Articulo

Godzilla trepado al obelisco

Por Gustavo Nielsen

Sr. Arq. Don Alberto Prebisch.
Capital Federal. 

Mi querido amigo Prebisch: 

Con motivo de la próxima terminación de la Plaza de la República, he propuesto al Intendente una idea que él ha recogido con todo entusiasmo. Se trataría de erigir en el centro de esa plaza un obelisco. Indudablemente que no será posible construir un verdadero monolito al estilo oriental: es decir, de una sola pieza; pero como no deseo por ello abandonar mi proyecto, que me parece realmente bueno, quisiera conversar con Ud. y pedirle su inteligente opinión para mejor realizarlo.

Si no le resulta incómodo, lo espero mañana a las 15 y 30 horas en la Municipalidad.

Como hasta ahora se trata solo de un proyecto no oficializado, de más está decirle que le envío estas líneas confidencialmennte.

Reciba el aprecio de su amigo:

Atilio dell’Oro Maini
En Buenos Aires.
Febrero 4 de 1936

 

El que firma la carta era, en ese momento, el Secretario de Mariano de Vedia y Mitre, el Intendente de Buenos Aires. Para cuando la escribió, ya tenía el visto bueno de su jefe. La Plaza de la República era el centro fundamental de las obras encaradas por el gobierno de Justo para festejar los cuatrocientos años de la Fundación de Buenos Aires. Se esperaba que la ciudad creciera hacia el norte, con el ensanche de la avenida Corrientes y la finalización de obras en la Diagonal Norte. Desde un punto de vista urbanístico, había que crear una vía de escape que le diera nuevos aires a Buenos Aires, quitándole importancia al eje histórico de la Avenida de Mayo, que no podía crecer más y estaba ahogado en sí mismo. La Ley Luro de 1912 autorizaba las expropiaciones para realizar la demolición. El diseño de la diagonal preveía dos rotondas: una en la intersección entre el nuevo trazado y la Avenida de Mayo; otra, en donde se superpusiera con Corrientes. Además, se hablaba de un gran monumento para señalizar la nueva centralidad.

La Sociedad Sanmartiniana ya tenía varios dibujos preparados. ¿Qué otra figura que San Martín, un prócer sin discusión, bien Billikeneano, podía ocupar ese lugar? Por algo era el Padre de la Patria. Pero la Sociedad Belgraniana pensaba igual. ¡El creador de la bandera! Y también la Sarmientiana. ¡El Gran Maestro Argentino! Ni qué hablar de otros bronces que agregaban algunas dudas, por sus partidismos o la inmediatez de su fallecimiento. Casi todos vieron pasear su propaganda por las páginas del correo de lectores de La Prensa de esos años. La oficina del Plan de Urbanización tenía otras ideas en la cabeza.

Para los nuevos festejos por el Bicentenario de la Revolución de Mayo, que acontecerán en 2010, hoy como entonces, la Nación y el Gobierno de la Ciudad han hecho funcionar de nuevo sus planes de renovación urbana para contener y recibir la fiesta. Hace tres años se coló la primera información: alguien del poder le habían pedido informalmente al arquitecto Pei que dibujara unas ideas para el reciclaje del edificio academicista del Palacio de Correos, obra del arquitecto Maillart. Pei es el chino que diseñó la pirámide de vidrio del Louvre. Por suerte, la Sociedad Central de Arquitectos intervino para que se hiciera un concurso internacional, donde pudiera participar Pei, pero también los demás arquitectos que quisieran.

Después, la preparación de la fiesta siguió en el despacho de Telerman con la convocatoria a un concurso para la remodelación de la  Plaza de Mayo. Hoy resultaría muy difícil, sino imposible, hacer un encargo unilateral como el que la Municipalidad le hizo a Prebisch en el 36. La idea de llamar a concurso es eminentemente democrática y característica de nuestros tiempos: aunque todavía haya desconocimiento sobre el servicio de concursos que presta la Sociedad Central de Arquitectos, hay respeto por las agrupaciones profesionales y por la seriedad y limpieza de los eventos que salen de esa casa. Son un sello, una garantía. Está la Federación Argentina de Arquitectos metida en el medio. Y, en ocasiones, los Colegios o el Concejo Profesional. Son gente seria, quiero decir. Por eso todos creemos en ellos. O casi todos: los conservadores siguen sin creer.
 

Godzilla oteando el horizonte

Alberto Prebisch aceptó inmediatamente el encargo de la Intendencia. Como lo necesitaban rápido, diseñó en dos días el monumento, el dibujo de la plaza y las fachadas que rodearían el conjunto, convencido de que se estaba hablando de una espacialidad completa y no solamente de un obelisco como el que él había visto en su reciente viaje a los Estados Unidos. Digamos que lo diseñó a la manera del Plan de Sixto V en Roma: una plaza es un piso más las paredes que la contienen, y estas paredes son las fachadas de la ciudad. Las fachadas de Prebisch tenían diez niveles: dos para la recova y ocho más para los pisos. Eran iguales para todas las manzanas, la recova y el primer nivel revestido en piedra, más seis pisos con un austero enlucido y un último piso acornisado. La rotonda era un círculo sencillo, seco. El obelisco es el que hoy tenemos. El conjunto, salvo por el obelisco, delataba una cierta monotonía que lo hacía aburrido. Dice de ellos Alicia Novick, en el excelente ensayo sobre Prebisch publicado en el Cuaderno de Historia N° 9 del Instituto de Arte Americano:

“La propuesta era coherente con los proyectos de centros cívicos que se dirimían durante los treinta, inspirados en las premisas del civic art, versión renovada del arte urbano decimonónico. Los conjuntos de plazas que proyecta la Comisión de Estética Edilicia (1923-1925), los múltiples proyectos de Centros Cívicos que se presentaron en el Primer Congreso de Urbanismo y se debaten en otros ámbitos, compartían estas  filiaciones”.

Los otros ámbitos a los que se refiere Novick son, seguramente, las revistas Sur y Martín Fierro que, a la manera de L’esprit nouveau de Le Corbusier, publicaban artículos de vanguardia arquitectónica (el mismo Prebisch escribió numerosas notas de diseño para Martín Fierro).

¿Hablé antes de un espacio aburrido? La perspectiva que salió en los medios no sólo era tediosa: mostraba un espacio desolado y oscuro, vacío. Nocturno. El periodismo ni se fijó en la pesadez uniforme del telón de fondo: solamente miró el monumento central. Las críticas gotzilianas llovieron con creces.

A la nueva Plaza de Mayo le pasó igual: cuando se publicó el primer premio de los arquitectos Colombo, Montaldo y Szraiber en los suplementos profesionales, a fines de 2006, todo el mundo opinó. Lo más suave que dijeron fue que era una afrenta a la memoria colectiva. La mayoría de las cartas salieron en el diario La Nación. 
 

Godzilla achurando enanos a sopapos

En el caso del Obelisco, las críticas de los conservadores de derecha se centraban en tres argumentos:

un monumento no podía tener forma abstracta,
un monolito no podía ser hecho en partes; ¡menos que menos estar revestido!
era muy alto.

El hecho de estar revestido le caía mal incluso a los partidarios del Movimiento Moderno, que normalmente eran de izquierda, para los cuales un material debía mostrar su verdad en crudo y no taparla con disfraces.

Prebisch se enojó duramente. La primera de las críticas ni le importó, pero para las otras dos elaboró una nota concisa y agresiva en el diario Noticias Gráficas del 9 de abril de 1936. La nota se tituló “El Ingeniero Alberto Prebisch comenta las objeciones que se formulan a la Plaza de la República”. Contra la falsedad del revestimiento dice: “esto revela un celo extraño en Buenos Aires, que es la ciudad de la piedra falsificada (…) la mentira sería simular un monolito.” Contra la desmesura de su escala: “Se ha llegado a su altura (…) por las dimensiones que tendrá la Plaza en el futuro”. Su actitud fue desafiante. “Mi obra por sí sola acabará con todas las objeciones”, pronunció. Victoria Ocampo estaba de su lado solamente por ser moderna, “me plait parce que me plait”, dicen que le escribió, de puño y letra, al arquitecto.

El obelisco se construyó en tiempo récord. En las fotos de época, Prebisch sale sonriente, posando junto a ingenieros y funcionarios. Un obrero que murió tras caer de un andamio fue calificado como “carne heroica” por Antonio Vilar, el arquitecto del Automóvil Club Argentino, que felicitó por carta al autor del obelisco por su “triunfo en toda la línea”. Macedonio Fernández opinó que el monumento era “agradable, no estético; sensorial, no emocional”. Lo cierto es que pudo inaugurarse para la gran fiesta y, con el correr de los años, las cartas de lectores de La Prensa y La Nación lo empezaron a defender. Y, con más años aún, empezaron a hostigar a los que le faltaban el respeto: a los de La Tirolesa cuando se treparon para hacer sus singulares acrobacias; a los de la Dirección Nacional de la Juventud cuando lo transformaron en lápiz en homenaje a La Noche de los Lápices, o cuando en el Día Mundial de la Lucha contra el Sida el gobierno porteño lo cubrió con un preservativo gigante. Durante esta última movida, reflorecieron las cartas. “Los 67 metros nos llenan de vergüenza, no de orgullo. ¿Cuál es el límite ético?”, escribió, indignado, un lector de La Nación. Como si lo que les molestara fuera el cambio.

El Bicentenario nos encontrará con otra gran fiesta. ¿Tendremos Plaza de Mayo nueva para festejar? Los ganadores del concurso son jóvenes a los que debería venirles bien una dosis concentrada de la actitud desafiante que tuvo Prebisch: mientras que en el caso de este último el proyecto fue valuado a dedo por un amigo funcionario, el de la Plaza de Mayo fue fallado por un jurado memorable, aprobado por varias instituciones profesionales centenarias y sustentado por el poder político. Todo lo cual no impidió que fuera censurado por los conservadores de la Argentina. Pero… ¿qué otra cosa iban a hacer, sino protestar?

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