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Fronteras inestables

Por Oliverio Coelho

Así como en Shiki Nagaoka… Mario Bellatin delineaba a un autor japonés al que le atribuía una novela escrita en una lengua inventada, en Jacobo el mutante falsea la historia de la literatura y agrega una ficción inexistente o, más exactamente, incompleta. Bellatin amplía la figura de Joseph Roth en el prisma de una mujer, una investigadora inglesa que lo habría acompañado en sus últimos años. Como en otras de sus ficciones, la novela es un mantra –de ahí su engañosa sencillez– que ordena un universo del que quedan sólo fracciones. En este caso la materia de ese universo es una novela apócrifa, La frontera, un tratado vital que Roth habría escrito durante sus largos periodos de embriaguez. Podría decirse que todo escritor lleva en paralelo una obra totalmente inconsciente. Un tratado montado sobre los blancos textuales, que vendría a poner en escena la imposible conjunción entre lo vivido y lo escrito. Bellatin contagia a Roth, y a través de un narrador invisible ajusta en el escritor centroeuropeo una hermenéutica sorprendente. Así, la ficción arqueológica –una sutil transparencia metaliteraria que tuvo en Borges a un gran precursor– se refracta y produce otra cosa: la ficción natural que subyace en lo que ha sobrevivido y reclama una exégesis. La genialidad de La frontera reside en sus vacíos inexplicables. Hay zonas del relato silenciadas por accidentes –hurtos de fragmentos y versiones que no coinciden. De ahí que el protagonista, Jacobo Pliniak, de regentear junto a  su esposa una taberna fronteriza y ayudar a decenas de judíos que huyen de los pogroms rusos, de pronto aparezca en la costa oeste de Estados Unidos, devenga su propia ahijada envejecida, Rosa Plinianson, y pase a ser miembro del consejo de damas que regula la plaga de academias de baile que hace furor en la región. Ante todo, Jacobo el mutante escenifica un modo contar que retrata al escritor. La narración engrana una serie de retratos móviles; espejos en los que el lector intuye, gracias a la distorsión y a la dispersión de una totalidad aparente, que los fragmentos concentran, como las fotos que suelen acompañar los textos de Bellatin, una poética aguda y atemporal.

Este artículo apareció en la revista Inrockuptibles de marzo.

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