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Una reserva de memoria, en crisis

Por Laura Casanovas

La Biblioteca Nacional debe reunir y preservar todo el acervo bibliográfico del país y ponerlo a disposición del público de manera accesible. Cumplida esta misión, puede sumar actividades de difusión cultural. Así opinan intelectuales, investigadores y especialistas argentinos consultados por La Nación sobre la tarea que debe tener una biblioteca nacional, la institución que en un país actúa como reservorio de su memoria.  

La Biblioteca Nacional volvió a ser centro de una polémica cuando, hace dos semanas, la renuncia de Horacio Tarcus como vicedirector puso en evidencia dos modelos de gestión: uno impulsado por el especialista que priorizó la investigación y la modernización, y otro propuesto por el director, Horacio González, que prefiere otorgarle un perfil de difusor cultural. En tanto, el secretario de Cultura de la Nación, José Nun, nombró anteayer como nueva vicedirectora a Elsa Barber, con un perfil técnico en sintonía con el de su antecesor.

En su edificio de Agüero 2502, la Biblioteca Nacional guarda 800.000 ejemplares y recibió el año pasado unos 600 lectores por día, 20% menos que en 2005.

Las personalidades consultadas dijeron que no es conducente plantear si la Biblioteca debe ser un reservorio bibliográfico o una institución dedicada a la difusión cultural, sino que se trata de que cumpla su función que en todo el mundo responde a la misma definición: reunir, conservar y difundir todo el patrimonio bibliográfico del país y adquirir las obras extranjeras representativas. Estiman lejano este objetivo y consideran que los problemas de la institución son históricos, porque nunca se tuvo claro qué función debe cumplir.

Para Ana Peruchena Zimmermann, ex presidenta de la Asociación de Bibliotecarios Graduados de la República Argentina (Abgra), “una biblioteca nacional tiene que preservar todo lo que se edita en el país y lo que se publica en el exterior sobre el país; recién después se puede agregar toda la actividad cultural”.

La especialista expresó: “Cualquier biblioteca del mundo está informatizada, mientras que acá tardás 40 minutos en encontrar un libro. Además, hace 25 años estábamos en similar cantidad de volúmenes que ahora, porque no se incorpora toda la bibliografía nacional. Este es el único país donde ni el Estado ni el público han tenido históricamente en claro la función que debe cumplir una biblioteca nacional”.

A diferencia de otros momentos, hoy la institución cuenta con un presupuesto récord. En 2006 consiguió $ 17 millones, más un refuerzo de $ 3 millones pedido por el director, contra los $ 7 y $ 12 millones de 2004 y 2005. “No deberíamos quejarnos del presupuesto actual, pero sí de cómo se usa, porque no se aplica a los objetivos prioritarios”, expresó Peruchena Zimmermann.

Para José Emilio Burucúa, doctor en Historia del Arte, “está claro en todo el mundo que la función básica de una biblioteca nacional es acumular el mayor acervo posible de libros y de soportes y hacerlos accesibles a un público numeroso; si no se cumple eso, lo demás es superfluo”. El investigador indicó que es fundamental la informatización de la documentación y advirtió que desde los años 60 no se cumple con el catálogo pormenorizado de la bibliografía nacional. “Como miembro de la Unesco, la Argentina tiene un compromiso en este sentido. Nuestro retraso nos pone en la misma vereda de Haití y Burkina Faso.”

Dedicarse a los libros
Fernando Rocchi
, director de la maestría en Historia de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), manifestó: “La discución es absurda, la Biblioteca Nacional debe reunir todos los libros en sus distintos formatos, y su consulta debe ser eficiente. No están todos los libros que deberían y también se debe poder acceder a bases de datos. Estamos a años mil de todo esto, incluso respecto de nuestros pares de América latina”, opinó.

Para el historiador está muy bien realizar actividades de difusión cultural, pero esto no puede chocar con la actividad principal: dedicarse a los libros. “Los eventos en todo caso tienen que estar en relación con la actividad específica de la biblioteca”, dijo.

Según la escritora Silvia Hopenhayn, aunque lo que define la función de la Biblioteca es la metodología archivista y la relación con los investigadores, no debería desaprovecharse “el espíritu convocante” de sus salas para el público lector. “Se debería implementar una política que no la defina sólo como archivista o difusora cultural. Lo que importa es cómo se implementa cada actividad, sin que una desmerezca la otra o arrastre el presupuesto”, afirmó.
Este artículo apareció en el diario La Nación el 14 de enero de 2007.

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