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Articulo

Con las manos en la masa III

Por Julio Zoppi 

Aunque creo se va agotando el tema y ya he leído suficientes análisis y opiniones que me tranquilizan, trato de despedirme del asunto con algunas nuevas vueltas de tuerca surgidas de recientes lecturas.

El artículo de Jorge Panesi es una perlita negra. Argumentar la literatura como suspensión de la moral para justificar el afano de Di Nucci es de un grado inconcebible de imbecilidad intelectual. Un título que daría para debatir concepciones filosóficas del arte y de los valores estéticos y morales en un plano general no puede usarse para este menester de exculpar un afano doméstico. Es como si me robo un cuadro para venderlo en una feria y al ser capturado le digo al juez que me amparo en “la suspensión de la moral en las artes plásticas”. Los actos donde se manipulan obras literarias que se someten a las leyes civiles que nos afectan al común de los mortales ciudadanos de este país no son excusables bajo la fianza de una aplicación absurda de una pseudo-teoría literaria.

Percatado Panesi de que hay en torno al tema un costado civil-ético-legal y otro artístico, divide las aguas: primero se sitúa fuera del hecho civil y se interna en el campo artístico para cometer una reivindicación estética del robo en la literatura con la sencilla premisa de que “todos roban”, “todo es un robo”, para en el final cerrar celebrando lo que para él fue “un robo bien hecho”. Que lástima por Panesi, ni siquiera en ésta acierta, porque un robo bien hecho es aquel que no es descubierto. Después reconoce la competencia legal en el tema, niega el plagio pero acepta el robo, por lo que lisa y llanamente hunde al pobre Di Nucci más en la oscura ciénaga de la vulgar estafa, y sólo le faltaría aprobar la revocación del premio en ese caso. No se entiende su extrañeza con el jurado porque “cuando la leyeron como literatura la premiaron” y luego al aplicar la ley y saber la verdad la revocaron. Es obvio, la incidencia del robo en el resultado literario es la prueba más elocuente del calibre del fraude cometido y la esencia de los méritos que Di Nucci usurpó con toda intención para único beneficio de si mismo, para su gloria y prestigio como autor individual.

En otra semejante confusión caen varios de sus defensores, la mayoría de ellos vinculados a la facultad de calle Puán donde Di Nucci enseña. Daniel Link denuncia algo así como que toda la intolerante reprobación al hecho pasa porque se aplica un concepto de propiedad intelectual capitalista. Parece que la posmodernista posliteratura necesita un concepto de propiedad diferente. Sólo pensar que la posmodernidad, que podría bien considerarse el doctorado consagratorio del capitalismo, pueda implicar una lógica que contradiga su concepto de propiedad es un desvarío insustancial; tal vez algunas propiedades intelectuales –como las vinculadas a la industria discográfica– dejen de importar si ya no es negocio defenderlas, pero otras como las farmacéuticas o de tecnologías industriales por ejemplo, gozan de buena salud. Después un tal Julián aporta una interpretación casi en el mismo sentido acusando a los que reprobaron la actitud de Di Nucci de obedecer a la “legalidad burguesa”. Este argumento se refuta en primera instancia con el sólo análisis de la actitud de Di Nucci. Si aún aceptáramos que se trata de una actitud sólo condenable dentro dicha “legalidad burguesa”, el despremiado copiador participa y acepta sus reglas de juego –más aún su concepto de propiedad intelectual– al firmar como autor en busca de obtener un premio concebido desde una lógica y un entorno pertenecientes al más puro varietal burgués. No mencionó el libro que copió torpemente, tampoco invocó intertextualidad alguna, sólo sustituyendo nombres y algunas palabras que le sonaban muy “españolas” explotó un trabajo ajeno para hacerlo pasar por suyo y hacerse acreedor en forma egoísta de los méritos y beneficios individualistas –y burgueses ya que está– de su autoría, con desprecio de la autora robada y de los otros colegas que limpiamente enviaron sus trabajos. Distinto es si Di Nucci hubiese presentado o editado en forma de libro este trabajo de copia como un ejercicio de transformación de textos inscripto en una concepción o en un contexto donde sea explícito su apartamiento de la autoría individual, y obviamente no estampara únicamente su nombre –en este caso su seudónimo– en la tapa. Si Di Nucci no creía en el supuesto concepto burgués de autoría, ¿por qué que lo firmó con su nombre y nada más que su nombre, y además salió en los medios a hacerse cargo del triunfo?

No me parece que la discusión central deba enfocarse hacia la literatura intertextual contra la original, o el uso de las citas explícitas contra las implícitas, sino hacia la esencia del acto que es el fraude y que no es para nada un concepto burgués. Explotar por la espalda el trabajo de otro autor para recibir recompensas personales es condenable desde cualquier concepción por más socialista o libertaria que sea. La propiedad intelectual puede que sea un asunto regulado por los derechos económicos, pero el respeto a la autoría y las creaciones de las personas es un derecho humano básico esencial; las obras de una persona son inviolables como la persona misma, y no pueden ser robadas ni explotadas sin consentimiento. Cometer fraude respecto de terceras personas con el único fin de obtener un beneficio personal es un acto condenado en todas las ideologías antiburguesas. Por otra parte es falso que exista un concepto socialista negador de la autoría, si así fuera Marx no hubiera firmado sus libros como autor individual, ni nadie le daría tal reconocimiento por su obra, pues se trataría de una hipotética concepción que no reconocería vínculo creador alguno entre una persona determinada y una obra. El concepto socialista apunta, muy por el contrario, a preservar los derechos humanos naturales e inalienables de los autores con sus obras –entendiendo como obra el fruto de su trabajo honesto y su auténtica y libre expresión– para protegerlos de las maniobras de ”explotadores” como Di Nucci que los sustraen vilmente para obtener un beneficio personal.

A pesar de que estoy convencido que ningún ser humano con talento e inteligencia que quiera ser escritor se le ocurriría ir a la Facultad de Letras de Buenos Aires a “formarse” para ello con “maestros” como Panesi, Link, Di Nucci y compañía, siento miedito por los todos los que allí concurren a que les enseñen que toda literatura es robo, sobre todo porque de allí saldrán docentes que exportarán esta visión de la literatura como indeclinable cementerio de la creación. Sospecho con benevolencia que no es un cinismo canallesco el que los anima, sino tal vez una mezcla de defensa corporativa de intereses con despechos estructurales. Esto último es común en el resentimiento de los estériles que elevan su baja autoestima racionalizando su infertilidad intelectual con la idea de que todos la padecen. Los que están condenados por haber llegado tarde al reparto de talento creador, y que han vivido llenando de arrugas sus pupilas para analizar lo que creaban los demás usurpando el talento ajeno y alimentándose de él como ingrata carroña, de pronto se quieren convencer que nadie jamás hubo creado nada. Preocupa que las opiniones de semejantes desgraciados del intelecto sobre el talento ajeno sean para algunos una referencia seria de crítica literaria a tener en cuenta.

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