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Los biblioclastas

Por Pablo E. Chacón

[La renuncia de Horacio Tarcus a la subdirección de la Biblioteca Nacional acaso coincida con un momento de debilidad del gobierno, lo que autorizaría a calificarlo de oportunista. Pero sería arriesgado calificar cuando en los protocolos de su dimisión, las razones expuestas son antes que políticas, técnicas. Sobre estas razones, un grupo de intelectuales liberales suscribió una solicitada que ataca la gestión del director, Horacio González, dando la razón al calvo inolvidable Domingo Cavallo: los técnicos son técnicos, y los políticos, políticos.]
 
La renuncia del historiador Horacio Tarcus a la subdirección de la Biblioteca Nacional actualizó los supuestos (y endémicos) males que afectan el funcionamiento de ese instituto, denunciados en una larga -y tediosa- carta de renuncia dirigida al director, el sociólogo Horacio González, un viejo peronista de izquierda (si se me disculpa el oxímoron). Pero la carta de renuncia, saludada por algunos intelectuales como el triunfo del seleccionado argentino en el Mundial 78, también puso sobre el tapete una interna del llamado campo intelectual vernáculo que ni siquiera el mismo ex funcionario pareció calcular podía dispararse.

Tarcus, hasta no hace mucho tiempo connotado trotskista, es especialista en bibliotecología y miembro del directorio de la revista El Rodaballo. Entre otras cuestiones, en su renuncia el profesor adujo que “el énfasis puesto por algunos de nosotros (…) en la necesidad de modernizar la Biblioteca Nacional incorporando nuevas tecnologías informáticas fue reiteradamente resistido por Horacio González”, y que “al asumir como director (González) se invirtió la relación de fuerza, perdiéndose el impulso de modernización tecnológica y saneamiento administrativo que (Elvio) Vitali había logrado comenzar a imprimir (en la Biblioteca Nacional)”. En definitiva, que “los objetivos de transparencia y modernización encontraron (…) apoyos de algunos sectores y la obstinada resistencia de otros”. Esos otros sectores estarían representados –para Tarcus y sus adláteres– por la presencia nada fantasmal de sectores de la burocracia sindical, también enquistados en esa alta casa de estudios, a los que González no ha logrado o no ha querido torcer el brazo.

Junto con el historiador también renunció la historiadora Hilda Sabato, que fuera miembro del Club de Cultura Socialista y del directorio del magazine Punto de Vista, cuyo liderazgo ejerce la profesora Beatriz Sarlo, que muchos, desde la otra vereda, consideran la ideóloga en las sombras de la solicitada en apoyo a las modernísimas ideas de Tarcus (en su vertiente bibliotecológica). Si en la cancha se ven los pingos, esa solicitada fue firmada por Carlos Altamirano (otro alfonsinista de izquierda, si se me vuelve a disculpar el oxímoron), Luis Alberto Romero, Andrea Giunta, Adrián Gorelik, Alejandro Katz, Gonzalo Aguilar, María Teresa Gramuglio, Graciela Silvestri, Oscar Terán, Sylvia Saítta, Juan Suriano y José Emilio Burucúa, entre otros. Firmas de lustre socioliberal que coincidieron en “el certero diagnóstico sobre el sombrío estado de la Biblioteca Nacional que detalla Tarcus”, el trotskista.

La impugnación de liberales y trotskistas es muy atendible: “como lectores e investigadores” no pueden ir a menos, y remarcan la necesidad de trabajar en la “modernización de la gestión bibliotecológica, inventario e informatización del patrimonio de la Biblioteca”, y piden una política que apueste a convertir ese antro en el centro “de un moderno sistema bibliotecológico nacional”, que además sea el “reservorio principal de la producción editorial” (y si es de los libros de la sede local de Siglo XXI, mejor todavía).

El altruismo de estos cruzados del celular y el Ipod –que cuando el país era gobernado por Carlos Saúl Menem se insultaban desde las páginas de sus revistas sin vergüenzas ni resquemores, y que ahora, al menos en El Rodaballo y en Punto de Vista, deberían permitirle publicar un artículo a Felipe Pigna, deseoso de academia, y también firmante de la solicitada– no tiene más que una denominación: almas bellas que supimos conseguir. 

Entretanto, en su defensa, González escribió que quienes lo critican “pasan por alto que la Biblioteca no está en la sombra, sino que hizo muchos avances que no dependen de una sola persona y que por lo tanto seguirán su curso. Hay un estilo alarmista muy argentino que en este caso no cabe”. Ese estilo –se supone– es al que no adhieren Tomás Abraham, Christian Ferrer y ¡Ricardo Piglia!, retornado de Princeton para apoyar la ¿burocrática? gestión de González. Acá no habrá premios fraguados que lamentar, y por lo demás, César Aira otra vez brilla por su ausencia.

Sin embargo, quedan, para finalizar, tres enigmas que alguien, alguna vez, quizá logre despejar: el mutismo del secretario de Cultura de la Nación, José Nun; la alianza táctica entre el liberalismo y el trotskismo, ¿no será la traducción intelectual de la impotencia política que se opone al peronismo en el poder, y que en ese campo se tramita en los desesperados espasmos de Blumberg, Carrió, Lavagna, Macri y otros esperpentos?; ¿no será que todo el espectro político local, si se exceptúan las rencillas para “expertos”, está jugando el juego de la única interna que realmente pesa en este país, la interna del peronismo?

En ese caso, habría que pensar que peronistas y antiperonistas han encontrado la fórmula para salir de esa oposición: en la Argentina todos somos peronistas.

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