Un país de poetas
Por Mori Ponsowy
Una de las cosas que me sorprendió de la Argentina cuando llegué hace siete años, después de vivir casi toda mi vida en Venezuela, es la cantidad de escritores que hay. La cantidad de libros que se editan. Las librerías en Corrientes abiertas toda la noche. Aún más que eso, me sorprendió la enorme cantidad de veladas, festivales y lecturas de poesía que hay. El fenómeno no ha hecho más que multiplicarse. Actualmente hay por lo menos cuarenta y ocho ciclos de poesía en Buenos Aires. Gente que se junta todas las semanas en un lugar a que le reciten poemas. Desde locales famosos a los que van escritores conocidos, hasta pequeños bares de barrio en donde leen poetas todavía inéditos. Es cierto que la narrativa vende más que la poesía. Sin embargo –o quizá por eso mismo– la poesía nos ha inundado. Ha invadido nuestra ciudad y gran parte del país, y se extiende como una telaraña tejida por centenares de voces multiplicándose en progresión geométrica.
Debo confesar que las lecturas de poesía me aburren. Soy poeta, pero no entiendo la mayor parte de la poesía que se escribe, que se escucha y se publica. Muchas veces me parece que quien recita lo está haciendo en otro idioma. O que se equivocó y en vez de un poema está leyendo una carta o un telegrama. Al principio, esto de no entender a mis “colegas” me hacía sentir mal. ¿Seré poeta –me preguntaba– si no logro conmoverme, si no entiendo la poesía de tantos otros? ¿No seré una impostora?
Chucky y un músculo supraciliar contento
Por suerte, existen los mecanismos de defensa y cuando mis dudas se hacían demasiado molestas, tenía a mano un argumento que me reconfortaba. Si en este país hay tantos poetas, me decía, es lógico que sólo algunos sean realmente buenos. Este argumento venía reforzado por material empírico contundente: cada vez que iba a una lectura, descubría personas entre el público que, al toparse sus ojos con los míos, hacían la cabeza a un lado, torcían la boca y alzaban las cejas en un gesto aburrido como diciendo: ¡las cosas que uno tiene que escuchar! Admito que yo respondía con un levantamiento de cejas similar, lo cual a su vez seguro los calmaba a ellos.
Aún más reconfortante que esa mirada fue la sensación de superioridad que empezó a invadirme cada vez que otro poeta leía algo que no me gustaba. Eso me llevaba directamente a la conclusión de que quien leía no era un verdadero poeta. Era un impostor. Estaba disfrazado. En realidad no era una persona sino un cocodrilo. O Chucky. La verdadera poeta era yo. No aquel que leía esos versos que yo no tenía forma de entender.
Mi asiduidad a lecturas de poesía hizo que me hiciera de algunos amigos. Y entonces descubrí que ellos también eran superiores. Después de las lecturas, criticábamos juntos, dividiendo el mundo poético en un ellos –formado por alienígenas– y un nosotros –formado por poetas de una sensibilidad exquisita.
Al cabo de un tiempo dejé de ir a lecturas de poesía. Si la verdad estaba en casa, no tenía motivo para salir.
Me quedé encerrada hasta que un día conversando de cualquier cosa, mi hijo me preguntó por qué habíamos venido a vivir a la Argentina. Entonces me acordé: ¡por la calle Corrientes! Porque aquí hay amor a los libros. Vine porque este es un país de poetas. Poetas neobarrocos, poetas herméticos, poetas narrativos. Poetas que me gustan más y poetas que me gustan menos. Poetas a los que entiendo y, otros, a quienes no entiendo pero que, a su vez, son entendidos por muchos lectores que, muy probablemente, no me entenderían a mí.
El día que me di cuenta de eso, mi musculito supraciliar, que es el que levanta la ceja, pareció atrofiarse para siempre.
Poemas-índice: Lo fácil de hacer poemas
Hace poco me invitaron a un “convivio” con otros poetas. Había argentinos y había extranjeros; todos éditos, muchos premiados, todos más o menos conocidos en su lugar de origen. Después de almorzar, sentados en ronda, cada uno tenía que leer un poema propio. Casi al terminar la ronda, le tocó el turno a una mujer de intensos ojos negros. Estaba visiblemente emocionada. Dijo que no era poeta, sino organizadora de un conocido festival internacional de poesía pero que, de todas formas, le gustaría leer algo. Algo que no era suyo, pero que le gustaba mucho. Confesó que se sentía honrada de estar ahí, rodeada por todos nosotros. Abrió un libro, y con la misma seriedad y una entonación similar a la que habíamos usado los anteriores, leyó un poema. Después de los aplausos de rigor, alguien le preguntó de quién era lo que acababa de leer. Ella dejó que se silenciara el último aplauso antes de contestar. “Es el índice de este libro”, dijo, y con un gesto casi devoto, mostró un ejemplar delgado que alguien le había regalado hacía un rato. A continuación, la ronda siguió como si nada.
Sólo a la noche, de regreso en casa, volví a pensar en ese poema que yo había aplaudido a pesar de no tener ni la más remota idea de a qué aludía. Ya en la cama y con la luz apagada, recordé que Isidoro Blaisten decía que la poesía era fácil: se escribe toda en frases chiquitas y hacia abajo. Y recordé a Gombrowicz diciendo que los poetas escriben para los poetas y a Monterroso con su sátira de los poetas que van de bar en bar regalando sus libritos. También me acordé de mi músculo supraciliar, reprimido y castigado durante varios años, y de lo hipócrita que me había sentido esa tarde, no sólo cuando aplaudí el poema-índice, sino varios otros que escuché. ¿A qué bando pertenecía yo, entonces? ¿A los poetas que aplauden cualquier poema para que después también los aplaudan a ellos, o a los que están convencidos de que –junto con sus amigos y un par de viejas eminencias- son dueños de la belleza poética?
La poesía no paga
La actual explosión demográfica de poetas no es un fenómeno solamente argentino, sino algo que caracteriza las grandes ciudades contemporáneas. En Nueva York y en Londres sucede lo mismo que en Buenos Aires: proliferan las lecturas, los libritos, las plaquetas y, sobre todo, las editoriales que cobran por publicar. En inglés a estas editoriales las llaman “vanity publishers”: editoriales de vanidades. Cabe destacar que en Argentina el fenómeno es aún más pronunciado pues casi todas las editoriales de poesía (salvo dos o tres honrosas excepciones, como Bajo la luna y Sigamos Enamoradas) funcionan de esta manera. Incluso poetas premiados, prestigiosos y reconocidos suelen pagar por la edición de sus libros.
¿Y quiénes son los dueños de muchas de esas editoriales que se hacen pasar por baluarte de la poesía nacional? Poetas canosos a quienes nadie recuerda ya, que necesitan de los ingresos de sus magras editoriales para subsistir. Poetas que no publican desde hace años y que disponen, a través de sus editoriales, de un pequeño coto de poder. Poetas que pusieron una editorial en vez de una fiambrería. Poetas que hacen negocios con los poemas de los demás, vendiéndoselos no al público lector, sino a los mismos autores, pero a modo de libros.
Probablemente por eso, y porque la vida cada vez está más cara, los criterios de esas editoriales son tan laxos. Porque son un negocio. Nadie pretende que Video Match sea una obra artística y a nadie le importa si, para vender más, la calidad del programa tiene que ser cada vez más baja. Lo mismo sucede con casi todas las editoriales de poesía.
Fue un poeta inglés, David Taub, quien hace unos años puso en evidencia esa falta de criterio. Envió a una editorial un poema ilegible, hecho con palabras inexistentes. El título del poema era “Flubblebop” y el pseudónimo bajo el que lo envió fue Wergle Flomp. A vuelta de correo recibió una carta de la editorial felicitándolo por su talento, alentándolo a seguir escribiendo y, por supuesto, informándole acerca del costo que tendría la publicación.
La poesía no paga. La poesía no vende. La poesía no se compra. Pertenece al mercado del trueque. Es un círculo vicioso: como se venden poquísimos libros de poesía, ninguna editorial común y corriente (de esas que viven de venderle libros a las librerías y no de cobrarle a los autores) quiere publicar poesía. Como hay poquísimas editoriales que publican poesía sin cobrar, a los poetas no les queda más remedio que esperar a ganar un premio o pagar por ver sus versos impresos. A cambio del pago, la editorial le devuelve quinientos libros. Pero quinientos libros ocupan espacio y van poniéndose viejos y descoloridos. De modo que lo mejor que puede hacer el poeta es organizar la presentación de su libro en algún boliche y regalárselo a todos sus amigos poetas quienes, a su vez, están tan acostumbrados a que les regalen libros que consideran un deshonor comprar un poemario de alguien que no sea Gelman o Neruda.
Poesía cero calorías
“Ni calvo, ni con dos pelucas”, dice un refrán venezolano. Así está mi músculo supraciliar ahora. Ni totalmente reprimido, ni totalmente contento. Empiezo a convencerme de que, por más que los gustos sean subjetivos, no todo lo que quiere hacerse pasar por poesía es buena poesía y que la mayoría de los poemas que leemos o escuchamos por ahí son realmente malos. Lo cual no quiere decir que sus autores sean malas personas, aunque escribir en verso tampoco garantiza que gocen de una sensibilidad especial o que sean mejores seres humanos que los odontólogos, por ejemplo.
A los poetas nos gusta sentirnos importantes. Portadores de una verdad más profunda que otras. Pero a fuerza de convencernos de que poseemos acceso directo al mundo del espíritu, hemos descuidado el mundo concreto. Los ingenieros estudian más ingeniería que poesía los poetas. Los médicos más medicina y los arquitectos más arquitectura. Claro: si no estudian, los puentes se caen. En cambio, uno se levanta por la mañana, garabatea algo, lo divide en versitos, se rodea de otros que hacen lo mismo y, ¡zaz!, ya es poeta. Pero basta leer un poco para darse cuenta de la distancia que hay entre la buena poesía y toda la otra.
¿Quién pone a prueba sus poemas como un científico su experimento en un laboratorio? ¿Quién arma sus poemas con el cuidado de una buena costurera, preparando el molde primero, hilvanando después, cosiendo sólo al final, tras muchas pruebas? ¿Quién lee y estudia hoy los sonetos de Quevedo o de Shakespeare? ¿Quién entre nosotros está escribiendo poesía con tantos niveles de significado, con tanta ironía, agudeza, estilo, musicalidad? Ya me preguntarán cómo se me ocurre que nos comparemos con Shakespeare. Claro, en la era del McDonald´s, recordar una Coquille Saint Jacques parece una herejía. En una época que rinde culto a la improvisación, todos creemos que podemos ser Duchamp.
Los poemas son como canciones
Unas canciones les gustan a unos y otras a otros. Hay quien tararea las letras de Los Piojos, quien prefiere a Sumo, y también está el que muere por Chayanne. Lo bueno de este país y de estos tiempos es que haya lugar para todos. Lo bueno es que tantos quieran cantar. Pero lo mejor de todo es que, de vez en cuando, aparece una canción que le gusta no sólo a diez o a cien, sino a miles. Son las canciones que todos cantamos. “Dinosaurios”, de Charly García. Aquellas pequeñas cosas, de Joan Manuel Serrat. Canciones que pueden emocionar más allá de la condición social, la edad o el credo que uno tenga.
Robert Frost pensaba que la labor del poeta era escribir de manera tal que cuando la gente lea pueda identificarse con lo leído, sentir que siente lo mismo que el autor y decir “ah, sí, es verdad: eso lo he pensado yo también.”
Escribir para que el lector común –y no sólo los otros poetas– pueda conmoverse. Escribir acerca de lo que todos saben, pero no habían sabido decir. Eso hacen los poetas de verdad.

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