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Articulo

Sobre el dossier Tarcus-González

Por Julio Zoppi

Raro, como encendido…
El debate suscitado en torno a Horacio Tarcus y Horacio González (ex subdirector y director de la Biblioteca Nacional respectivamente) no es una polémica más a las que habitualmente asistimos en las catacumbas de los poderes del estado, donde se dirimen escandalosos duelos de intereses políticos y económicos, y se encarnizan brutales refriegas de apetitos personales. Detrás de este debate subyacen una serie de ingredientes de contenido que lo hacen en extremo singular; desde las interesantes aristas ideológicas y políticas que conlleva –una rareza-, hasta cierta altura y discreción evidenciada en los intercambios con una curiosa ausencia de epítetos o insultos desbordados –otra rareza. Por otra parte, lo que llama de inmediato la atención es la intensa convocatoria de este duelo; la repentina actitud de compromiso militante que cayó como un rayo sobre buena parte de la cultura; investigadores, escritores, intelectuales, docentes y también por qué no figurones sincronizadamente y en tiempo record se deslizaron por un tobogán enjabonado para desparramar firmas de notas y texto de apoyo a cada bando respectivo. Refrendar públicamente un texto en soporte de cualquier causa no es un detalle menor, es algo que no sucede a menudo y generalmente se reserva para sucesos graves como casos de derechos humanos o peligro institucional, cuando se presiente inevitable y urgente dar a conocer una toma de posición. ¿Que razones hay para que esta situación haya despertado tamaño impulso al compromiso público de asumir empadronamientos tan explícitos, tratándose de un tema como el destino de la Biblioteca Nacional que digamos nunca fue demasiado urticante?

Por un parte creo que la carta de renuncia de Tarcus era todo un intencional ensayo documentado en busca de consenso, que logró duplicar su efecto público al pegarse al evento detonante de su renuncia. Una de las claves de su explosivo efecto –a favor y en contra- es que está escrita exibiendo una gran prolijidad escrutadora y expositora. En un ambiente como el de la cultura progresista argentina tomarse un tema técnico en serio ya suele ser en si mismo irritante y sorprendente, puesto que domina la escena un discurso mediático que pareciera entronizar la inoperancia y donde no resolver ni gestionar nada concreto fuera la norma por defecto. Desde las impávidas épocas del delaruismo hasta el más cercano ibarro-telermanismo, especialmente en el ámbito cultural de la ciudad de Buenos Aires se vive en un limbo principista socialistoide que se conforta a si mismo en la supuesta veleidad de su corrección ideológica. Puede que de éstas huestes vengan los mayores apoyos a González, sumado a muchas adhesiones “voto cantado” por razones de verticalismo partidario o de preservación de intereses directos. El target de Tarcus pareciera haber hecho centro en grupos de investigadores e intelectuales independientes que padecen en carne propia a la Biblioteca, a los que se deben sumar ciertas figuras con cartel de “opositores livianos” al kirchnerismo.

La hora de las ideas
Las respuestas que ha dado Horacio González en diversos medios me resultaron desalentadoras; una serie de explicaciones vacuas e inconsistentes que al leerse no hacen más que acrecentar el crédito de los argumentos de su subdirector renunciante.

Mas allá de temas como la falsa dicotomía tecnología vs tradición, centro cultural vs biblioteca, me interesa enfocar la mirada en algunos curiosos ideologismos que desliza para fundar su descargo.

Uno es presentar –o creer- como funcionalmente de izquierdas la defensa de los enclaves facciosos y sectarios de una burocracia sindical, sin importar las consecuencias del deterioro de la calidad de la prestación institucional para la comunidad nacional toda. Se legitimaría de ese modo la oposición de intereses gremiales a los proyectos que implican el crecimiento bibliotecológico, poniendo en evidencia las más nefastas y pésimas prácticas de empleo público, su peor estereotipo encarnado en el personaje del calienta sillas protegido por el sindicato que se niega a cualquier “cooperación” que implique cambiar un alfiler de lugar o que lo aleje un metro del status-quo de su reinado burocrático, o lo deje fuera de algún dividendo prebendario. Luego, sucumbir a esas presiones y justificarlo diciendo que “pertenecen a la composición misma de la administración pública del país” es todo un sofisma por decirlo de un modo elegante. ¿Valdría decir lo mismo para justificar la impasividad frente a la corrupción por ejemplo? Todo queda como un burdo intento de cubrirse por las salpicaduras de una política entre facilista e impotente que aleja a la institución del servicio debido a la comunidad nacional. Los trabajadores de la Biblioteca en tanto trabajadores como cualquiera, merecen canalizar sus demandas donde corresponda, pero no puede aceptarse que este tipo de negociaciones sean un escollo al crecimiento de la calidad de prestación institucional.

El otro esbozo ideológico de González se basa en estigmatizar del peor modo los argumentos de Tarcus acusándolo de ser de derechas por el sólo hecho de propiciar la concreción contundente de objetivos de gestión que hacen a la esencia de la institución. Pero obviamente que González no inaugura nada; la noción que la izquierda está reñida con la eficiencia administrativa o “gerencial”, y que todo hincapié instrumental en la gestión es en si mismo “neoliberal” es un equívoco falaz que a menudo seduce a muchas mentes y espíritus del campo progresista, y que dicho sea de paso un alto costo le hace pagar a las izquierdas porque es una de la causas significativas de su derrumbe como alternativa de poder. Todo lo contrario; históricamente en las democracias occidentales la izquierda fue siempre una alternativa racional de administración y asignación de recursos frente a las típicamente impuestas por la derecha. Donde la derecha privilegiaría el lucro raso a través de entretejer negocios con los grandes intereses del poder económico de turno despreciando los genuinos objetivos sociales y culturales de una institución, la izquierda propiciaría un empleo planificado y racional de los recursos poniendo en primer plano la obtención de la excelencia de ese destino social.

Creo que sería saludable para el mundo recuperar la idea de que la gestión social exitosa puede existir desde la izquierda tal como existe la gestión empresarial privada exitosa desde la derecha. Después de la caída de los socialismos reales, se instaló definitivamente en las democracias liberales una especie de prototipo del “inoperante” de izquierda. El socialismo francés triunfante de principios de los ochenta fue uno de los últimos modelos de gestión de izquierda, asociada a funcionarios que se caracterizaban por una buena formación técnica pero bajo un marco cultural totalizador caracterizado por la influencia del pensamiento de las principales corrientes intelectuales. De la mano de la ola mundial de las privatizaciones noventeras y de la paulatina liquidación de las empresas del estado, la noción de un perfil progresista asociado a la administración eficiente se fue muriendo para dar paso a la instalación de un prototipo “dirigencial” de estruendoso idealismo en lo principista pero adolescente en su implementación, basado en el divague generalista sobre grandilocuentes y altisonantes objetivos “sociales”. Caracterizados por la inoperancia, la pusilanimidad y claudicación ante el más mínimo grupo de presión interno y externo, licuan cualquier posibilidad de conflicto productivo racionalizando su sumisión con fórmulas retóricas; entonces la impotencia frente a las burocracias sindicales se denomina “políticas globales institucionalmente integradoras que reconocen derechos adquiridos”, a la obediencia a los dictados del clientelismo y las presiones de los aparatos políticos se la designa como “articulación institucional de las tradiciones de la cultura política”. En un costado más extremo de la misma tendencia, muchos creen que las instituciones que la izquierda gobierne debe sencillamente “romperlas” sin preocuparse demasiado en “gestionarlas” exitosamente en términos de su fin específico, ya que de esa rotura surgirá alguna tendencia favorable al cambio, aunque no se sepa a que cambio. Pero ese quiebre sobreactuado y vacío de toda proyección, beneficia siempre al sector privado y a los sectores de mayores ingresos quiénes pueden obtener los servicios adquiriéndolos en el mercado privado nacional o extranjero. Todo lo que “rompe” esta izquierda lo factura la derecha y embolsa una vez más los jugosos dividendos sumando nuevas dosis de desigualdad de oportunidades a un sistema que de por sí ya la padece en alto grado. Pasa en la educación pública por ejemplo.

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