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Literatura interrumpida

Por Susana Santos

Una de las características de la torpeza es conocer las cosas pero ignorar su uso correcto; su manifestación más habitual, no sólo en el campo de la crítica, es aplicar conceptos sin atender a la oportunidad y a la medida. Cuando Shaw (¿o Wells?) trataba de hacer prosélitos para el socialismo hallaba una dificultad casi insalvable en la tendencia de la gente a imaginar que las teorías serían aplicadas con rigor estúpido, hasta el último extremo: “Si no hay propiedad, ¿no son mías las pastillas que compré en la farmacia? ¿Por qué?”.

Elsa Drucaroff parte de dos premisas que juzga incontrovertibles. Una de hecho y otra de derecho. La primera, que en Bolivia Construcciones hay “plagio”. De esto, no ofrece pruebas, porque la opinión del jurado y la suya propia le bastan (apelación a la autoridad que cierra toda discusión ulterior: un conjunto de seis notables no puede equivocarse). La segunda, que el “plagio” es malo. Como es una premisa de derecho, tampoco ofrece ninguna prueba de ello. Para defender o atacar el “plagio”, sin embargo, conviene tener preparada una teoría diferente de la de “los soeces esbirros del copyright” (Daniel Link dixit).

Hay una falacia de petición de principio en Elsa Drucaroff: da por demostrado lo que debería demostrar. Como cree que Bolivia Construcciones “es” o “consiste en” un plagio (en el sentido del Derecho Penal, que de otra teoría no dispone aquí), Elsa Drucaroff cree que los defensores de la novela defienden el plagio. Y como cree que lo que ella entiende por “plagio” es un delito, cree que los defensores de Bolivia Construcciones son unos delincuentes. Hay en Elsa Drucaroff una marcada tendencia a desplazarse desde el lenguaje figurado y el lenguaje literario hacia el de la moral y el derecho, y a entender todos los términos con literalidad de intérprete dogmático de la ley positiva.

Si la literatura tal como la entendemos contara sólo con críticos de estas características, desaparecería. O sólo algunos géneros se verían promovidos. Como buena parte del malentendido en torno a Bolivia Construcciones, que llevó al jurado a anunciar el 8 de febrero la revocación del Premio de Novela La Nación-Sudamericana 2006, es una discusión sobre la literalidad, volveremos más adelante sobre este asunto.

Dejemos la discusión de fondo sobre las teorías del “plagio” y aceptemos, aunque sólo sea provisoriamente, que “plagio” es copia servil y perezosa de alguien que desea para sí, sin mediaciones, los réditos de otro autor. Tal vez valga aquí como ejemplo el caso del cuento de Giovanni (no Giacomo, ni mucho menos Giacommo) Papini, reproducido por un ex concursante de La Nación. ¿Pero cómo llega Elsa Drucaroff a la rápida conclusión de que Bolivia Construcciones “es” un “plagio”? La argumentación es simple, y parece muy fácil reconstruirla. Ella entiende que si “un lector cualquiera” (en palabras del jurado, La Nación 23 de febrero) no reconoce en un pasaje casi final de Bolivia Construcciones la continua y sistemática referencia a Nada –la novela de 1944 de Carmen Laforet–, de ello se sigue que el móvil del autor no puede ser otro que el ocultamiento doloso. Porque si ella y tan grandes escritores y críticos no consiguieron detectarla, nadie puede hacerlo.

Esto merece una serie de explicaciones complementarias –que, si se sigue la argumentación hasta el fin, resolverán toda la cuestión. En primer lugar, las alusiones, en los textos de todas las literaturas conocidas, no siempre se perciben en primeras lecturas. Hay una diferencia entre leer un texto y estudiar un texto. Bastará citar sólo un par de ejemplos. Una de las firmantes de la Carta dirigida a La Nación el 9 de febrero con pedido de publicación en “Cartas de Lectores” (y publicada recién el 9 de marzo, sin la totalidad de las firmas autógrafas) descubrió, incrustados en un texto cervantino, dos pasajes de otros autores, sin indicación de fuentes. Se tardaron siglos para este descubrimiento.

¿Qué hacer en el après-coup? ¿Qué hacer cuando se descubre lo que, no sin ironía, otro firmante de la carta a La Nación llamó “robo”? Aquí se abren dos caminos para los críticos literarios. O bien abandonamos la literatura, y llamamos a la policía (es decir, entendemos el “robo” literalmente, como si fuera un delito del Código Penal). O bien estudiamos nuevamente el texto, y consideramos cuáles son los efectos estéticos y literarios que la evocación descubierta produce. Generalmente, toda evocación genera una lectura en varios niveles, que pueden parecer incomunicados en las primeras lecturas, y que súbitamente empiezan a mostrar nuevas alianzas. Así como el conocimiento del Martín Fierro enriquece la lectura de Borges (es un ejemplo de Elsa Drucaroff), el conocimiento de Nada enriquece el conocimiento de Bolivia Construcciones (y al revés, también el conocimiento de Bolivia Construcciones enriquece el conocimiento Nada, porque el consecuente crea al antecedente –Bolivia Construcciones es, también, una obra de crítica literaria).

Muchos creemos que Bolivia Construcciones es una obra de naturaleza singular y compleja. No es casual que lo piense, entre los firmantes, precisamente quien descubrió la incrustación cervantina, y que dedicó en diciembre a la novela de Bruno Morales, un denso estudio, “Bolivia Construcciones, novela cifrada”. Por cierto, es una discusión abierta. No todos pueden estar de acuerdo en los méritos y deméritos de la novela. Es mejor que así sea. Si en contra de algo estamos, es de cerrar la discusión entre lectores y críticos llamando a la Justicia. Porque los procedimientos de los que se vale la novela son usos literarios exacerbados, y como tales –y sólo como tales– deben ser censurados o elogiados. Que la literatura produzca efectos sociales y ella misma sea un efecto social, es una verdad de perogrullo. Pero que los críticos literarios reclamen más y mayor control social sobre ella, hace resonar ecos fascistoides.

Todavía otras dos cuestiones deben ser consideradas a este respecto. En primer lugar, toda lectura de un texto literario implica siempre avanzar en un terreno donde mucho se ignora. Sin embargo, esas ignorancias, que después se resolverán y generarán otras, en la medida que se estudie el texto, no impiden el avance. Otro de los firmantes de la carta encontró, el primero en décadas de crítica borgesiana, alusiones textuales en el cuento “Los teólogos” que permiten entenderlo como la lucha entre Perón y Farrell. ¿Invalida esto a las lecturas borgesianas anteriores? No. Pero sí las enriquece. ¿Hubieran sido mejores los textos de Cervantes o Borges si indicaran sus fuentes? Tampoco. O mejor dicho: al contrario, hubieran sido peores. La literatura –al menos, este tipo de literatura– no hace declaraciones de Aduana. La bruna oscuridad es uno de sus ideales estéticos.

Con lo que llegamos a una segunda cuestión. Esa premeditada oscuridad no es infranqueable. Precisamente, puede hacerse luz en ella. Bolivia Construcciones es una novela que evoca numerosas veces, por muchos medios, el célebre pasaje de San Pablo que se refiere al vidrio oscuro (uno de sus dos protagonistas se llama Quispe, palabra que como sustantivo común significa “vidrio” en quechua) y al llegar a ver cara a cara en el espejo de los enigmas. Uno de los placeres que repetidamente se atribuyen a la lectura literaria es del reconocimiento. Pero ese reconocimiento, que hace que se vuelva transparente lo que es opaco, resulta tanto más placentero, tanto más cognitivamente exigente, cuanto mayor es el esfuerzo por obtenerlo. Y nunca, nunca será completo. El “plagio”, tan denunciado por quienes se complacen en el sentido punitivo de esta palabra (que el jurado no utiliza en su anuncio de revocación publicado en La Nación el 8 de febrero, y menos aún en su discreta glosa del 23 de febrero, publicada en La Nación como “Carta de Lectores”), incurre en el dolo y en la pereza; busca cancelar el descubrimiento de otro texto que sin embargo está presente. Por el contrario, la alusión, la contaminación textual, la evocación de otras voces y otros ámbitos buscan ser reconocidas –pero sin proporcionar en nota al pie la solución, como si la novela fuera un didáctico cuaderno de ejercicios. De hecho, la evocación de Nada fue descubierta, y celebrada tempranamente, ya el pasado noviembre, por la crítica. El mismo hecho de que la presencia de este clásico de la novela española de posguerra haya sido señalada por un joven lector, que leyó este libro porque se lo había pasado una amiga que lo había leído en la escuela secundaria (según declara en entrevista con la revista Noticias), demuestra el carácter más bien omnipresente en el ámbito hispanohablante de un libro publicado en centenares de miles de ejemplares y que es una de las obras más traducidas de la lengua española. Que seis entrenados estudiosos de la literatura hayan ignorado su presencia en Bolivia Construcciones, no habla mal de ellos: ¿quién puede descubrir todos los textos que hay en cada texto? La comunidad de lectores y de críticos es afortunadamente muy amplia, y es conveniente no decidir en su nombre.

Recibido sin alarmas, el redescubrimiento de la presencia de Nada en la novela Bolivia Construcciones obliga a una relectura, que vuelve a la novela más rica y con mayores resonancias. Hacia fuera, hacia la historia literaria, también cambia su vinculación con otras novelas, que deberán ser releídas a su vez, y que a su vez iluminarán a Boliva Construcciones con su propia luz, no siempre oscura, aunque siempre insuficiente. Porque en la literatura argentina ya existe una novela que reescribe a Nada: es La Caída (1956), de Beatriz Guido. ¿Cómo no reencontrar, en este título que alude a la primera falta y a la expulsión del Edén, al anagramático Adán, al innominado narrador de Bolivia Construcciones?

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