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Ahora que terminó, viva el sueño

Por Daniel Freidemberg

Sufrí mucho pero también viví unas cuantas alegrías, disfruté, padecí, me descubrí a mí mismo rezando y maldiciendo, gritando como un loco y casi llorando ante el injusto final. Dígase lo que se diga, fue intenso, muy intenso y valió la pena haberlo vivido, haber sentido todo lo que uno sintió y que por la cabeza y el corazón le pasaran a uno tantas cosas. Vi. belleza, vi habilidad, vi coraje, vi inteligencia, vi buena onda, vi generosidad, en mayor o menor medida, repartidos de distinto modo, pero los vi con estos ojos. Ahora escucho o leo a los que saben y me entero de que tanto motivo para entusiasmarse no había, ahora imagino la felicidad que embargará los racionales espíritus de Sebrelli y Sarlo y ahora celebro al pensar que dentro de muy poco, casi ya mismo, van a evaporarse como un mal sueño el obsceno aprovechamiento publicitario de los sentimientos, la repulsiva imagen de Tinelli practicando las mismas miserabilidades de siempre pero agigantadas porque las hace desde Alemania, el moderadamente triste espectáculo de politólogos, políticos, coyunturólogos y sociólogos convertidos en expertos analizadores de jugadas y posiciones en la cancha, lo penoso que es ver a cierto tipo de señoras y señoritas de clase media con ínfulas esforzándose en actuar una pasión que resulta radicalmente ajena a sus naturalezas, y la omnipresente hiperdiscursividad acerca de estrategias, personalidades, historiales y demás objetos de sanateo o consideración seria que durante los mundiales de fútbol sirven para el ejercicio a full de la locuacidad.
Detesto a los que se jactan de su ignorancia o la consideran mínimamente interesante, pero ocasiones hay en que cierta dosis de ignorancia tiene sus ventajas. Mi ignorancia en materia de fútbol –que de todos modos no es absoluta– me permite, ahora que the dream is over, mirar con un poco de desdén las consideraciones que no pueden dejar de proliferar como resaca o rebote o efecto de la inercia cuando algo muy fuerte estuvo en movimiento, y alegrarme de haber vivido lo que viví y sentido lo que sentí. Eso, que viví lo que viví y sentí lo que sentí, no me lo puede negar nadie. Es como el amor: sabiendo que amar es dar lo que no se tiene a quien que no es, qué cosa hay por la que más valga la pena pasar que por ese espléndido engaño, y tanto más cuanto más uno sabe que es engaño, y no le importa, o no le importa en comparación con lo que le pasa. Entre tantos engaños que cada día uno acepta para seguir habitando el mundo (en lo político, en lo profesional, en lo vocacional, en las relaciones con la familia y los amigos, en el plano de las creencias y en el de las convicciones), no está nada mal el de sentirse representado por veintitantos chicos que demuestran poner el corazón y el cuerpo en lo que hacen, no está nada mal ser tan pelotudo como para creer que un 6 a 0 es un triunfo personal y/o colectivo, no está nada mal imaginar que se tiene una patria y que tener una patria es una razón para enorgullecerse, no está nada mal tragarse la píldora de que algo como el destino de la patria –y, con él, él de uno mismo– está puesto en juego en el desempeño de un grupo de profesionales muy bien pagados, no está nada mal sentir por momentos que uno los ama como a hijos o hermanos por determinada actitud valiente o generosa, no está nada mal sentirse tan serena y limpiamente apenado como me siento ahora. Ya va a llegar el momento del desengaño, pero que llegue a su turno, que no se meta antes de tiempo a amargarme la fiesta o volverme mezquino el duelo, y esta vez no pudo.
El sueño terminó. Todos los sueños se terminan, al fin, incluido el del frenesí de estar vivo, pero qué bueno haber podido soñar todo eso que estuve soñando, mientras duró el sueño.

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