El Aira secreto
Por Joaquín Daniel Freire
[Desde Ginebra, Jorge Luis Borges, que en agosto pasado cumplió 107 años, escribe sobre César Aira.]
Hacia el siglo X de nuestra era, el trovador del imperio carolingio Hugo Marcel observó que un procedimiento (una technischum la llamó en el alemán latinizado de la época) imaginativo y bien ajustado podía reemplazar con eficacia la inspiración y los sueños de un poeta.
En análogo ejercicio incurrió Giusseppe Marrone hacia fines del 1400. Es harto probable que no haya conocido a Ariosto, del que fue su contemporáneo. Acaso no los separaron más de cincuenta kilómetros.
Marrone urdió un vasto poema según las reglas del juego de ajedrez. Nada sabemos hoy de la obra, pero sospechamos que de alguna manera el italiano creó la novela policial y no lo supo nunca.
César Aira –Colonel Pringles, 1849; Cornwall, 1944– nació el año en que moría Poe y en que Alemania celebraba el centenario del nacimiento de Goethe.
Poco y nada se sabe de él y de su larga vida.
Su nombre también es un enigma. De las posibilidades que laboriosamente se trabajaron para interpretarlo me inclino por la de Lascelles Abercrombie (Writings and readings, 56): “César Aira no es un nombre, sino una insinuación y una delicada amenaza: el fin de todo. Al apresuramiento en la pronunciación o al simple apócope se le suma el condicional: Cesaría”; un nuevo apresuramiento en la pronunciación –agrego– prefigura a Saer.
Aira se trasladó a Londres, o acaso a Dublin, apenas cumplidos los dieciocho. Es probable que se haya cruzado con Shaw a quien podemos imaginar que no quería. Sí, intuimos, apreció a Chesterton y a Wilde. Admiraba a Poe, a Hawthorne, a Melville y seguramente a Edward Fitzgerald, pero los escritores como Emerson lo tenían sin cuidado.
Aira sospechó –o fingió sospechar– que todo era material narrativo.
Escribió ciento veinticinco novelas, poesía de la que nunca nadie leyó un verso y cuatro vastos diccionarios, que merecen un capítulo aparte.
A la creciente velocidad en la producción y distribución de sus novelas en perdidas editoriales se le oponía la decreciente longitud de cada libro. Acaso esto era todo un procedimiento.
En su última novela, La voz de Shemp, 28 páginas, Editorial Tinelli, creo percibir el remoto influjo de Marcial Lafuente Estefanía.
En una entrevista realizada por Walter Pater en la London Literary Review (1907, nº 158, 23 y 24) Aira expresó en su inglés de Nortumbría (no lo habían domado Eton ni el Trinity College ni Oxford): “No, no escribo cuentos. Un cuento puede llegar a tener 3 páginas pero también 25. Yo escribo cinco más y tengo una novela.”
Hacia fines del siglo XIX el francés Raymond Roussel habría trabado amistad con el muchacho de Colonel Pringles. Los diferenciaron rasgos esenciales: Roussel agregó a sus invenciones una cuidadosa puesta en escena personal: fue un dandy y un provocador y –aunque también creemos en su honestidad– un profesional del épater le bourgeois. Aira cultivó lo que los políticos ahora llaman el low profile; abundó en silencios y en enmascaramientos y en escamoteos. En Londres o Nueva York, lo imaginamos concurriendo a la misma sastrería que Bartleby. Un anacronismo figsonómico lo identificaría con Rip Kirby, con Ellery Queen, con la vaga imagen que tenemos de alguna voz del Contrapunto que laboriosamente perpetró Huxley, preocupado menos en concebir un carácter que en mostrar personajes que superaran locuazmente los 150 de coeficiente intelectual.
Aira escribió novelas inolvidables y también novelas espantosas. Publicó estas últimas no por deshonestidad, desidia o presiones del editor, sino porque presintió que eran tan necesarias como las otras. Acaso escribía para impedirse seguir leyendo.
Arriesgo una hipótesis en la alta noche frente al lago Lehman, ahora que me he resignado a ser Borges, ahora que fatigadamente he superado el siglo: Aira supo como nadie que tenía una sola oportunidad en 15 mil millones de años. Supo que en esa fracción de eternidad que le tocaba, la más baladí de las palabras era esencial. Supo que transcribir (sé que el verbo suena apresurado y hasta irrespetuoso) esa realidad que lo rodeaba era su deber y su felicidad y su intensa aventura interior. Aira fue, arduamente y a través de casi ciento treinta libros, su propio Boswell. Aira, un hombre, quiso ser todos los hombres; fingió sus teorías literarias, sus procedimientos, sus colofones, para que casi todos creyeran al pie de la letra esa especie de doctrina y así lo leyeran, pero también para que alguien, secretamente, pudiera intuir que ésa no era la verdad. En su infinito pudor Aira diseminó pistas falsas para poder volver a ser aquel niño, aquel adolescente que tramaba fantasmagorías en sus días y noches en Colonel Pringles.
Como un lector eterno, como un escritor eterno, mientras en las aulas lo esperan para conversar sobre Robbe-Grillet, Gombrowicz, Lamborghini o Adolfo Couve, César Aira sigue infinitamente leyendo, en las largas tardes unánimes de Colonel Pringles, a Salgari, a Hesse, a Bradbury. Y sigue sintiendo que registrar lo cotidiano –como un fabuloso historiador de cada día, de cada hora– y soñar, lúcidamente soñar, son sus dos hermosas tareas incesantes.
J. L. Borges, Ginebra, noviembre 2006.


Comentarios (no hay comentarios)
Se han cerrado los comentarios para este post.
Dejar un comentario
Los comentarios están cerrados para este post.