Articulo

Sucesos norteamericanos: un buen espejo para mirar

Por Mempo Giardinelli

Se sabe: el contraste es esencia de la vida cotidiana de los pueblos, que por eso suelen superar, y con creces, la medianía gris de sus dirigencias. Imagine el lector/a los contrastes de esta sociedad en la que todo es grande, todo impacta y todo tiene una enorme trascendencia –guste o no– para la vida del resto del mundo.

Entre las cosas que a diario llaman la atención está esa especie de inocente entrega a asuntos que, por momentos, parecen unificar a los norteamericanos. La noche de los Oscars en Hollywood es uno de ellos, como la final de fútbol americano, o –en este estado– la aprobación por la legislatura local del “reconocimiento con el pesar más profundo de la servidumbre involuntaria de los africanos, así como de la explotación de los nativos americanos”. Luego de un largo debate, se decidió el último sábado por unanimidad y su importancia radica en que éste es el primer estado norteamericano que se arrepiente oficial y públicamente de haber esclavizado a los negros africanos y atropellado a los pueblos originarios.
 
Lo curioso es que esto se da en un contexto pleno de frivolidades y un abrumador consumismo, desde ya, en el que tampoco escasean violentas admoniciones religiosas ni disparatadas exageraciones como las que practica a toda hora, por la tele, el fundamentalismo religioso más conservador, popular sobre todo en el Sur y el Medio Oeste, y que es capaz de cualquier locura, como –ahora mismo– la condena a la palabra “escroto”.

Este inocente vocablo, que nombra la bolsa testicular de todos los mamíferos, resulta inaceptable para muchos retrógrados desde que se supo que figura en la primera página de la novela ganadora del Premio Newbery 2006, el más prestigioso dentro de la literatura infantil en los Estados Unidos. Su autora se llama Susan Patron y el título es algo así como El poderoso Lucky, o El enorme poder de Lucky. Aunque parezca increible, espantados por esta palabra miles de maestros y bibliotecarios están cancelando las órdenes de compra del libro al mismo tiempo que en las listas de best sellers (al menos del New York Times) el libro de Barack Obama, La audacia de la esperanza, lleva ya 17 semanas al tope de los non-fiction.

Por cierto, la sutil oposición del NYT a la Guerra en Irak se vio el domingo pasado cuando puso en tapa dos impresionantes historias: de un chico de 23 años y una chica de 19, ambos militares y ambos arruinados por esa guerra. 

Pero lo más fuerte es que este diario –el más importante de los Estados Unidos– empezó hace poco a incluir un muy discreto recuadrito en páginas interiores con el título “El nombre de los muertos”. Allí, todos los días, simplemente reproduce la cuenta de los norteamericanos muertos en servicio desde el inicio de la invasión a Irak, según el Departamento de Defensa. Al lunes de esta semana eran 3.147 contando los dos soldados y un sargento de la Segunda División de Infantería caídos el domingo.

Esa discreción tiene la misma fuerza de las puntuales evocaciones de familiares de desaparecidos y víctimas de la Dictadura que publica desde hace años el diario Página/12. Esa fría sobriedad siempre impresiona, explica Kenton Stone, profesor de literatura en Washburn University, de Kansas: “Que el Times lleve día a día ese pequeño registro, que además es oficial, es más impactante que dar cifras enormes y que cualquier discurso grandilocuente de cualquier político”.

Es claro que en ese mismo diario la Argentina y Latinoamérica casi no existen, como no sea en sus tragedias –hoy las inundaciones en Bolivia– o en lo que aquí se consideran tragedias: Fidel Castro históricamente, y ahora Hugo Chávez, de quien el NYT se viene ocupando en las últimas semanas con la firma de Simón Romero. Se torpedea allí todo lo que hace o deja de hacer Chávez, considerado un dictador a despecho de la reiterada voluntad electoral de los venezolanos. La última, larga nota compara el armamentismo de ese país con el de Pakistán e Irán –nada menos– y eso desnuda su intencionalidad. Sobre todo porque parece paja en el ojo ajeno que eso se escriba donde en medio país se practica la pena de muerte, las armas son una pasión nacional, la guerra un fabuloso negocio obsceno y la pornografía una industria colosal. 

También es destacable que un ex líder demócrata de Brooklyn, Clarence Norman, Jr., acaba de ser condenado por corrupción por tercera vez en 17 meses. Un profesor de Historia de esta universidad comentó en una reunión que un joven estudiante argentino matriculado aquí dijo el lunes, en clase: “Como vemos, también aquí hay corruptos”. Pero enseguida redondeó, bajando la cabeza: “Lo asombroso es que aquí sí van presos”.

Y es que ésa es la esencia de este gran país, grande por su tamaño y por sus acciones, las condenables y las ejemplares. Su energía fenomenal, la capacidad de sus intelectuales y el combate diario entre sus muchas, permanentes contradicciones sólo hablan de adultez, y es en esos espejos –y no en las estupideces–  donde nosotros bien haríamos en mirarnos.

Este artículo apareció en la revista Debate el 1º de marzo de 2007.

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