Gualeguaychú es una bosta
Montes-Bradley no es un fantasma recorriendo Occidente, pero tanta es la estupidez y la ceguera reinante, tanta la intolerancia a que a nuestras causas justas aparezca alguien que se oponga, que desde el vamos, sin que nadie sepa de qué habla, se convirtió, de un día para otro, en objeto de escarnio público por parte de los asambleístas de Gualeguaychú, poniendo en evidencia la estupidez que el mismo Montes-Bradley denuncia en su documental.
Un documental que no es tal, porque no deja que la realidad hable por sí sola. Montes-Bradley es alguien que tiene algo que decir, y lo que dice no es estúpido.
El film No a los Papelones tiene escasas –debería decir escasísimas– probabilidades de ser visto en la Argentina. Los exhibidores, ante la sola idea, recuerdan el efecto ochentista de pretender exhibir en una sala comercial Yo te saludo, María, de Godard, y las hordas de fascistas queriendo tirar abajo el cine, o mejor, quemarlo. Y los asambleístas de Gualeguaychú –nadie lo dice, Montes-Bradley sí– son protofacistas de la primera o la última hora, mitómanos ignorantes, xenófobos y nacionalistas, como todo buen fascista debe ser. Nadie va a exhibirla, y lo que queda es darse un salto a Uruguay –si los asambleístas lo permiten, si antes no nos ganan de mano e invaden Uruguay para evitar que se exhiba: son cosas que sólo un fascista de capaz de hacer– y verla. Bien, pero ¿ver qué? Una película de tesis, un ensayo en donde en off el realizador, con prosa humorística e injuriosa, saca a relucir un florilegio de frases célebres, del estilo: “Gualeguaychú es una bosta”, “Si se llegara a inaugurar un natatorio en Gualeguaychú, perdemos a loas asambleístas por la causa del waterpolo”, “¡Salte la soga, remonte el barrilete, cébese un mate y haga un piquete!” (esto último dicho mientras en la pantalla desfila una nueva generación de asambleístas, adaptando el escenario piquetero a sus juegos infantiles, porque tampoco es cuestión de aburrirse), “Un promedio de 10.000 argentinos mueren al año en accidentes de tránsito. La cifra es superior a las víctimas civiles en la guerra de Irak. ¿Por qué preocuparse de que los uruguayos nos quieran matar si nosotros estamos haciendo un buen laburo?”.
Para Montes-Bradley, la culpa del conflicto de Gualeguaychú la tiene el aburrimiento, el principal generador de las causas nacionales. En este caso, una disputa regional de menor calibre fue llevado al estrado “poniendo definitivamente a Gualeguaychú en el mapa de los conflictos irracionales, internacionales”.
Todo no es más que una batalla falaz, porque, como dice Montes-Bradley en su película, mientras se ve al Secretario de Cultura de Gualeguaychú fumando: “Antes de que nos destruya la lluvia ácida, nos va a liquidar el pucho”


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