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A, ante, bajo, cabe, con la Biblioteca Nacional

Por Guillermo Piro

El título del presente post no adolece de ninguna indecisión o deficiencia metódica o semántica, sino que más bien quiere poner de manifiesto la inhabilidad política de quien redactó la solicitada en adhesión a la gestión a la cabeza de la Biblioteca Nacional (que de eso se trata) que acaba de subir Freidemberg, quien la tituló: “Por la Bilblioteca Nacional” (aunque acabo de ver en Página/12 que alguien, más precavido, sustituyó el “Por” por el “Defensa de”, lo que a fin de cuentas es lo mismo, o peor), como si los firmantes de esta otra –o los que no firman ninguna– estuvieran “en contra” de ella, o se hubieran formado en posición de “atacantes”. Ambas son tretas, nada más. Tan sucias y absurdas que resultan hilarantes.

En muchos casos –no descarto eso– es probable que algunos firmantes estén “en contra” de Horacio González y a favor de Horacio Tarcus –no es mi caso, en ninguna de las dos opciones– del mismo modo que muchos de los firmantes de la otra solicitada no son más que una banda desvergonzada de chupamedias –no todos, por suerte, pero he visto varios nombres que hacen que retroceda de miedo con solo verlos en la guía telefónica– y varios más a los que conozco y no tengo dudas que ni siquiera leyeron lo que estaban firmando. Allá ellos. De lo que en realidad se trata –aunque todo es un poco más complicado– es de apoyar o no una gestión que considera que entre las actividades de una biblioteca está editar libros y revistas –como si no hubieran editoriales o privados subvencionados o subvencionables capaces de tomarse ese trabajo y sacar rédito con ello–, promover la escalada inmobiliaria de Barrio Norte y alrededores –de la que se ya se vanagloriaba el ex director Oscar Sbarra Mitre en plena gestión menemista, cuando tuvo la formidable idea de hacer construir la “Plaza del lector”, una ocurrencia que aún hoy nos llena de vergüenza– y, ya que estamos, dedicarse a la venta de pochoclo, profilácticos y pantuflas. Lo que se discute es si una biblioteca debe ser, además, un centro cultural, o simplemente una biblioteca –lo que no es, y a este paso no será nunca.

Por respeto a los firmantes de la solicitada que sigue, mantengo el título con que circuló por mail: “Biblioteca Nacional”, simplemente, sin ninguna preposición (que tal vez alguien, más tarde, al momento de su publicación, se ocupará de agregar).

Personalmente considero a Horacio González un hombre probo, inteligente y honesto –es absolutamente extraordinario, por lo inusual, que en esta discusión haya quedado afuera la palabra “corrupción”–, pero con un proyecto de Biblioteca que, de seguir así, que al menos se dignen a cambiarle el nombre, y que de Biblioteca Nacional pase a llamarse “Biblioteca Titanic: un proyecto de institución condenado a hundirse”.

Una última cosa: quiero dejar constancia de que el o los gestores de la solicitada en apoyo de la gestión y el diagnóstico planteado por Horacio Tarcus en el texto de su renuncia al cargo de vicedirector han tenido, al menos, la amabilidad de ordenar las adhesiones en orden alfabético. Lo que no es poco.

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