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Dos intelectuales, una Biblioteca

Por Carlos Altamirano

La larga crisis que aflige a nuestra Biblioteca Nacional ha vuelto a salir a la luz pública. Ahora a través del conflicto que envolvió al director y al vicedirector de la institución, Horacio González y Horacio Tarcus, dos hombres de izquierda enfrentados por la gestión y por la idea de lo que debería ser la principal biblioteca pública del país. En un mundo tan pequeño y angosto, como escribió Sartre para referirse al reducido mundo de los intelectuales, todos más o menos saben quién es quién. En este caso, González y Tarcus.

Horacio González es un ensayista reconocido, que se mueve a sus anchas en el terreno de la crítica cultural. Allí se ganó su notoriedad como intelectual irreverente, transgresor, irónico, enemigo del estilo académico y del discurso de los establecidos.Transmitió ese espíritu de outsider no sólo en sus ensayos, sino también en la cátedra universitaria y a través de El Ojo Mocho, la revista cultural que dirigió durante varios años. A propósito del episodio de estos días, José Nun, el secretario de Cultura, ha dicho que González se identifica con Paul Groussac, legendario director de la Biblioteca Nacional desde 1885 hasta su muerte en 1929.

La identificación no deja de producir algún estupor. Es cierto que bajo la iniciativa de su actual director la institución ha comenzado a editar libros y una revista que retoma el nombre histórico de La Biblioteca, pero no creo que nadie asocie a González con la labor erudita de Groussac ni con su concepción aristocrática de la cultura.La leyenda del autor de Los que pasaban se edificó sobre la imagen de quien había introducido en la Argentina, y en un medio de costumbres intelectuales todavía rudimentarias, la disciplina europea en los estudios humanísticos. Es célebre su lección acerca de lo que debe ser una edición crítica, que tuvo como blanco una edición de los escritos de Mariano Moreno. De allí extraemos una cita que lo dice todo: “¿Por qué no penetra en los países de lengua española esta noción, al parecer tan sencilla y elemental: que la historia, la filosofía y aun esta pobre literatura representan aplicaciones intelectuales tan exigentes por lo menos, aunque no tan lucrativas, como las del abogado o del médico, no siendo lícito entrarse por sus dominios como en campo sin dueño o predio de común?”

El espíritu de Horacio González es igualmente polémico, pero su malicia, aun en la controversia, no es inclemente y precisa, como la de su antecesor, sino más bien ladina, zorra. El no ha forjado su fama intelectual en los rigores de la crítica histórica ni ha cultivado, al menos hasta ahora, el papel de mandarín cultural. Tampoco el de estilista, que fue la otra fuente de prestigio del francés. Para Groussac, que también quería introducir orden en la prosa hispanoamericana –a su juicio, demasiado inclinada al floripondio-, la maestría literaria se asociaba con la claridad y la proporción, la mesura. El discurso de González, en cambio, no tiene su fuerte en el arte del epigrama y es más propenso al barroquismo y al entrevero.

Puede pensarse, ciertamente, que nada de todo esto tiene mayor importancia porque los intelectuales a veces reinventan su papel de acuerdo con las circunstancias, y al hacerlo redefinen también el linaje que hacen suyo. En sus apreciaciones de la renuncia de Tarcus, los dos nombres bajo cuya evocación ubica González su gestión en la Biblioteca Nacional son los de Groussac y Borges (“la teoría de la biblioteca de Borges”), una estirpe de nobleza indudablemente.

Todos conocemos también a Horacio Tarcus y su pasión por los libros y las revistas. No sólo por leerlos o publicarlos, sino también por rastrearlos y recuperarlos del olvido y de la destrucción. Recuerdo que bajo la dictadura tenía un puesto en la Plaza Lavalle, donde uno podía conseguir títulos que habían desaparecido de las librerías. Publicaba por entonces una de las revistas de disidencia intelectual que circulaban en Buenos Aires. Las figuras que Tarcus admira son marxistas solitarios y desafortunados en sus empresas políticas. A dos de ellos, Milcíades Peña y Silvio Frondizi, consagró uno de sus libros, El marxismo olvidado en la Argentina, cuyas tesis pueden discutirse, pero no la escrupulosidad de su investigación.

Desde hace años anima, como investigador y como organizador, una renovación de la historia de la izquierda, labor para la que reivindica el título de historia militante. El instituto de investigación y documentación que fundó hace diez años, el Cedinci, tuvo como base su propia colección de libros, revistas y folletos, un acervo del que muchos nos hemos servido. Desde 1997 el Cedinci se ha ampliado y los servicios que presta lo han convertido en un ejemplo de asociación civil, no sólo a juicio de los usuarios argentinos de ese centro.

Cuando en mayo de 2004, a menos de un año de su nombramiento como director de la Biblioteca Nacional, el escritor Horacio Salas decidió renunciar a su cargo, el estado de deterioro en que se hallaba la institución quedó a la vista de todos. Por cierto, no era un secreto que ella no cumplía con sus funciones básicas, las que ninguna otra podía cumplir por ella: preservar y restaurar el patrimonio impreso que le estaba confiado, ampliarlo y ponerlo a disposición de los lectores. Los males que salieron a la luz no eran, por otra parte, novedosos: la pobreza presupuestaria, el robo de material valioso, la falta de formación profesional del personal y el poder de los sindicatos, un poder informal pero efectivo que hacía de la Biblioteca un organismo casi ingobernable. El paso que dio en esos días el entonces secretario de Cultura, Torcuato Di Tella, al solicitar a uno de los sindicatos un nombre para dirigir la biblioteca, no hizo más que confirmar el cuadro de situación. La Biblioteca Nacional “es el PAMI de la cultura”, declaró resignada una funcionaria. En el interinato que duró alrededor de un mes, se debatió sobre el perfil que debía tener el nuevo director. ¿Un buen administrador, alguien con cintura política, un intelectual renombrado? Uno de quienes opinó fue Horacio González: “Eso de buscar a una persona con un poquito de habilidad política, un poquito de habilidad administrativa y algún librito publicado no funciona. Quien esté a cargo de la Biblioteca debe encabezar una fortísima discusión sobre la cultura argentina”. Esa fue, indudablemente, la idea que González llevó a la gestión –la Biblioteca Nacional convertida en un gran centro cultural- cuando Elvio Vitali lo eligió para acompañarlo al frente de la institución. Con sentido práctico, Vitali nombró asimismo un consejo consultivo para que colaborara ad honorem con su gestión. La designación de esa comisión y, dentro de ella, la de Horacio Tarcus, fue la señal más clara de que el nuevo director quería cambiar, no sólo administrar, el organismo, aunque el desafío fuera difícil (de 1984 a 2004 habían pasado por el cargo nueve personas). La elección de Vitali como diputado llevó a un enroque de los cargos y ubicó a González a la cabeza de la Biblioteca y a Tarcus en el puesto de vicedirector. Así, hasta el alejamiento de este último.

González le atribuye a Tarcus “un pensamiento lineal, con temas de izquierda, pero con resultados reales de derecha”, aunque no dice cuáles son estos resultados. Lo acusa de confundir la institución con “un mero centro de documentación”, cuando la Biblioteca Nacional, observa, “tiene en su interior centros de documentación, pero los excede en su complejo encadenamiento de símbolos, memorias y legados”. Se abstiene, sin embargo, de aclararnos esta enigmática frase. En realidad, no refuta el pormenorizado texto de su contrincante, que no muestra atracción por el arcano. La renuncia de Tarcus no sólo contiene un balance sino también un programa de reformas y, salvo en lo relativo al presupuesto que recibe la Biblioteca y que aumentó considerablemente, deja ver la persistencia de problemas ya conocidos. González prefiere denunciarlo y lo manda a repasar sus lecciones: “Leyó mal la historia de la Edad Media: debe volver a su Marc Bloch o Georges Duby”. Tal vez González transgresor de ayer, que aparece ahora bajo el signo del respeto a las situaciones de hecho, se ha establecido. Hoy, más que cambiar, tal vez prefiera reinar.

El presente texto se publicó en Ñ, Revista de Cultura, edición del día 6 de enero de 2007.

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