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Debates en la Biblioteca Nacional

Por Horacio González 

Las discusiones que tienen lugar en torno a la Biblioteca Nacional son de vital importancia para el país. El actual debate nos conduce a dos ámbitos específicos. Primero, en relación a cómo proceder frente a la elección de las tecnologías. Y luego, cómo definir los espacios propios de la actuación intelectual. En todo caso, se nos lleva a la realidad de los modelos tecnológicos en nuestro país y de los estilos con que se ejerce la vocación cultural e intelectual. Ambos temas se hallan intervinculados.  

La técnica no es exterior al mundo humano, nos constituye y la constituimos. Surge de debates, opciones, apuestas de conocimiento. La técnica debe siempre ser pensada, preguntada. El debate tiene entonces, también, una dimensión ética, en el sentido de que es permanentemente electiva. Las personas y grupos que se pronunciaron en el debate de la Biblioteca Nacional también hacen elecciones en términos de sus estilos de trabajo, de sus artesanías intelectuales y de sus relaciones con el entorno tecnológico. Aquí también, partiendo de la revolución técnica que nos habita, hay una interesante discusión sobre la manera en que los nue vos conceptos de información y comunicación ingresaron en el terreno del saber con una potencialidad sugestiva, proponiendo nuevos tratos a la materia escrita, a los estilos de citar y hasta de pensar. El papel de libro, su propio concepto, también está en el trayecto de esta discusión.

Las viejas artes, oficios y disposiciones intelectuales no desaparecen en su lenguaje específico sino que al contrario, dejan el fuerte sello de sus lenguajes en el mundo digital como éste los deja en ellas. Pues se halla asimismo en debate la idea misma de soporte, que traduce la evolución misma de la materia sensible, tanto natural, arquitectural o abstracta, y que objetiva la imaginación humana. Vemos a menudo que la compleja noción de soporte permite escribir la historia de la civilización desde las inscripciones sobre piedra o arcilla hasta los llamados mensajes de texto. Esta idea de soporte es una de las conquistas del lenguaje civilizatorio a la luz de las grandes mutaciones técnicas. Pero si se la mira con atención, es necesario advertir que el desarrollo de la cultura humana no es una simple sucesión lineal de soportes homogéneos entre sí. No hay modernización lineal. La hay en medio de distintas decisiones sobre la sociedad, con sus divisiones y complejidades.

Por ejemplo, el libro no puede ser un objeto sometido a un simple juicio sobre una sucesión indiferenciada de soportes técnicos. El libro es una categoría permanente en la historia de la cultura material y la imaginación humana. Los nuevos soportes prescinden del nombre “libro” y utilizan la expresión “texto”, siempre disponible en la historia cultural, pero que ahora tiene un valor operativo novedoso que habrá que investigar, como lo obliga la redacción de millones de microcartas con sinopsis lingüísticas a través de la telefonía celular. Por lo tanto, no es que haya tecnologías cerradas y por una cómoda elección cultural nos apropiamos de tal o cual aspecto que pasaría a favorecer nuestra vida de una manera fija. Cada metamorfosis tecnológica entra en relación viva y abierta con simultáneas capas de historia. No hay capítulos definitivamente cerrados en el pensar técnico.

Del mismo modo, aun sin abusar de la ampliación del concepto de tecnología –como la que hizo conocer Foucault bajo conceptos como “tecnologías del yo”– debemos decir que también hay procederes propios del pensar moral y cultural. Y por esa vía pueden redefinirse actitudes del tejido intelectual cuando se debe optar frente a la reserva de textos, de documentos, de diccionarios y de documentos disponibles en el conjunto de la experiencia humana, a fin de realizar su examen.

Los modos de cita, la elaboración del lenguaje con sus infinitos modos de expresión, la elección escritural, son también decisiones éticas –no en el sentido trascendentalista, sino como forma íntima que mueve nuestras opiniones profundas–, que influirán decisivamente sobre los infinitamente diversos estilos de investigación. ¿Cómo investigan hoy Viñas, ayer Groussac? ¿Cómo hacían historia Mitre o Vicente Fidel López, y hoy Galasso, Bayer o Roger Chartier?

El archivo encierra viejos combates que sólo con una alianza entre imaginación técnica y tecnologías emancipadas se puede desentrañar. Una Biblioteca Nacional está fundada por estos debates, estilos y éticas de la consulta y de la cita. En la catalogación en red late el viejo fichero y detrás de éste el bibliorato del copista. Y a veces todo se vierte en una simultaneidad asombrosa sobre la complejidad del presente, como lo muestra el lenguaje de las computadoras, que cuando dicen barra de herramientas están apuntando hacia los gabinetes científicos virtuales y también hacia la trastienda de los antiguos metalúrgicos.

Sería bueno que a partir de los debates que en estos días atravesamos –y esto nos desafía a todos– se comprendiera que según definamos estas cuestiones se eligen los estilos intelectuales, y también los de la lucha política. No es que primero somos eruditos, pensamos diáfanamente y luego opinamos sobre las bibliotecas. Sino que en relación a cómo opinamos sobre esas milenarias maquinarias, las bibliotecas, seremos buenos o pasables intelectuales preparados para la controversia.

Este artículo apareció en el diario Clarín el 9 de enero de 2007.

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