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Las palabras y las cosas

Por Horacio Tarcus

El diario Clarín del día de hoy [13 de enero de 2007, ndr] decidió hacerse eco de un “anónimo” que, según el propio matutino, fue dirigido a los medios de comunicación desde “fuentes” de la Biblioteca Nacional. Lo hizo a través de una nota, que firma Patricia Kolesnicov, titulada “La denuncia sobre la Biblioteca Nacional tenía varios párrafos copiados”. En ella, haciendo gala del peor amarillismo periodístico, se anuncia con grandes titulares que mi carta de renuncia al cargo de Subdirector de la Biblioteca Nacional dirigida al Secretario de Cultura el pasado 27 de diciembre “copia”, sin citarlos, párrafos de un diario español?

Mi carta de renuncia consiguió hacer público un cuadro crítico de la Biblioteca Nacional con datos y referencias precisas sin apelar al método de la denuncia ni a imprecisas y oscuras fuentes. Es que a diferencia de otras bibliotecas del mundo, nuestra Biblioteca Nacional no produce ni difunde estadísticas ni análisis sobre su funcionamiento ni sobre los servicios que brinda (como la relación entre presupuesto e inversión tecnológica, o sobre el crecimiento de su patrimonio, o sobre el crecimiento o decrecimiento del número de lectores, etc.). Por eso, para la elaboración de mi Informe de Gestión y de mi carta de renuncia era imprescindible articular los datos relevados in situ en la Biblioteca Nacional durante un año de gestión con las más diversas fuentes disponibles. Acudí, pues, a los precisos informes de la SIGEN; al informe no menos crítico sobre la Biblioteca Nacional elaborado por el director Elvio Vitali para la conferencia de prensa brindada en setiembre de 2004; a las páginas web de ABGRA, de ABINIA y de varias bibliotecas nacionales latinoamericanas y al dossier de debate sobre el rol de la Biblioteca Nacional española, entre muchos otros textos. No se trata de textos de investigación o creación literaria firmados por un autor, sino de documentos públicos institucionales, que usé libremente tomando datos y descripciones de procesos técnicos sobre las bibliotecas de nuestro país y de todo el mundo. Al no tratarse de ideas originales de un autor personal ni colectivo, hubiese sido ridículo entrecomillar y citar al pie la fuente de datos o de descripciones de procesos técnicos, por otra parte no exclusivas de dichas fuentes.

De 9 páginas a espacio simple de mi carta y de 40 páginas en igual formato de mi Informe de gestión, la “fuente” de la Biblioteca Nacional detecta tres párrafos –en verdad, cuatro oraciones– de descripción de procesos técnicos bibliotecológicos “copiados” del debate sobre el rol de la Biblioteca Nacional española. Por mi parte, para regocijo de la prensa amarilla, podría añadir que “copié” (cierto que en forma abreviada) un párrafo con información sobre la Biblioteca Nacional de Brasil de su página web, que los datos de las Bibliotecas Nacionales de Chile y México están “copiados” de la página de ABINIA… Ahora, bien, ¿qué es lo que prueba esto? ¿En qué desmerece el cuadro crítico de situación por mí presentado? Como todo texto, también mi carta puede ser leída como un palimpsesto y desmenuzada frase por frase buscando influencias, citas ocultas, ecos de otros textos… Que lo haga quien lo quiera hacer, no tengo fuentes oscuras que ocultar, pero ¿vale la pena tomarse semejante trabajo? ¿En aras de qué? Mi carta no es un texto literario que reclama originalidad frase por frase, sino un diagnóstico crítico que busca dar cuenta de una realidad institucional penosa. Lejos de ser original, este diagnóstico es compartido por casi todo el campo bibliotecológico, no sólo de nuestro país sino del mundo entero. No pido otro mérito que la responsabilidad de haberlo hecho público aún sabiendo que esos gestos no se perdonan y exponen a su autor a este tipo de mezquindades.

Hasta el momento, nadie desmintió mi diagnóstico crítico de la Biblioteca Nacional. Es más, el campo de los investigadores lo avaló públicamente porque vio reflejada en mis palabras su propia y penosa experiencia. El propio Director también lo reconoció públicamente al admitir que se trataba de “males conocidos”. Incluso los ensayistas y los periodistas de la izquierda populista que avalan la gestión del Dr. González hacen grandes gestos a favor de la dimensión simbólica de la Biblioteca Nacional, pero evitan referirse al cuadro crítico de tal institución en tanto que biblioteca (es comprensible, por otra parte, que quienes más padecen el mal servicio que presta la Biblioteca Nacional sean los que quieren leer y no tanto que acuden a conferenciar?).

Pero, volviendo al punto, la Dirección de la Biblioteca Nacional, no pudiendo desmentir el diagnóstico, se ha propuesto desprestigiar a quien se atrevió a formularlo y hacerlo público. Aunque sin asumirlo directamente, acude al método soez de la acusación, sugiriendo un “plagio” donde no lo hay ni podría haberlo. Desde luego, es más tranquilizador creer que el cuadro de la situación que presenta mi carta es un puzzle de críticas tomadas de textos de otros países, que aceptar que los argentinos nos tenemos que conformar con la Biblioteca Nacional de la República de Feudalia. Pero como no subestimo a la opinión pública, no creo que esta penosa manipulación logre desenfocar el tema de fondo. Sin duda, se trata de buscar un reemplazante en la Subdirección, archivar el expediente y esperar que el episodio pase al olvido. Por mi parte, hago votos porque el debate prosiga, pero el debate en serio. Porque a diferencia de otros momentos en que la Biblioteca Nacional se instalaba en los medios a partir de escándalos y denuncias de todo tipo, aquí se ha abierto un debate bibliotecológico, intelectual y político con el suficiente vigor como para convocar a los más diversos actores. La prosecución del debate necesita de una prensa seria, a la altura de semejante cometido.

El reciente nombramiento de la Bibliotecóloga Elsa Barber como Subdirectora de la Biblioteca Nacional es un acontecimiento histórico en la propia institución y en el país. Es una profesional de gran probidad y capacidad. Pero necesitará un gran apoyo para emprender la normalización institucional, la informatización de todos los procesos bibliotecológicos y la mejora en la atención al público lector. Si no lo obtiene, se repetirán las mismas contradicciones y se alzarán los mismos obstáculos que me llevaron a renunciar en diciembre pasado. Para la ciudadanía, el mejor modo de acompañar su gestión será mantener vivo el debate público. Ojalá la Subdirectora pueda contar entre sus respaldos con una opinión pública alerta, que siga discutiendo la misión de una Biblioteca Nacional a la altura de los tiempos.

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