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No es una discusión en abstracto

Por María Pía López

En las últimas semanas la Biblioteca Nacional y los modos de dirigirla han sido el centro de un debate que si bien no ha omitido el agravio personal a su director, ha tenido la virtud de desplegar una serie de discusiones y diferencias que atraviesan el mundo intelectual argentino. Porque lo que está en cuestión, cuando se discute de qué modos se gestiona la Biblioteca, son ideas acerca de la política, las instituciones públicas y los modos de intervención intelectual. No se trata, es claro, de una discusión en abstracto sobre estas ideas: una disputa por el poder en una institución cara a los activistas culturales de la Argentina se ha convertido en el núcleo de debates no poco relevantes.  El origen –explícito en las argumentaciones con las que el ex subdirector justificó su renuncia, pero también en el apoyo presuroso y alarmado del diario La Nación y de un grupo de investigadores– no debe excusarnos de la reflexión sobre las trazas fundamentales de la división que, ahora, se hace explícita y que tuvo la forma brusca de firmas enfrentadas en distintas convocatorias.

No es la disposición de la Biblioteca a enlazarse con la más novedosa técnica lo que se juega: pruebas abundantes ha dado la gestión actual de su compromiso en colocar la técnica no sólo como herramienta de preservación y difusión, que permite una redefinición de la condición del lector, sino también como objeto de una reflexión sobre sus potencias y obstáculos. Antes que la renuencia de un primitivismo atemorizado, las intervenciones públicas que ha realizado la Biblioteca exhiben un intento, tan complejo como profundo, de pensar al mismo tiempo la aplicación tecnológica y sus efectos.

¿Qué significa acusar a una institución de pensar sus propias condiciones de funcionamiento y de situarse reflexivamente respecto de sus transformaciones? ¿Lo grave no sería una institución despojada de esa conciencia sobre los lenguajes, los métodos, las formas del conocer? La oposición entre técnica –modernizadora– y debates –primitivistas– exime a quienes la forjan de concebir modos necesariamente innovadores de tratar la gestión de lo público. En un país cuyas instituciones han sido despojadas de sus sentidos tradicionales y también del don de la creencia social, su renovación exige no omitir capa alguna de los problemas.

Se trata de no convertir en fórmulas abstractas los problemas que es necesario afrontar, conversión que se opera aislando ciertas zonas del conocimiento social –la técnica, la ciencia– como patrimonio de especialistas, y poniendo los datos “concretos” al servicio de una idea ya constituida. Menos se trata de considerar abstractamente la institución que debe afrontarlos. Las instituciones estatales no han sido sustraídas de lógicas corporativas que tienden a fracturar el espacio de lo común en función de intereses sectoriales. Tampoco el campo intelectual, ni los ámbitos universitarios. Ese modo de funcionamiento lejos está de provocar la necesaria renovación de lo público. El problema es cómo se lo contrapesa, desde qué idea de la política, desde qué prácticas. La visión de una serie de ciudadanos separados, confrontados a las instituciones como consumidores o clientes, no sólo porta los problemas que la teoría crítica se encargó tenazmente de señalar. Más aún: es una visión que peca de falsedad. Lo social, que no cesa de politizarse en distintos sentidos, es una trama de encuentros, lazos, conflictos, que atraviesan las posiciones individuales. Cómo se forjan los lazos entre esas zonas de lo social –vínculos que suponen instancias de pensamiento, de intervención cultural, de incitación, de renovación técnica– puede ser el desafío fundante de una institución como la Biblioteca Nacional.

En este sentido, dos caminos parecen inconducentes –o sólo conducentes a sentar posiciones maniqueas y empobrecedoras–. Uno, el que opone una lógica del ciudadano-consumidor y una lógica de los privilegios corporativos. Ambas son compatibles y podrían ser reunidas incluso bajo el signo de la técnica y de la ciencia. Ninguna de esas lógicas debe ser el pivote de las políticas institucionales. El otro es el que considera opuestas las intervenciones culturales y las innovaciones técnicas. Si lo que está en juego es el sentido de una institución, no será sobre el deshilvanamiento de su entramado con un amplio mundo cultural e intelectual. Precisamente, porque no hay sólo –salvo en la abstracción de su formulación o en el deseo de sus formuladores– tal serie de ciudadanos separados que se acercan con el ticket correspondiente a solicitar la provisión de un servicio. La trama de la cultura nacional, en la que existe la Biblioteca, supone grupos activos, espacios de discusión, sistemas de afinidades, líneas de investigación, que se entrecruzan con ella.

¿Por qué imaginar que lo que existe no existe? ¿Por qué desmontar, de la experiencia misma de la Biblioteca, esas dimensiones? Se lo hace en nombre de una proveeduría eficiente de servicios para investigadores, como si la expansión de las intervenciones que una Biblioteca Nacional toma a su cargo, incita o respalda, fuera en desmedro del acopio de datos o la elaboración teórica más rigurosa. Investigadores somos, pero también activistas culturales y personas de sensibilidad política: no pretendemos instituciones culturales incapaces de dialogar con esa multiplicidad de nuestras vidas. No se trata, sólo, como se ha considerado en Ñ hace una semana, de dos intelectuales. Se trata, también, de modos diferentes de valorar las intervenciones culturales. Las personas que han respaldado públicamente la dirección actual de la Biblioteca Nacional participan de modos bien diversos de la vida pública argentina y no suelen expresarse en favor del gobierno actual. Es su misma heterogeneidad, y la imposibilidad de considerarlos un grupo de afinidad o de interés, lo que indica que la Biblioteca Nacional no sólo no ha dejado de cumplir sus funciones naturales, sino que ha creado modos novedosos de habitar el entramado cultural.

Este artículo apareció en el diario Página/12 el 14 de enero de 2007.

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