Articulo

Un enardecido silencio

Por Fernando Fazzolari

Dicen que los jardines zen están diseñados para disfrutarlos desde el interior de la casa.
La casa está separada del jardín por medio de gentiles paneles de papel, como si fueran muros de vidrio suave.
Puede haber cañas de bambú o papiros en las cercanías.
Los jardines zen no nos ofrecen normalmente simetrías Versallescas, son como la naturaleza, arbitrarios, metafísicamente hablando.
Y dejan al ser humano predispuesto a participar de un universo utópico, transformable.
Elba Bairon viene desarrollando ese orden desde hace tiempo, presenta, instala obras en la esperanza que el observador las ordene simbólicamente en su interior buscando algún equilibrio.
De la misma manera en que ella las fue ordenando en el tiempo de su de creación.
Un orden para sí.
Augurando también la libertad de ese orden para los otros.
Los jardines zen estimulan estados para intentar entender lo que nos rodea.
Pero no desde el pensamiento sino desde la más pura intuición.
Estos jardines no son para pasearlos, sino para contemplarlos desde el interior de uno mismo, para que la calma penetre en lo más profundo. Son estampas del paraíso que contribuyen a delimitar el paisaje en el tiempo y distinguir las cuatro estaciones.
Un jardín es bello también cuando las hojas de los diferentes árboles empiezan a marchitarse.
Un instrumento para la meditación, una forma del fin y la renovación.
El concepto de cambio, de caducidad es así, realmente bello.
En el jardín de Bairon aparentemente falta sólo la grava. Aparentemente.
En ese universo imaginario se eleva un enardecido silencio.
Ese enardecido silencio me contrae el plexo, me garra, me angustia, sentimientos que tal vez le pertenezcan a mi espíritu y no a la obra.
Esa permanente subjetividad.
Pero es mi pecho el que lo duele.
Dos niños frente a los despojos de un juego donde las formas son el único vestigio del amor.
Indicios de su habida existencia
Mientras un pulcro y tierno marranito husmea las sombras.
Las nombra, las ronda.
Numera y registra como un tinterillo esmerado la manera en que se ordenan las piedras rescatadas de la autopsia de un meteorito luminoso.
Un rompecabezas de la vida, esa vida rompecabezas.
Bairon junta piadosamente destrozos para tratar de recordar el juego jugado, que ya no puede ser reproducido porque el tiempo fue lijando los ligámenes y sólo desde los restos podemos rescatar recuerdo.
De días, de noches y de otras menudencias de lo cotidiano.
Y para poder exorcizarlos, hacerlos obra. Los hace sobra.
Y más allá de la sobra, le administra ternura, trabajo y sentido.
Esa tarea de insuflar un espíritu santo con la arcilla del papel en los fósiles leves del recuerdo, ese intento de resaltar los afectos en obra, monumentalizando instantes, miradas.
Y que queda sino sombras, y para cuando la sombra no alcance, habrá de ser subrayada la sombra.
Y señalada como cuerpo en el estante de la biblioteca.
En un margen renace el color de la intimidad, un pequeño recuerdo, una luz en la soledad.
Un color en huevo, en jofaina, en vientre. Y la vida ya en vida
El talismán de uno mismo en el encuentro diario.
El diario, íntimo registro de uno mismo.
Por eso tal vez, era necesario tanto blanco para sostener las sombras.
Por eso también el molde de la alegría, blanco también, que en cada una de sus oquedades mantiene como matriz la posibilidad de recrear la existencia.
Como conejos.
Allí antes que nada.
Bairon dice.
Bairon dice y en ese decir de pronto angustia. Eso es lo que la desencaja de su contemporaneidad.
Aún el arte es un medio para decir, a los gritos o silenciosamente como lo hace Bairon.
Alterca, lo que es bueno; modifica, lo que es zen.
Es necesario decir
Porque el silencio de la negación nos trasporta suavemente a la psicosis.
La muerte, de pronto, se agazapa en un amenazador vagón desalmado que enfila, sin quererlo, sobre los rieles hacia el centro del blanco tatami.
Para cerrar por siempre el recuerdo, atropellarlo y darle fin. Que solo quede la imagen de la sombra, esa luz divina que, como la de las viejas estrellas se va perdiendo lentamente en el tiempo del espacio.
Con infinito cariño, Fernando Fazzolari

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