Ella respondió con amabilidad, declinando la invitación y explicándome brevemente que aunque le había interesado mucho mi envío, discrepaba, porque ella no defendía la intertextualidad sino “el plagio como práctica de resistencia”, algo que no se hace contra los autores, me corrigió, sino contra las empresas.
Eso fue todo: con qué argumentos demuestra Ludmer que los autores no son perjudicados, lo ignoro. Yo puedo demostrar que no hay en el padre de la teoría contra las empresas ningún elemento que permita afirmarlo. Cierto que Ludmer debe ser postmarxista, no como yo, que huelo a naftalina. En realidad, lo exacto es decir que es premarxista, porque hace 140 años Marx se refirió al luddismo en estos términos:
La destrucción en masa de máquinas en los distritos manufactureros ingleses durante los primeros quince años del siglo XIX (…) brindó, bajo el nombre de movimiento luddita, un magnífico pretexto al gobierno antijacobino (…) para proceder a las más reaccionarias medidas de violencia. Hubo de pasar tiempo y acumularse experiencia antes de que el obrero supiese distinguir la maquinaria de su empleo capitalista, acostumbrándose por tanto a desviar sus ataques de los medios materiales de producción para dirigirlos contra su forma social de explotación.
Lo que Marx no supo, para su felicidad, es que habría de pasar otro tiempo más, y derrota, y desarme, y menemismo, antes de que una intelectual de la talla de Ludmer ya no pudiera distinguir el ataque a los medios de producción (esta vez horrorosamente dirigido al medio de producción humano: la fuerza de trabajo) de su forma social de explotación.
Ni siquiera se trata ya de dañar las máquinas del patrón. Podríamos asesinar también a los trabajadores, como le sugerí en mi respuesta: Toyota tendría grandes problemas si tiene que pagar el entierro y las pensiones a las viudas de todo su personal. La profesora Ludmer ya no me respondió y fue coherente con su palabra escrita, esta vez: me había avisado que no tiene interés en discusiones públicas.
No importa, soy terca y sigo, empedernida: Di Nucci efectuó una práctica de resistencia. ¿Pero cuánto vale una transgresión artística si tiene el aval de los especialistas más encumbrados y reputados en la Institución Crítica Argentina, y el de un premio de dos asquerosas empresas del Capital? Los entrañables vanguardistas de principios de siglo tiraban tomates a los espectadores que ingenuamente habían pagado la entrada para ver su teatro pero después, cuando el público les exigía el dinero y los agarraba a piñas, ponían el cuerpo, no gozaban de la banca de la Universidad de la Sorbona ni pedían premios al empresario teatral.
Eran otros tiempos, antes de la derrota, antes del menemismo naturalizado, cuando no había que escribir todas estas páginas para decir obviedades.
6. Final: Nuestra responsabilidad docente
Así como le envié personalmente mi texto a la profesora Ludmer, se lo envié al profesor Jorge Panesi. Afortunadamente, su respuesta no sólo fue amable sino diferente. Me agradeció mucho el envío y dijo que le parecía muy interesante mi propuesta porque, obviamente, no acordaba con los alcances y la interpretación de robos y plagios.
Abro la posibilidad de que las declaraciones que aparecen en Veintitrés y yo ataco se presten a confusiones por la brevedad que impone el periodismo.
Ojalá podamos pensar entre todos, sincerarnos, responder mejor a los problemas graves que tiene nuestra sociedad, con nuestras reflexiones y conductas académicas. Tenemos alumnos, jóvenes que año a año nos escuchan, muchos con admiración, y quieren aprender de nosotros. Nos creen, y cuando nos ven desplegar sofismos, correr el cuerpo, justificar cualquier cosa, desdecirnos, aprenden, Si algo se ve en los blogs, a raíz de este debate, es cuánta necesidad de justificar lo que dijeron los maestros hay en estos jóvenes.
Voy a decir algo terrible, que entendí leyéndolos: aprendieron de nosotros una versión sofisticada del “por algo será”. “Por algo será” que los que tienen el poder en la academia opinan así, ellos que son tan revolucionarios, tan revulsivos, que hablan contra la heterosexualidad obligatoria, el sistema social, la propiedad privada, las certezas fascistas, el ahogo de los diálogos, de la significación, que leyeron tantos filósofos franceses que vuelan la cabeza, ellos deben tener alguna razón para hacer lo que hacen. Por algo será y estará en alguna fotocopia, sólo que es la que no había que leer para el parcial, la que quedó afuera del apunte.
Ah, Susana Santos tiene razón: es Giovanni Papini, me equivoqué.

Comentarios (no hay comentarios)
Se han cerrado los comentarios para este post.
Dejar un comentario
Los comentarios están cerrados para este post.