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Entrejuegos o la visión oscura

Por Omar Genovese

Si nos sacan el pellejo estaremos ahí, pero más doloridos.

Tensado el aire, crines y mandíbulas, la espera de un país enterrado en un punto más allá de las antípodas de la cultura occidental, puede vaciarnos y ocuparnos con un palabrerío enfermo: primero, cierta catarata técnica indiscernible (o legible y memorizable, para convertirnos en directores imaginarios de cualquier análisis primitivo); sigue a eso la nómina de partícipes necesarios (los jugadores mismos), conjugados y expresándose con todos los manierismos del oficio que encarnan; y, finalmente, ya extendido el arco de la proximidad definitoria, las exclamaciones triunfalistas, elementales, burdas, chabacanas, xenófobas y, en muchos casos, verdaderamente burdas.
Y todo por un juego, a realizarse en el condensado de tiempo que le toca, en lugar y fecha establecidas. A partir de ése instante, el aire viciado se disipará dando lugar a lo que debe ocurrir: la escenificación del triunfo, no otra cosa, la derrota es inadmisible. La sociedad argentina está demostrando que su entusiasmo no sólo la enceguece, sino que la carga de un contenido revanchista inusitado. Sed de venganza, por otras circunstancias futboleras, históricas, económicas y culturales. Globalizadores, la intercomunicación excesiva que tanto nos acosa ha generado una sensación de importancia nativa: en algo somos excelentes, inquietantes. En algo, tan mínimo y perecedero como el fútbol. Con la transmigración a flor de piel, un condensado de población estará transmitiendo todo tipo de energías: cerebrales, animistas y cabuleras.Un pueblo entero, tan diverso, disperso, empujará con el ánimo a sus representantes deportivos. Millones de almas convertirán la pantalla del televisor en una verdadera mesa espiritista. Nudos, santos, aguas benditas, ruegos, rezos, insultos, rituales… A la mala suerte no hay que tentarla, tampoco a la desgracia, ni a cualquier forma impredecible que pueda amenazar el corto futuro deportivo. Mañana, los sacerdotes apuntarán sus armas hacia un punto lejanísimo en la esfera planetaria, con la esperanza vana de conjugar hechizos efectivos. Mañana, en la imagen misma de lo que ocurra nada de todo lo enumerado será visible, habrá sólo eso, una imagen de la realidad, otra más.
Lo sucesivo de la imagen será nuestro entorno, la materia que rodea al transmisor. Desde la mansión más lujosa al rancho menos salubre, se nuclearán familias y amistades, oficios y mentiras. Nadie será menos ambicioso ni menos perverso, ni dejará de cumplir los mandatos de su entendimiento, ya sea largo o corto. Habrá un significado común en lo que se verá, la consumación de un acto de ansiedad colectiva, la develación del secreto guardado en un funcionamiento impredecible. ¿Qué apuestan los argentinos más allá del deseo de triunfo? ¿Qué más está en juego por encima de éste? ¿Otra multiplicidad como tantos sujetos ejecuten el rito? ¿Hay una verdadera comunión festejante? Los colores, emblematizados en la camiseta, los números de los jugadores, los cantos (ingeniosos y no tanto), la presencia de unos pocos en el estadio (representantes privilegiados de los sacerdotizos autóctonos), conformarán el plus de sensaciones de ánimo y desánimo a la vez, como una exageración para reafirmar la voluntad. Una falsa voluntad en la que se mezcla lo mejor de un país (en éste caso un contenedor común, como denominador) y la expresión del oficio profesional contextualizado para el combate en lejanas tierras. Mañana, el parte de guerra se verá en simultáneo a los hechos. Cada espectador sabrá del valor de lo que ocurre en directo, ¿que más puede pedir si no está ahí, si no puede ser testigo o partícipe necesario? La evocación al instante es lo más llamativo de éste fenómeno, cuya superlatividad resulta sorprendente. No existe espectáculo deportivo que condense tanta explosión de sentimientos y deseos. Si observamos los entretiempos, los espectadores argentinos serán los mayores críticos del planeta, desmadrándose hasta el insulto más sádico e irracional, o los más condescendientes cómplices de los actores. Las visiones quedan nubladas hasta el desenlace.
Más allá de tanta descripción de mi parte, prefiero pensar en lo que ocurre cuando deja de funcionar el andamio sobre el que se monta semejante aparato de seducción. Con los resultados puestos, sabiendo lo que se “es” a partir de ellos, publicidad y propaganda política tomarán senderos equidistantes. Entonces, argentinos a las cosas: a la miseria, a la falta de fe en sí mismos, al interminable tango de la melancolía que es condena. Mañana, con un triunfo, deberemos soportar que la construcción semántico-mediática tome dimensiones ridículas. Con una derrota, sólo aquellas cosas burdas, que reafirman la infelicidad. Una moneda simple en el aire, sin valor, sin importancia plena. Lo glorioso y el escarnio, la fama y la derrota, evocaciones comunes de un pasado no muy distante que, igualmente, nos escupirá a la cara algo tremendo: nunca ganamos nada, y diferir así la muerte sólo es prolongar la agonía.

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el fantasma » Blog Archive » Apache / junio 29th, 2006, 11:59 pm / #

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