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Elogio de la tercera posición

bbn.jpgPor Blas de Santos

[Para Blas De Santos, la clave de la incomunicación entre Tarcus y González no es lo que los separa sino lo que, sin explicitar, comparten.]
 

Mi elogio nada tiene en común con el que recibe la noción de diversidad cuando es la coartada para que el arreglo de las palabras supere la contradicción entre las cosas. Mi encabezado escapa tanto a la justeza del punto medio –un mix que toma lo mejor de los opuestos– como a la alquimia populista que conjuga en la abstracción de sus relatos –el pueblo, la gente y la ciudadanía– libretos inconciliables en boca de sus protagonistas reales. Pienso que la circularidad que agota la discusión sobre los destinos de la Biblioteca Nacional precisa de una posición tercera que rompa el impasse de una incomprensible confrontración entre posturas que no parecen necesariamente excluyentes. En mi opinión lo ausente es el punto de referencia que, exterior a las mismas, opere de pivote para bien definir esas aparentes incompatibilidades. Ese punto ausente es patrimonio del registro político. Su consentida exclusión es la responsable de una pelea por “políticas” en la que no se habla de política. Tal es así que ninguna de las argumentaciones cruzadas en el debate roza las coordenadas que informen qué política inscribe y contextualiza los proyectos institucionales en pugna. Curioso tratándose de dos intelectuales como Horacio González y Horacio Tarcus, de probada formación y actuación en el campo de las ciencias sociales, la historia y la política, como da fe la fecunda trayectoria docente y teórica de ambos. Lo significativo es que la misma “inteligencia”  empleada en mantener la discusión al margen de su funcionalidad para una política aparece, sin excepción, en el conjunto de apoyos a cada una de las posiciones en disputa. Es decir que más allá del ida y vuelta de ataques y defensas, chicanas e ironías, lo que queda en pie es el cuidado ritual general de ceñirse al pacto de la época: no politicemos los problemas.

Menos sorprendente es la mediación del responsable en el sector de transmitir los criterios políticos que el Gobierno tiene para el conjunto del Estado. Para el secretario de Cultura de la Nación, José Nun: “En ambas partes hay algo de razón… la pena es que se llevan mal”. Fiel a ajustar su función al ideario de capitalismo serio del Gobierno nacional, redefine la labor a su cargo como impulsora de lo que llama “industria cultural”, procurando para dicho fin disipar todo antagonismo social, como los que enfrentan a la memoria social con el rol de las FF.AA., e impulsa tertulias y charlas de café en cuarteles y espectáculos artísticos en buques de la armada, buscando que reconviertan la imagen genocida de dicha institución. El correlato principista de estas dos iniciativas se proyecta en un apotegma personal: “Es posible el capitalismo sin democracia pero inconcebible la democracia sin capitalismo”. Nada de lo dicho pretende ser original. A la hora de pontificar sobre el sujeto contemporáneo –maquillaje para no mencionar al sujeto dentro del capitalismo– ningún intelectual se priva de rasgarse las vestiduras escandalizado por la despolitización y la pérdida de los lazos sociales solidarios que exhibe nuestra sociedad. Por eso en los programas de opinión desfilan intelectuales que cuando no les duele el país languidecen ante el vacío de las viejas utopías. Conmovedora sensibilidad que no se compadece con la orfandad de interpretaciones y conocimientos concretos sobre las causas de tamaña aflicción.

Concuerdo con Nun cuando habla de aspectos ciertos en los dos Horacios. Sólo que, en mi opinión, lo revelador está más en lo que callan que en lo que proclaman. ¿Quién pude negar el rol potenciador de la cultura que cabe a una institución como la Biblioteca Nacional? De seguro no Tarcus. ¿Quién se atrevería a derrochar los recursos de la informática y de la actual bibliotecnología? Tampoco González. Entonces, ¿dónde y por qué el diálogo gira en redondo?

La explicación tiene que ver con las condiciones exigibles a todo diálogo: la existencia de puntos de vistas diferenciales entre los interlocutores. Sólo así y por el apoyo en un plano que excede (tercero, el de la política, para el caso) al de los interlocutores, el intercambio haría aparecer los auténticos desacuerdos o… los verdaderos acuerdos. Quiero decir, la clave de la incomunicación no es lo que los separa sino lo que, sin explicitar, comparten. Uno de los Horacios no puede decirle al otro que lo sabe, que la función a su cargo es la de no hacer olas (evitando debates políticamente incorrectos sobre la burocracia sindical peronista) y por eso se ampara en la salvaguarda de profundas tradiciones. El otro Horacio debe tensar la condena al uso desmesurado de la BN como “Gran Centro Cultural” en nombre de la eficiencia institucional pero reservándose la opinión sobre los contenidos (la línea) presentes en los mismos; lo que lo lleva a protagonizar una oposición que no condice con sus antecedentes ideológicos y teóricos. Cómo puede entenderse que argumentos sobre las articulaciones entre Estado, cultura y política sólo aparezcan brillando por su ausencia en boca de quien fue pionero en dar a conocer las ideas de Walter Benjamin, Fredric Jameson, Rudolf Bahro, André Gorz o Toni Negri. Quienes compartimos con él su voluntad y celo por la teoría y los debates culturales sabemos su pasión por el conocimiento y la polémica. Objetivamente ese Horacio no ataca a la llamada “tradición nacional” como quiere hacerse aparecer, salvo que se desnacionalicen sus recuperaciones de las obras de Juan Bautista Alberdi, Milcíades Peña o Silvio Frondizi. Desde ese currículum, que le asigno a mi cuenta y riesgo, es indudable que lo suyo participa de un acervo que no coincide con el del otro Horacio. Por eso, puedo interpretar que el desconcierto que el affaire BN provoca en la opinión general reside menos en las discrepancias conocidas que en las diferencias ahogadas en el unísono de una apuesta política compartida, aunque con fundamentos y filiaciones distintas: ambos, y el resto de los sumados a pronunciar favores o disidencias a centro, diestra o siniestra, están identificados con el crédito concedido por las mayorías de la sociedad respecto de la etapa política abierta por el kirchnerismo en tanto única alternativa, como la mejor política posible. Una política reducible a lo pensable dentro del sistema imperante.

Parafraseando al secretario de Cultura, puede decirse que cabe sin duda un lugar para una Biblioteca Nacional en el programa cultural del capitalismo. Es decir, dentro del orden del mercado. El interrogante que quisiera abrir es si ese espacio es el propicio para un verdadero pensamiento. Uno sin aditamentos, ya que todo pensamiento hace y dice de lo universal. El que esa universalidad tenga en rigor por condición desplegarse en una biblioteca pública, en la que lo nacional no sea más que el capítulo de una particularidad provinciana sobre fondo de lo universal, abierta al fomento de la emancipación humana, es un asunto que solo tendrá curso en el campo de la política.

Este artículo apareció en el suplemento Cultura del diario Perfil el 21 de enero de 2007.

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