La autodeterminación de los muertos
Por Omar Genovese
La corte internacional de La Haya (quien, por ejemplo, en honor al silencio imperial no ha juzgado a un criminal como Saddam Hussein, lo que puede encuadrarse en abandono legal de persona, aunque se tratara de un dictador indeseable) ha emitido un fallo que, sintéticamente, refiere a los asambleístas (¿ambientalistas?) de Gualeguaychú como inofensivos protestantes contra el desorden papelero. Un coro de sordinas mediáticas confirma la noticia y vuela por el éter algo más que substancias cancerígenas posibles: la sedición hacia la norma legal vigente –Constitución Nacional de la República Argentina- no perjudica a un país vecino. Alto. Un momento. ¿Entendí bien?
El Uruguay esgrime que está siendo bloqueado. De hecho, lo que se ha bloqueado es el ingreso por tierra entrerriana de bienes, mercaderías y turistas. No así por río (o por viaje elíptico desde Brasil), lo que sigue ocurriendo, a espaldas del deseo de los autoconvocados. Quiere decir que un país (Argentina) tiene en actitud rebelde (sin ser belicosa, aún) a cierto reducido grupo de habitantes de una provincia que, más allá de su norma constitutiva, está sometida a todas las leyes vigentes en el territorio. Si continuamos con el hilo de prioridades del poder, la primer alarma debe sonar en los pasillos del gobernador de Entre Ríos. Y si no es así, cosa probable, él mismo es cómplice por no hacer cumplir la Constitución Nacional. Por otra parte, ¿cómo una provincia puede tomar medidas que competen al Estado Nacional, y más en una materia tan delicada como las relaciones exteriores? ¿No están desconociendo -asambleístas y gobernantes entrerrianos- aquello que la convivencia acordada por el sistema federal de provincias erige como Nación? ¿No es un abierto desafío al poder centralizado en la persona de un presidente, un senado y una corte suprema de justicia? Los gobernadores tienen un poder limitado, al igual que intendentes, senadores y diputados provinciales. ¿No tienen también obligaciones respecto a cumplir y hacer cumplir las leyes? ¿O Entre Ríos ya plantó la bandera de independencia y autonomía total del resto del país?
Además, algo ocurre con las máximas autoridades del Estado Nacional. ¿Van a dejar que la marea protestona avance como si de una causa suprema se tratase? En ésto hay que dar crédito al gobierno Uruguayo: si ambas naciones median en La Haya, ¿para qué el cierre unilateral de fronteras? ¿Acaso por ver la costa opuesta tienen los entrerrianos pleno derecho e influencia respecto a lo que el vecino haga en su territorio? ¿Acaso la vecina chusma tiene injerencia en las decisiones que ve tomar por la familia próxima desde una ventana? ¿O es el celo, envidia, porque aquellos poseen lo que aquí no se pudo concretar? Ciertos maledicentes, desparramando rumores, han expresado que la corrupción endémica de Entre Ríos es la causa primigenia por la que tanto Ence como Botnia, migraron a Uruguay. Se dice que la cascada de comisiones no bajaban del 20 al 30%, lo que tampoco implicaba beneficios impositivos ni redescuentos por exportaciones. ¿Será una movida espontánea la que perdure impidiendo la libre circulación de las personas? ¿O estamos ante una vendetta política contra un grupo de inversores que llevó la música a otra parte? En fin, a escasos días que comience su carnavalito ínfimo, pobre en todo sentido, Gualeguaychú ha recibido desproporcionada promoción intercontinental, mientras enarbola un capricho denigrante, a espaldas de los intereses de todo un pueblo que -fuera de toda calumnia nacionalista- deberá ser partidario de la verdad si aún pretende ser digno de tal investidura. En éste país desmemoriado, los de la tierra de Urquiza creen representar deseos íntimos de una nación, como si de la guerra se tratase, azuzados también por ciertas papeletas insólitas de xenofóbica factura, generadas en el riñón mismo del partido gobernante. Nada más infame, como la complicidad del Estado a la hora de sacar rédito, aunque para ello sepulte las garantías elementales que lo constituyen.
No olviden que la única guerra que libró el país en el siglo XX fue con menores de edad a manos de una banda de ineptos, razón por la que se sufrió una humillante derrota. Los recursos de la minoría en cuestión son la propaganda y el escandalete payasesco, pues si de tanto provocar una acción llegara el grito de las armas (cosa improbable, pero que en nada puede descartarse ante tamaña imbecilidad coparticipada), no serán ellos justamente los que estarán inmolándose en la primera línea de fuego. Este nuevo ardid pseudocombativo (y a la vez disuasivo de todo debate en base al fondo de la cuestión, o sea, si las industrias papeleras contaminarán o no la baja cuenca del Plata), confirma una regla contradictoria y silenciada en la experiencia política de los últimos años: lo que más daña el medio ambiente es ser argentino, con toda su gestualidad vanidosa, que en nada nos mejora.

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