Sobre la falsa moral menemista
Por Omar Genovese
Me prometí ser breve, conciso, lo más exacto posible. Veremos que sale. El “caso” Di Nucci se agotó desde un principio: sin citar la fuente -ni como homenaje-, aún sin reescribir los párrafos tomados, no más alterando algún que otro nombre, para disimular, el autor premiado por La Nación/Sudamericana quedó en evidencia por plagiar cuarenta páginas de Nada, novela de Laforet. No se trata de un plagio completo (plagio: m., copia de una obra ajena que se presenta como propia), sino parcial. Tampoco es un robo (robo: m., apropiación indebida de algo ajeno, contra la voluntad de su poseedor, especialmente si se hace con violencia), sino un simple hurto (hurto: m., robo sin violencia) y, por sus características, un hurto menor. No es que Di Nucci “tomó prestado” el texto de Laforet, sino que lo copió. Por eso lo evidente y alevoso de su acto. Cuestión que puede llevarnos a pensar que Di Nucci es un torpe, o realmente un estúpido. Pero poco importa él, y sí las reverberaciones de algunas gentes que, muy lejos de demostrarlo, creen generar un discurso válido, aceptable, condescendiente y, por qué no, hasta indulgente con el ya desgraciado ex escritor. Tales idólatras de la vulgaridad han encontrado en Jorge Panesi un penoso representante.
Primero: toda novela es un juego. De seducción, misterio y tiempo desgranado que genera un acto de lectura. Puede ser a través de una historia, de una descripción, de diálogos, de listas sumarias de objetos, etc., a la enésima potencia. Las combinaciones y efectos son tan disímiles como escritores existieron y existen en el planeta.
Segundo: el “procedimiento” (eufemismo de hurto simple) seguramente fue utilizado por Marechal, lo que en nada disminuye la intensidad del hurto de Di Nucci.
Tercero: no existe literatura “moderna”, así como música “moderna”, pintura “moderna”. Lo “moderno” es un término implantado por Panesi de manera artificial: pertenece al idiolecto de la mercadotecnia, y refiere más a lo novedoso, lo vigente, aquello que se vende por su inmediata penetración del mercado. El plagio, Panesi, no cuestiona la literatura, y ni siquiera lo moderno, muy lejano del acto de escribir y publicar (o viceversa). El plagio (en éste caso el simple hurto parcial) cuestiona el lugar del escritor mediatizado como paradigma del éxito menemista (que sí, muy a pesar nuestro, pervive). Hay un mercado que no interroga por la obra, sino por el autor, anteponiendo el sujeto al estilo, o también: el epíteto “moderno” a la lectura comprensiva. A sabiendas de ése fenómeno, Di Nucci hizo lo que hizo en río revuelto, de cuya agitación Panesi resulta cómplice.
Cuarto (y disculpen la numeración fresaniana): la literatura no es el territorio del robo para un escritor, sino la materia en que medra, se desarrolla, evoluciona y muere. Es robo para todos aquellos satélites del hecho literario en los que la enseñanza, o la venta telefónica, y quizás en los operarios de un depósito de libros, se opera un alejamiento del acto de la lectura hacia un molde precario de repetición ubicua. La falta de ideas, Panesi, convierte al trabajo en una sucesión hostil, de la que compadecemos su lamento como conclusión. No todo el que escribe roba, ni la moral queda suspendida por la aparición de la literatura. A tal efecto, la literatura siembra una posibilidad más de ejercer el acto del goce y el pensamiento, a pesar de la moral, sin juzgar en bondad ni maldad, operación sencilla y a la vez primitiva. Si nos guiamos por su afirmación, Panesi, todo el que escribe es un delincuente y la literatura es el parnaso ideal del imaginario carcelario. Distinto es si usted roba, pues entonces toda la construcción gramatical con la que nos introduce el concepto tiene una sola función: la de exculparlo. La literatura siempre estuvo a pesar de otros textos regulatorios, que bien pueden llamarse leyes. Y el escritor cumple su acto entre ellas y a pesar de ellas. Nada cambia por la ley, sino por infringirla, como es el caso de la que regula los derechos intelectuales sobre una obra. La institución literaria (una institución vaga, imprecisa, la que supongo involucra a todos los actores de tal escena) está también compuesta por el escritor, la casa editora, la difusión y la crítica, ésta última también implica distintos géneros literarios, como el ensayo. Y todo ese conjunto está inmerso en el acotado, mínimo, y tal vez rastrero, mercado cultural argentino. Por lo que un premio es sólo una manifestación del mercado cultural, como incentivo al desarrollo, en éste caso, de la literatura. Que luego aparezcan maniobras carentes de ética dan ejemplo ciertos premios de dudosa castidad, pero no el otorgado a Di Nucci. Es así, un hecho irreconciliable con su realidad de docente o empleado público.
Quinto: Panesi, el jurado leyó ésa y otras novelas bajo la premisa elemental de obra inédita y original de literatura. Ley, como usted le gusta llamar, o regla del juego por la que se disputaba un premio. Caso contrario no la hubiesen galardonado. Pero ocurrió lo señalado más arriba: el hurto simple, alevoso, que no deja lugar a la intertextualidad ni a ningún argumento teórico que pueda sostenerlo. No hubo “segunda lectura”, sino constatación del hurto, situación que anula todo lo que la precede, a saber, lo que usted llama “novela”. Y no es una cuestión institucional, sino profundamente ética: ¿puede un grupo de lectores de primera línea (intelectuales, escritores ellos) validar un hurto? Para su visión menemista tal vez sí, como premio al valor de mercado de Di Nucci, a su semblanza para el éxito de universitario formado a su imagen y semejanza con difusión nacional a través de un diario de circulación masiva, por su puesto universitario en el que enseña (porque así parece que el cargo hace al hombre, lo instituye, borrando toda responsabilidad de su persona), o por su valentía al tomar partido por un tema de importancia social, tal vez “moderno”. Parece que usted esperaba que el jurado se hiciera cargo del pecado de lectura inocente, como si la fugaz ignorancia justificara lo hecho por el autor despremiado. Panesi, las mentiras tienen patas cortas, ¿o usted vive bajo un felpudo?
Por último (y me deshago de los números): su menemismo intelectual lo convierte en adoratriz del ladrón, elevando aquél acto a la difusa y retrógrada calificación de bellas artes. Con esto alcanza para entender el subterfugio con el que altera los significados: el plagio (total o parcial) sí existe, y es un delito. Aunque para usted vale la mixtura con el concepto de propiedad robinhoodense, sacar al rico para dar al pobre. Si usted considera que el gesto de Di Nucci amerita la categoría de valiente intromisión en las reglas sociales en beneficio de los excluídos, Panesi, usted es el pichón de dictador megalómano que todos aborrecemos y, esperamos, nunca tenga posibilidades de sustentar una mínima fracción de poder.

Comentarios (no hay comentarios)
Se han cerrado los comentarios para este post.
Dejar un comentario
Los comentarios están cerrados para este post.