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Conflicto en la Biblioteca Nacional

Por Marina Oybin

La renuncia o alejamiento de algunos altos directivos ha vuelto a poner sobre el tapete el lamentable estado en que se encuentra la Biblioteca Nacional y las dificultades que enfrentran sus sucesivos directores (¡diez en diez años!), para poner orden en un organismo público controlado, como tantos, por gremios que funcionan como mafias organizadas. Un patrimonio invalorable en permanente peligro.

El pasado 27 de diciembre de 2006, Horacio Tarcus, subdirector de la Biblioteca Nacional Argentina, renunció a su cargo con duras críticas a la gestión del director en funciones, Horacio González (1). Rompió así la inestable calma de la Biblioteca e inauguró un nuevo período de crisis. Pero también dio lugar a una interesante polémica sobre la función de una institución central de la cultura argentina, en la que se han involucrado muchos intelectuales.

En su carta de renuncia y en otra nota distribuida el 4 de enero pasado, Tarcus señala que González priorizó la asignación de recursos para la actividad cultural de la Biblioteca en detrimento de la modernización bibliográfica, que incluye la incorporación de nuevas tecnologías informáticas. Además, entre otros puntos, sostiene que el presupuesto de la Biblioteca crece de modo exponencial mientras que el patrimonio y la cantidad de lectores caen en la misma proporción: “La mayoría de los recursos se destinó a mejorar la situación salarial y una ínfima parte a enriquecer el patrimonio”, señala (2).

Por su parte, una solicitada firmada por un grupo de destacados intelectuales alude, bajo el título “Defensa de la Biblioteca Nacional”, a la falsa dicotomía entre modernización y tradición instalada en el debate público después del alejamiento de Tarcus. El texto sostiene: “Sabemos que la Biblioteca Nacional no está atravesando un momento ‘sombrío’ (…). No hay ninguna oposición, al contrario, entre biblioteca y actividad cultural, entre atención a los investigadores y apertura a un público amplio, entre excelencia técnica y mejora de la situación laboral y económica del personal de la institución” (3).

Es cierto. No hay oposición, o no debería haberla, entre las distintas dimensiones, sino que debieran complementarse y hasta potenciar el crecimiento de la Biblioteca. Por eso, en vez de pivotear entre la diatriba o la exaltación de las figuras de González o de Tarcus –referentes a través de los que parecen aflorar viejas rencillas que signaron gran parte de la virulenta discusión (4)– es necesario analizar qué sucede en el interior de la Biblioteca Nacional, qué obtura la posibilidad de cambio. En fin, qué es aquello que erosiona su vida institucional. Y desde luego, uno de los temas clave, característico de muchos organismos públicos: el papel de los gremios, su poder y sus prácticas.

El imperio gremial
Se podría pensar que la prioridad para quien asume la dirección de la Biblioteca es plantear una política específica y comenzar a trabajar en los aspectos bibliográficos de conservación y acrecentamiento del patrimonio, que todos coinciden en que está muy afectado. Pero no: el primer imprescindible paso es negociar con UPCN, ATE y SOEME (5), los gremios que representan a los trabajadores del organismo. Y hay que hacerlo con cada uno por separado, ya que no aceptan compartir la mesa de diálogo. Las reuniones son constantes –en algunas también participan los abogados gremiales– y en muchas se plantean pequeñas rencillas de carácter personal. En medio de estas demandas, el director debe oficiar como una especie de padre conciliador. “El primer día de mi gestión, vino gente de ATE a denunciar a sus propios compañeros, decían que no trabajaban”, comenta el reconocido periodista, escritor e historiador Horacio Salas, quien dirigió la Biblioteca entre junio de 2003 y mayo de 2004.

Los desacuerdos se dirimen muchas veces por medio de la fuerza y la coacción. Entradas sorpresivas atronando con bombos en los despachos de los directivos; amenazas de interrupción de los servicios para el lector; empujones, cachetazos e insultos verbales entre afiliados de distintos gremios y punteros políticos son moneda corriente. El clima es denso, muy malo, de peleas constantes, coinciden los ex directivos Salas y Tarcus, y el ex director Silvio Maresca (marzo de 2002 hasta junio de 2003), al ser consultados por el Dipló. “Se hace difícil. Hay que ser muy aguerrido”, sintetiza por su parte el ex director Francisco Delich (enero de 2000 a diciembre de 2001), que logró articular consensos a través de la Asamblea General. González, el actual responsable, matiza que la relación con los gremios es siempre crítica, aunque durante su gestión logró buenos resultados: “Los gremios están obligados a un lenguaje y la dirección está obligada a una fuerte escucha de todos los lenguajes existentes en la Biblioteca. El diálogo es, por un lado, con los dirigentes, porque respeto la representación sindical, y al mismo tiempo hay con la gente un diálogo horizontal”.
Maresca, en cambio, recuerda que se encontró con una realidad que hasta entonces desconocía: cada gremio dominaba un área. Por ejemplo, SOEME, el más antiguo, controlaba los depósitos de la hemeroteca e impidió que Mirta Alvarado, una bibliotecaria contratada para trabajar en ese sitio, ingresara: cada vez que lo intentó, un grupo de tres corpulentos delegados se lo impidió físicamente, poniéndose delante de la puerta. Estas prácticas intimidatorias, que se reproducen a menudo, son similares a las implementadas en otros organismos estatales, como es el caso de Canal 7 (6).

Los dirigentes gremiales, por ejemplo, fijan los tiempos de trabajo: “El taller de microfilmación y digitalización –recuerda Maresca– funcionaba al ritmo que quería SOEME”. En el mismo sentido, Elvio Vitale –al frente de la dirección desde junio de 2004 hasta fines de 2005– sostiene en el informe presentado al finalizar su gestión que las líneas de conducción de la institución aparecían debilitadas, y que era frecuente que el personal no respondiera a las instancias intermedias correspondientes (7).

En su paso por la Biblioteca, Tarcus enfrentó experiencias similares. Por ejemplo, cuando trabajaba en el inventario del depósito de libros, el delegado gremial de UPCN, Federico De Mahieu, ordenó que los empleados dejaran de trabajar. “El personal le responde al delegado, no al jefe del sector. La cadena de mandos está rota. Y hay poca gente comprometida con el trabajo”, explica Tarcus. Hay que sumar a esta situación las disputas intergremiales por el control de la Biblioteca, en las que cada gremio presiona a la Dirección para favorecer a su gente, y el miedo de muchos empleados.

Uno de los principales vicios institucionales de la Biblioteca es que el personal responde antes al jefe gremial –una especie de poderoso padrino que le garantiza el trabajo– que a los jefes directos, quienes tienen muy poca o ninguna autoridad real.

¿Cómo revertir esta situación? “Creo que sería necesaria una suerte de intervención, para trasladar a los delegados a otra repartición”, afirma Maresca. En cambio, Tarcus opina que hace falta una dirección colectiva integrada por intelectuales, bibliotecarios y administradores gubernamentales con capacidad de gestión probada y coraje para enfrentarse a los dirigentes gremiales.

Hace mucho tiempo que en la Biblioteca no se proyectan e implementan políticas de largo alcance, como lo hicieron en su momento Paul Groussac (1885-1929) o Jorge Luis Borges (1955-1973). Por el contrario, la vertiginosa sucesión de nombres en la última década resulta inquietante: desde 1985 a 2006, la Biblioteca tuvo diez directores. Y no es necesario decir que la falta de continuidad en la gestión debilita aun más la frágil trama institucional, reforzando el poder de los gremios y reproduciendo su estructura.

Una cuenta pendiente
Según el informe presentado por Tarcus al momento de su dimisión, la Biblioteca tiene 400 empleados, de los cuales 50 son bibliotecarios y 24 son profesionales de las áreas de informática, ciencias sociales y letras, mientras que un 75% no tiene calificaciones profesionales para trabajar en la Biblioteca: “El nivel de instrucción del personal es pésimo. No leen”, afirma.

Entre los proyectos, los concursos son una asignatura pendiente. Durante su gestión, Maresca los propuso para que algunos empleados pasaran de la planta transitoria a la planta permanente. Pero, paradójicamente, los gremios frenaron una iniciativa potencialmente beneficiosa para los trabajadores. ¿Cómo se explica? Para concursar a algunos cargos se requería el título secundario, que muchos empleados no tenían.

El panorama que encontró Horacio Salas fue similar: había una gran cantidad de empleados sin educación primaria y secundaria completa. Por eso, impulsó un sistema para que quienes deseaban terminar sus estudios pudieran hacerlo en una escuela en dos años. Pero, nuevamente, la iniciativa chocó con la interna gremial: “Consideraron que yo me recostaba en UPCN porque ellos tenían la escuela”, recuerda Salas.

Para Tarcus es fundamental que los concursos se realicen sin presiones de los gremios, cuyos delegados integran los jurados y hasta tienen poder de veto. Nada menos. “Temo por la transparencia de estos concursos”, dice. Entre las metas que se propone González figura la de realizar concursos para las direcciones: “Mi permanencia –afirma– está muy ligada a esa promesa política fuerte de los concursos”. Consultado acerca del nivel de instrucción de los trabajadores, explica: “concibo a la Biblioteca como un órgano de educación y capacitación, por lo tanto no me atemoriza que haya empleados sin educación formal. Me atemorizaría que la Biblioteca no tuviera instrumentos para que cada uno pudiera adquirir sapiencia, habilidades y capacidad de reflexión más elevada, más lúcida”.

Patrimonio saqueado
Otro tema de discusión es la protección y preservación del material. En medio de fuertes resistencias de los lectores y hasta con un planteo judicial en su contra por parte de una ONG, en el año 2000 Delich prohibió la entrada con libros y apuntes a la Biblioteca. Es que hasta ese momento muchos estudiantes cortaban capítulos y los sustraían, escondiéndolos entre los materiales ingresados previamente. “Lo más dramático no fue el robo de libros, sino la mutilación”, recuerda Delich, que mediante esta disposición logró reducir el vandalismo.

Maresca, por su parte, encontró 60.000 libros ¡sin entrada a la Biblioteca! Este extraordinario patrimonio fue encontrado en uno de los depósitos “dominado –afirma– por SOEME”. Se trataba de libros que no estaban consignados en ningún inventario; por lo tanto, en términos administrativos, no existían. En ese depósito se encontró, por ejemplo, una valiosísima Biblia políglota de 1600. “Todo hace sospechar que esos libros no tenían entrada porque era la cantera desde donde se los llevaban”, sostiene Maresca.

Horacio Salas, por su parte, pudo comprobar que algunos trabajadores salían de la Biblioteca cargados con bolsos y sin ser revisados por el personal de seguridad. Decidió entonces no renovar el contrato con la empresa a la que pertenecían y contratar otra. Medida resistida por ATE, que impulsó una huelga para que se reincorporara al personal. Como si fuera poco, a esta alarmante situación se sumó el temor que manifestaba el personal de seguridad… hacia los jefes gremiales.

Capítulo aparte merece también el robo de valiosos mapas del siglo XVII de un antiguo atlas. Aunque cueste creerlo, un hombre, que frecuentaba la sala, cutter en mano, cortaba los mapas con total impunidad. Y lo más curioso es que el personal de la Biblioteca se encontraba sólo a unos pasos del ladrón. Salas realizó un relevamiento del material y convocó a especialistas de Interpol, que comprobaron que faltaban más de 120 mapas antiguos –verdaderas obras de arte– valuados en un millón de dólares.

¿Qué hacer ante los saqueos? No se puede echar al personal y los sumarios casi nunca llegan a la instancia judicial. La gestión se ve así amordazada, impotente. “Cambié de lugar al personal y cerré la Sala del Tesoro. Y ahí toqué intereses –no sé cuáles–, porque se incrementaron las críticas a mí desde todos los ámbitos”, recuerda Salas.

Profundo conocedor de la Biblioteca, Salas publicó, antes de asumir, una exhaustiva historia de la institución (8). Una vez en el cargo, constató que en la Sala del Tesoro faltaban libros de la biblioteca de Manuel Belgrano. Otro caso inquietante lo detectó la intelectual Ivonne Bordelois, que trabajaba con un diccionario etimológico francés del siglo XVIII cuando, para su sorpresa, los empleados le informaron que ese material no estaba. “Llamé a dos empleados –cuenta Salas– y me contestaron: ‘No, eso nunca estuvo.’”

Ante una situación semejante no hay palabras. Sólo impotencia. Y mucha. Lo más desolador es que la ausencia de un inventario completo y actualizado impide tener un control sobre el patrimonio. Resulta evidente la necesidad de un relevamiento completo, que consigne todo el acervo de la Biblioteca. “Queremos convertir a la Biblioteca –explica González– en un sistema de consulta homogeneizado y con un software único. Hoy una de las principales discusiones se centra en qué tipo de software se utilizará: abierto o cerrado.”

El último inventario, de 2006, determinó que hay 800.000 volúmenes, correspondientes a libros y folletos de la Colección General. Quedaron fuera de este catálogo, según el informe de Tarcus, las colecciones especiales de manuscritos, partituras, mapas, fotografías, grabados, dibujos y publicaciones periódicas. Además de las obras antiguas depositadas en el Tesoro, donde se guarda material invaluable, verdaderas perlas bibliográficas. Allí hay, entre los 30.000 volúmenes, 21 incunables –libros impresos entre 1440 y 1500–, una colección de copias de documentos del Archivo General de Indias, impresos de las misiones guaraníticas, las bibliotecas de Manuel Belgrano y José de San Martín. Hay también primeras ediciones de clásicos de la literatura y hasta la imprenta casi completa de los Niños Expósitos (9).

De este impresionante material “se catalogan a razón de mil libros por año”, afirma Tarcus, para luego preguntar: “¿Habrá que esperar entonces treinta años para tener un catálogo completo?”.

Pero hay que llegar a los subsuelos para conocer el alma de la Biblioteca: los depósitos de diarios y de libros. Hay en esos enormes sitios algo de laberinto. Recorrer el subsuelo, donde se guarda el material de la hemeroteca, es sumergirse en un universo fascinante de diarios de todo el mundo y de distintas épocas. Sin embargo, los lectores sólo pueden consultar una mínima cantidad de esos ejemplares, ya que de los más de 20.000 títulos de la colección sólo están catalogados 6.000. Y otros deben microfilmarse y digitalizarse de urgencia a causa de su deterioro; es el caso de los diarios del interior del país del siglo XIX. Y desde luego, es necesario un sistema de climatización (a una temperatura y humedad constante) de los depósitos de Hemeroteca, Biblioteca y Sala del Tesoro.

Lograr todos estos resultados “no depende –como se afirma en la solicitada mencionada más arriba– de una persona, de éste o aquél nombre propio, sino de los acuerdos, discusiones y el trabajo de una comunidad integrada por lectores, investigadores, bibliotecarios y trabajadores de la Biblioteca”. En la “Biblioteca de Babel”, un Borges oculto tras la figura del narrador decía: “Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana –la única– está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”.

Tiene razón la solicitada firmada por los intelectuales argentinos: la dicotomía entre modernización y tradición “es falsa”. Pero parece evidente que existe un problema de prioridades: lo primero que debe hacer una biblioteca, sobre todo si se trata de la Biblioteca Nacional, es saber con precisión qué tesoros guarda, preservarlos y ponerlos a disposición de los lectores.

1. En su reemplazo fue nombrada Elsa Barber, directora del Departamento de Bibliotecología y Ciencia de la Información de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.2. Clarín, La Nación y Página/12, Buenos Aires, 30-12-06.

3. Página/12, Buenos Aires, 7-1-07.

4. Jorge Lafforgue, “¿Tiene remedio la Biblioteca?”, Revista Ñ, Buenos Aires, 13-1-07.

5. UPCN (Unión del Personal Civil de la Nación), ATE (Asociación de Trabajadores del Estado), SOEME (Sindicato de Obreros y Empleados de la Educación y la Minoridad).

6. Pablo Stancanelli, “Canal 7, una saga interminable”, Le Monde Diplomatique, ed. Cono Sur, abril de 2005.

7. Del balance de gestión (junio de 2004 a diciembre de 2005) presentado por Elvio Vitali a la Secretaría de Cultura de la Nación, en abril de 2005.

8. Horacio Salas, Biblioteca Nacional Argentina, Ediciones Manrique Zago, Buenos Aires, 1997.

9. La de los Niños Expósitos es considerada la primera imprenta oficial de Buenos Aires. Fue comprada por el Virrey Vértiz en 1780 a los franciscanos y ubicada en la Manzana de las Luces. El Telégrafo Mercantil, el primer periódico de Buenos Aires, fue editado por esta imprenta en el año 1801. Se llamaba así porque las ganancias de la imprenta se destinaban a ayudar a la Casa de Niños Expósitos.

Este artículo apareció en Le Monde Diplomatique #92, del 9 de febrero de 2007.

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