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Falencias de larga data

Por Oscar Terán

No resultan novedosas las falencias que los usuarios de la Biblioteca Nacional padecen desde hace mucho tiempo, resultado de causas profundamente instaladas en su estructura institucional. Los resultados terminales están a la vista de quienquiera mirarlos. No acudiré por razones obvias a contrastar nuestra realidad con la Biblioteca del Congreso de Washington, que incorpora en un día el total de materiales de lo que nosotros en un año . Más interesante es conocer que nuestra Biblioteca Nacional cuenta con 800.000 ejemplares, mientras que la del Brasil multiplica por cuatro esa cantidad.  

Y si la nuestra está como está es porque padeció décadas de abandono, agravado por la barbarie e ignorancia de las dictaduras militares. Hoy nuestra recuperada democracia política resulta proclive a cierta cautelosa esperanza. Pero es evidente que las carencias señaladas por el informe del renunciante vicedirector Horacio Tarcus merecen una respuesta que no desvíe la cuestión hacia la dicotomía de si la biblioteca debe cumplir las funciones de difusión cultural o las de un reservorio bibliográfico.

Nos merecemos un aporte mínimo de distanciamiento para no embarcarnos en polémicas que hablan más de los narcisismos, amistades y pasiones ideológicas que sobre el objeto en cuestión. Porque, como estatuye la Unesco, la función de una biblioteca es nítida: seleccionar, catalogar, conservar y difundir el patrimonio bibliográfico de un país y de las obras extranjeras representativas.

Si esa función no se cumple cabalmente, aun con la reciente participación en su gestión y asesoría de reconocidos intelectuales, a lo que se han sumado los últimos incrementos presupuestarios, se debe en buena medida a que (como es un secreto a voces) la biblioteca padece las lacras de corporativismo, clientelismo y presiones mal llamadas políticas y sindicales que atentan contra los criterios meritocráticos de selección de una parte de su personal. Porque hay que decir lo obvio: la bibliotecología es una disciplina consolidada, que entre nosotros cuenta con instancias terciarias y universitarias de formación y habilitación.

Por todo ello resulta oscurecedor instalar la discusión entre biblioteca de libros o biblioteca de eventos culturales. Nadie podría desconocer la buena intención de encuentros y publicaciones últimamente realizados. Sólo que también en las gestiones estatales existen prioridades. Así, lo primero que aprende un joven becario del Conicet es que en nuestro país muchas veces le llevará semanas conseguir un libro que en otros lugares conseguiría en minutos. El calificativo que esa biblioteca recibirá de su parte es un aplazo que no se promedia con sus eventos culturales.

Actuar al revés implica avanzar sobre un terreno en donde aún no se hallan consolidados los poderes corporativos prebendarios que incumplen sus funciones pagadas con dineros públicos. Una manera, en fin, de encubrir las fallas estructurales y duras de domar de la función específica e imprescindible de una biblioteca nacional.

Este artículo apareció en el diario La Nación el 14 de enero de 2006.

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