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El futuro de la literatura

Por Daniel Link

Sergio Di Nucci se presentó a la edición 2006 del premio anual de novela La Nación-Sudamericana con el seudónimo Bruno Morales y obtuvo el primer premio por Bolivia Construcciones, novela que se publicó firmada con el mismo seudónimo, a pedido de Di Nucci, quien declaró que donaría el premio (un anticipo en conceptos de derechos de autor) a una asociación de migrantes bolivianos.

El premio parecía, hasta ese momento, orientado a recompensar el progresismo y la corrección política. Por otro lado, Bolivia Construcciones fue saludada (por Josefina Ludmer, entre otros críticos) como un ejemplo paradigmático de literatura posautónoma (posnacional, posliteraria incluso).

Meses después, el jurado revocó su veredicto cuando un joven lector de 19 años remitió al diario La Nación un prolijo relevamiento de los muchos párrafos (sin referencia explícita) que Bolivia Construcciones literalmente incluia de la novela Nada de Carmen Laforet. Fue entonces cuando estalló un escándalo de proporciones.

Di Nucci respondió las acusaciones de plagio (una sola vez) con una inconsistente argumentación organizada alrededor de la noción de “intertextualidad”, categoría que retomó un grupo de docentes de la Facultad de Filosofía y Letras (institución en la que Di Nucci era docente de literatura francesa, al menos hasta el año pasado), para firmar una carta de disidencia respecto de la decisión revocatoria del jurado del premio.

Publiqué los documentos y mis opiniones al respecto, donde los comentarios de los lectores alcanzaron una temperatura mercuriana en contra de la Facultad de Filosofía y Letras (a la que se acusaba de comportamiento corporativo) y de Di Nucci, en particular, a quien se acusa de plagiario, ladrón, etc.

Parecería que tiene razón María Moreno (que intervino en una polémica contemporánea a propósito de la valoración de Osvaldo Soriano por parte, precisamente, de algunos sectores de la carrera de Letras): es imposible intervenir en relación con un affaire sin que inmediatamente se interpreten los propios dichos como condena o aplauso, como apoyo o disidencia.

Escribí, cuando la noticia estaba fresca, que más allá de los pareceres que uno pudiera sostener sobre la actitud de Di Nucci (personalmente, hubiera resuelto estética y políticamente la intervención de otra manera: por ejemplo, dedicando Bolivia Construcciones a La Nada, sin más aclaración), lo importante del caso era que permitía discutir concepciones de la literatura dentro y fuera de las instituciones específicas, que habían sido desbordadas por un determinado acontecimiento cuya mayor riqueza estaba (y seguirá estando) en el desborde. ¿Sobre qué base condenar la operación urdida por Di Nucci, que no es un ingenuo ni un recienvenido al mundo de las letras, la crítica y la política cultural? Y, todavía más gravemente: ¿desde qué punto de vista sostener esa operación como una operación legítima?

En un ya viejo libro mío titulado Cómo se lee y otras intervenciones críticas (Buenos Aires, Norma, 2003) reflexionaba sobre problemas parecidos, tal como puede leerse en particular en el texto “Orbis tertius (la obra de arte en la época de su reproductibilidad digital)”. Cometo la imprudencia de citar ese texto porque sería imposible que resumiera aquí mi argumentación de entonces, que sigo sosteniendo como válida (a quienes les interese, el texto es fácilmente localizable en Internet, en sus versiones castellana y portuguesa, del mismo modo que el artículo de Josefina Ludmer: “Literaturas postautónomas”).

Volviendo al affaire Bolivia Construcciones, sostengo, sin que mi posición implique certezas metafísicas sino más bien preguntas enfáticas, o corolarios que se derivan (tal vez incorrectamente) de premisas previas:

1) que el ataque desmedido contra la carrera de Letras en los últimos meses parece el síntoma de un malestar político que excede largamente los casos y las posiciones que se disputan y que parece ignorarse (u olvidarse) que la carrera de Letras no es un espacio monolítico y que en ella circulan discursos diversos y hasta contradictorios que en modo alguno pueden reducirse a una posición “corporativa”.

2) que la operación que se deja leer en el caso Bolivia Construcciones apunta, por un lado, a desmontar un estado de la imaginación sobre la literatura y, por el otro (sin que una cosa deje de coincidir con la otra, al menos parcialmente), a desacreditar el sistema de premiaciones literarias que ha intentado imponerse en los últimos veinte años como dispositivo de mercadotecnia. De modo que hay que leer la situación de la novela Bolivia Construcciones en relación con la literatura (el arte), pero también en relación con la cultura (y sus tensas articulaciones).

3) Dicho esto, insisto en mi posición original: no me interesa decidir si Di Nucci plagió o no un texto previo (¿tenemos certeza, por otra parte, de que haya sido Di Nucci realmente quien urdió la operación? Es decir: ¿podemos sostener la autenticidad del sujeto aún cuando neguemos la autenticidad del objeto?), porque de eso se encargarán los abogados, los jueces y las cortes de acuerdo con la legislación vigente. El sentido común ya parece haberse expedido al respecto y la institución jurídica tal vez no sea capaz de sostener un punto de vista diferente. Sí me interesa evaluar, en cambio, los efectos de Bolivia Construcciones en relación con un horizonte de expectativas estéticas y culturales que involucran nociones como “originalidad”, “autenticidad”, “autoría”, “reproducción”, “copyright” y “copyleft”. Lo que me pregunto es: dado que las concepciones de la literatura son históricas, y dado que en el horizonte de los jurados del premio La Nación-Sudamericana consideran que Bolivia Construcciones no puede formar parte del sistema literario tal y como ellos lo imaginan: ¿en qué sistema literario (si es que hay alguno) Bolivia Construcciones sería un libro no sólo posible sino legítimo?

Pienso en bisontes y ángeles, en la “Conquête de l’ubiquité” anunciada por Paul Valery como la clave del arte de nuestros tiempos, en la utopía de geopolítica anárquica que Borges imaginó en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, en Wu Ming y en la bella y estremecedora consigna que se deja leer en “La Biblioteca de Babel”: “Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno”. Tal vez, pero sólo tal vez, en esos recorridos sea posible encontrar respuestas que expliquen el sentido (sino presente, tal vez futuro) de Bolivia Construcciones.

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