Cuando la muerte depende de nosotros
Por Mempo Giardinelli
Este domingo las 500 Millas de Daytona —una de las máximas competencias automovilísticas de este país— terminaron con un choque múltiple fenomenal que la tele repitió una y otra vez y todos los diarios del lunes pusieron en tapa: veinte bólidos chocaban, alocados, colmando el morbo del público tuerca de este país.
Sin embargo, esa locura sólo se expresa en esas carreras que adoran unos cuantos, seguramente minorías, casi todos blancos y mayoritariamente sureños. Porque en las calles no.
La seguridad en este país es cosa seria –como debe ser– y ello depende de sólo tres factores sencillísimos que ya quisiéramos en la Argentina: educación, leyes claras y cumplimiento de las mismas.
En este condado, igual que en cada uno de los miles de este país, los que gestionan por primera vez una licencia de conducir reciben un librito con una precisa y clarísima síntesis de todas las reglas de tránsito del Estado. Uno puede llevárselo para estudiarlas en casa, si quiere, o bien leerlas allí mismo mientras espera el turno para el examen, que es teórico y práctico.
El teórico se hace frente a una computadora que, mediante un sistema de opciones (multiple choice), plantea entre 20 y 30 situaciones que uno rápidamente debe ir respondiendo y/o resolviendo, a medida que en la pantalla aparecen señales y casos inesperados, tanto de tránsito como de comportamiento cívico ante accidentes en ruta o callejeros, o ante una requisitoria policial.
En no más de diez minutos, hay que superar entre el 80 y el 90 % de las respuestas correctas. Luego se pasa a una severa prueba de manejo en una manzana simulada, con dos agentes en el coche, uno al lado y uno atrás.
Los reprobados, en cambio, deben esperar una nueva cita, que puede ser semanas después y durante las cuales habrán aprendido realmente muy bien todo lo que debe saberse antes de conducir un coche, porque la próxima vez las preguntas serán mucho más difíciles, sutiles y hasta capciosas.
El trámite cuesta nada más que 15 dólares –aquí, una bicoca– y la demora no suele superar los 30 minutos.
En cuanto a las renovaciones, se hacen cada cinco años y son aún más simples, automáticas y gratuitas. Si la computadora dice que usted no ha cometido infracciones y su foja está limpia (clean record), un agente lo invita a tomarse una nueva fotografía y a esperar cinco minutos. Es el tiempo en que le entregarán un nuevo carnet, actualizado y válido por otros cinco años.
El sistema es muy simple y, dependiendo de los Estados, sólo permite entre tres y cinco infracciones cada cinco años. Y al que las comete no se le renueva la licencia, sin excepción. No conducirá más coches en su vida. Así de simple y riguroso.
El resultado es obvio: aquí se maneja con muchísimo cuidado y apego a las normas de tránsito, no existen las “picadas” en calles públicas y los peatones tienen prioridad y respeto. Eso acelera la circulación, disminuye los riesgos, alivia los nervios y hasta permite ganar dinero porque las compañías de seguros tienen en cuenta el asunto: si usted no comete infracciones, paga mucho menos de prima.
Cuando uno lee que sólo en enero pasado en la Argentina se produjeron 83 muertes por accidentes en rutas costeras; y que por accidentes viales murieron 269 personas; y que según la Asociación Luchemos por la Vida el total de muertos en accidentes fue de 7.557 personas durante todo 2006, o sea que en calles y rutas de todo el país muere un promedio de 21 personas por día, la comparación deviene alucinante: es como si se cayera un Jumbo 747 repleto cada 20 días.
Entonces resultan por lo menos idiotas los anuncios grandilocuentes en la prensa nacional. Que el gobernador Tal decretó la “emergencia vial”, que en el Ministerio Equis se “estudia un nuevo codigo de tránsito que incluirá graves penas”, o que “la Gendarmería formará una patrulla de caminos que realizará controles y tests de alcoholemia en forma permanente”, no dejan de ser palabras vacías e inútiles.
Lo que hay que hacer es mucho más sencillo, menos pretencioso e infinitamente más efectivo: con sólo definir una licencia única federal, para obtener la cual haga falta una efectiva educación vial previa, ya se habrá dado un paso gigantesco.
Con que sólo eso se cumpla –eliminando así la discrecionalidad de los municipios (muchos de los cuales otorgan licencias por puro afán de recaudación, como en Resistencia, donde hay que “renovar” el carnet cada año y pagando cada vez, pero sin exámenes)– se terminará con las decenas de miles de inexpertos e insensatos al volante que pululan por la Argentina.
Si además se enseña educación vial a los policías de todo el país, y se aplican durísimos castigos para los coimeros, en dos años se bajarán todos los records de muertes en calles y rutas. España lo hizo en menos de un quinquenio. Brasil, Chile, Uruguay y otros países lo están haciendo.
No es nada del otro mundo. Hay que querer hacerlo, nomás.
Este artículo apareció en la revista Debate # 206 el jueves 22 de febrero de 2007

Comentarios (no hay comentarios)
Se han cerrado los comentarios para este post.
Dejar un comentario
Los comentarios están cerrados para este post.