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Con las manos en la masa

Por Julio Zoppi

Comprendiendo al periodista Di Nucci. No me sorprendió lo de Di Nucci en cuanto supe que era periodista. Con las honrosas excepciones que existen en todas las profesiones donde aparecen personalidades creadoras que trascienden y desbordan sus respectivos marcos, la generalidad militante del metier periodístico se caracteriza por una histeria operadora cuyo patrón de actividad típico es el hallazgo, captación, apropiación y trascripción de un producto exterior a ellos que puede recibir el nombre genérico de información, y que se manifiesta de diversas formas; desde chimentos hasta ideas ajenas. Sucede que cierto día el contexto microcultural donde habitan, distorsionado por la confusión, les hace abrigar la íntima convicción de que pueden ser escritores de un plumazo puesto que escriben, y hasta a lo mejor escriben bien. Entonces, por ejemplo, se largan a hacer novelas y como lo más natural del mundo trasladan los patrones de su modus operandi productivo y fabrican un aparente producto propio basado en la captura clandestina de materiales ajenos; no están formados para hacer otra cosa. A veces creo que un escritor puede tener más semejanza con un mecánico dental, un carpintero o un taxidermista que con un periodista, y no me explico de donde se supone tan enorme y falaz contigüidad entre una actividad y la otra. Puede que haya contribuido a ello un efecto de traslación a espejo de la situación inversa: es un hecho que han existido grandes artistas escritores que además practicaron profesionalmente el periodismo escribiendo artículos de divulgación u opinión, o bien directamente realizando cualquier tarea típica de una redacción. De allí que los periodistas, tal vez confundidos, inviertan la ecuación a su favor y crean que por el hecho de serlo están muy cercanos a volverse escritores, cuando sólo tienen en común la tarea mecánica de la escritura. Esto sería como considerar que un pintor de paredes está muy próximo a convertirse en artista plástico por el hecho de que ambos toman un pincel y pintan. Utilizar el acto mecánico de la escritura para ejercer tareas de chimenteros, transcriptores, citadores, noteros o difamadores difiere abismalmente de las aptitudes y actitudes creativas que requiere la práctica mínimamente calificada del arte literario. La carencia brutal de imaginación propia para resolver situaciones narrativas puede ser una de las razones que lleva a alguien a copiar, y es una resultante de su formación; jamás construyeron en su mente la posibilidad de confiar en su creatividad ni tampoco invirtieron energías en desarrollarla,  sino que se educaron para concebir que los resultados de la imaginación son siempre una cosa ajena y producida por los demás que se descubre o encuentra en un rincón, y que su tarea natural era la de ser copistas y transcriptores de esa ajenidad, meros oportunistas captores de información.  Es que el periodista no se cría para aprender a dialogar en términos cordiales con la propia voz de su creatividad, sino para encontrar la de otros en la calle y llevársela prestada, hallar el gran descubrimiento en los archivos, o ganarse la confianza de gente desconocida que la cuente la gran historia. Su pulso andante es andar revolviendo basura para encontrar el oro, en todas partes menos en la piel y en los órganos profundos de su propia mente. A menudo tanto cirujeo intelectual les da resultados; hallan por doquier historias interesantes, personajes exóticos, libros enteros ideales para robar porque suponen que nadie se dará cuenta del engaño. Al fin y al cabo están tan acostumbrados a engañar impunemente todos los días con la manipulación de la información que se relajan y confían demasiado. Es probable que si interrogamos el inconciente de Di Nucci éste nos dirá algo parecido a: “Soy inocente, lo único que hice fue cumplir con mi trabajo”.

Los condescendientes vanguardistas. Pero más enervante que el acto de este plagio es el coro de imbéciles –incluida las insólitas declaraciones del plagiario– que salen a buscar citas de famosos –casi siempre fuera de contexto– para avalar y justificar el acto queriéndolo disfrazar de operación estética o experimental inscripta en alguna indeterminada corriente de vanguardia. Por favor, seamos rigurosos y serios por un instante, un choreo es un choreo y no otra cosa, tanto si nos queremos basar en el principio de no contradicción de la lógica aristotélica como en la lógica popular de barrio o en cualquier otro sistema que nos agrade que incluya entre sus pautas elementales el más mínimo sentido común. Basta del caradurismo de enmascarar la realidad flagrante con racionalizaciones y pseudo intelectualizaciones a posteriori que resultan tan repudiables como el mismo plagio. Lo peor de todo que me ha tocado leer es el artículo de Maximiliano Tomas en Perfil, con una argumentación que da tristeza clama de modo adolescente por una indulgencia barata para los fraudulentos y los corruptos de la literatura. Su texto está entre lo peor que podría esperarse de un escritor y director de un suplemento cultural. Por el tono condescendiente, hasta se podría pensar que Tomas se siente identificado con esa “técnica”. No lo sé, pero su queja de la excesiva rigurosidad de los que leen y las analogías que aporta para probar que sólo se trata de una “persecución” son de un patetismo inédito, y de esto si que nadie podría acusarlo de plagio.

No nos tomen más el pelo, dejen de insultar nuestra buena fe y nuestra inteligencia, como si no supiéramos que cosa es inspirarse en obra anterior y que otra es copiar párrafos enteros de una obra ajena y presentarlos como propios. Pongamos fin a esta torpe igualación entre copisteros y honestos creadores. Siempre la explicación de que se trataba de un “homenaje” o una obra basada en “la reescritura” basada en no se cual estética es un argumento que se esgrime después que los descubren con las manos en la masa, y habiéndose pavoneado como auténticos creadores por ahí. 

O la próxima, por favor, pongan en la tapa del libro bien grande: “Esta obra se basa en reescrituras y copias de textos de obras de otro autores, consultar al pie la lista de las obras usadas”. Entonces sabremos a que atenernos y no soportamos tanto fraude gratuito.

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