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Homenajes, copias e inspiraciones

Por Maximiliano Tomas 

En la Argentina y en buena parte del mundo, los médicos –e incluso los psicoanalistas– están obligados a contratar un seguro de mala praxis. Sucede que en torno a estas actividades profesionales se ha desarrollado una suerte de industria subsidiaria: frente a la mínima posibilidad de falta o equivocación, acecha una jauría de abogados dispuesta a sacar tajada del error ajeno.

La semana pasada se supo de la revocación del fallo por el que el periodista Sergio Di Nucci resultó ganador del Premio La Nación-Sudamericana de Novela 2006/2007. Según Agustín Viola, un atento lector de diecinueve años, la novela galardonada, Bolivia Construcciones, presentaba a lo largo de unas decenas de páginas “extrañas similitudes” con Nada, un libro de la escritora catalana Carmen Laforet publicado a mediados de la década del cuarenta y merecedor del premio Nadal. En 1997 había sucedido algo similar, en un certamen de cuentos del mismo diario: tiempo después de haberse otorgado el galardón se demostró, sin muchas dificultades, que Daniel Omar Azetti había copiado, línea por línea, un relato de Giovanni Papini, “El espejo que huye”.

De un tiempo a esta parte los casos se repiten: el escritor británico Ian McEwan sufrió en noviembre de 2006 una acusación muy similar a la de Di Nucci –aunque en su caso se habló de “préstamos legítimos”, “fuentes históricas” e “inspiración”. Y no sólo en el ámbito literario: autores de autoayuda o de divulgación histórica como Jorge Bucay y Felipe Pigna fueron señalados, en su momento y con gran revuelo, como apropiadores ilegales del trabajo ajeno.

No conozco a Di Nucci, no leí su novela. Tampoco la de Laforet. Lo que importa es algo más. Esta avalancha de denuncias pone de relieve un estado de situación que va más allá de la culpabilidad o no de los autores. Algo que, paradójicamente, no encuentra paralelo en otros campos de la creación. En la música, por ejemplo: con un par de loops o cambios de tono, con la mera repetición de una estrofa fuera de tiempo, los críticos especializados hablan de remixes. En el cine, si un director filma exactamente la misma película pero reemplaza el reparto –La gran estafa, El quinteto de la muerte, Casino Royale–, se habla de remakes y se factura, eso sí, como si fuera la primera vez. En las artes plásticas la práctica está más difundida: la reproducción de una obra original por otros medios no sólo se exhibe sino que se celebra como un guiño de intertextualidad. ¿Por qué esa misma indulgencia se le suele negar, con obstinación, a la palabra escrita? ¿Cuál es la diferencia entre el homenaje, la parodia o el liso y llano plagio? ¿Cuáles son los límites de cada disciplina? ¿Quiénes los establecen?

Meses atrás, el escritor Guillermo Piro señaló –no con ánimo policial sino precisamente burlesco– que el propio Miguel de Cervantes Saavedra se había inspirado afanosamente en La leyenda dorada, una obra del dominico italiano Santiago de la Vorágine que data de 1494, para escribir un capítulo de la segunda parte de El Quijote. No hace falta ir tan atrás para comprobar que ejemplos como éste sobran. ¿Pero acaso importa? Lo que causa escozor, a decir verdad, es la imparable voluntad de pesquisa y delación que parece extenderse como un virus. Como si la literatura necesitara de una cohorte de guardianes de cierto honor intangible. Como si necesitara de una fuerza de policía propia.

Este artículo apareció en el suplemento Cultura del diario Perfil, el 11 de febrero de 2007.

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