Articulo

Un trago siempre detrás

Por Soledad Vallejos

Los vagos y malentretenidos se amontonaban en los almacenes de ramos generales. Los primeros afrancesados porteños, en los primeros bares que emulaban la sociabilidad parisina de veredas democráticas para disfrute –al menos espacialmente compartido– del caballero y el rasca. Los varoncitos de sociedad, en la privacidad endogámica del club. El bar, el café, era territorio masculino, lo mismo que todo lo que de allí se ponía en juego y derivaba: básicamente no el café sino –claro– el alcohol. “Murmullos confesionales y pendencias de ebriedad o de ultraje hacen de los cafés un lugar donde se ostenta un honor que más de una vez será (…) un escudo funerario”, escribieron Fernando Devoto y Marta Madero en el volumen de Historia de la vida privada en la Argentina dedicado al período 1870-1930.

Las chicas, en cambio, las señoras, además, las señoritas también, ellas nada de nada. Excluidas de la liberación que podía convertirse en condena. (por algo las sociedades de socorro moral e higienista hacían de la lucha contra el alcoholismo de los señores trabajadores una bandera irrenunciable; por algo ese mismo tema lo retomó el socialismo, luego también el peronismo. Pero el vicio era masculino y público: nunca mujeril, ni privado ni público). Si eran fabriqueras, de la casa a la fábrica, de la fábrica a casa; no fueran a decir los vecinos que daban malos pasos. Si eran vendedoras (de fantasías, de géneros, de lo que fuera), menos que menos: la escasa honorabilidad concedida a esas trabajadoras no permitía distracciones. Las de sociedad, ah, cuándo no, ahí la cosa empezaba a mostrar otros tintes, por no decir colores, aromas, graduaciones. A media mañana no porque había desayunos copiosos e infusiones varias; a mediodía una pequeña medida de algo, porque estimula y sienta bien; a la tarde, bueno, la siesta. ¿Y el despertar de la siesta? El despertar de la siesta no tenía excusa, y si la señora recibía, porque recibía, y sino porque de otra manera se aburría: las chicas de antes –a ver si alguien cree que el after office acaba de inventarse– no usarían gomina pero ni falta que les hacía: con los licores de los encuentros de damas alcanzaba y sobraba. De huevo, de oro, de frutas, de una casa exquisita, casero, de una receta heredada y reproducida con celos; de donde fuera, allí estaba, y allí perduró esa sana costumbre de la copita a la hora en que el día se va pero todavía perdura y qué le vamos a hacer. La división de géneros se extendía de los usos y costumbres a las sustancias mismas: las chicas tomaban con las chicas y jugando a que no; los chicos con los chicos y demostrando que sí.

Afortunadamente, las cosas se fueron transformando, y de la cueva unisex y la exclusividad de los ritos privados, pasó lo que fue pasando en una loca carrera hasta hoy, que nos encuentra alabando bondades de copas, cristales, terruños y terroirs, bouquets, colores, maridajes y combinaciones, como quien habla de cine. Algo pasó, en el medio, algo por no decir mucho: puede ser hedonismo, puede ser compartir, puede ser llegar al límite o excederse. Su presencia, uso, abuso –como todo aquello que cae en nuestras manos siempre tan inclinadas a la libertad y también al libertinaje– tiene una particularidad importante: si quisiera, podría habilitarlo casi todo. (Bette Midler era de decir que “trato de no tomar demasiado porque cuando estoy borracha muerdo”.) O no. (Humphrey Bogart: “El problema con el mundo es que siempre está un trago detrás”.)

En algunos oídos, su nombre es sinónimo de festejo; aún peor: de adhesión al festejo (tan luego esa compulsión de llevar a todo el mundo a celebrar, sonreír, brindar, a una hora precisa). En otros, habla de la única compañía posible. Hay definiciones aburridas como la de la Real Academia Española: “Cada uno de los compuestos orgánicos que contienen el grupo hidroxilo unido a un radical alifático o a alguno de sus derivados”. Pero también definiciones deliciosas y provocadoras como la que Mario Kardahi y Raúl Echenique dan en El arte de la exquisitez y del buen vivir: “Así como el hielo es el alma del cóctel, el alcohol es el alma de las bebidas”. Y ya que estamos, por qué no estirarnos y decir: también de las fiestas. Se dirá que no necesariamente, pero también se podrá retrucar que forma parte inevitable de la escenografía: un elemento necesario aunque no suficiente; es lo que desencadena, lo que podría desencadenar y también todo lo contrario: las expectativas de lo por venir que se ahogan y sucumben y aquí no ha pasado nada porque se sirvió de todo de más. Lo importante es que nunca se sabe; mañana será otro día. Salud.

Este artículo apareció en el suplemento Las 12, de Página/12, el 29 de diciembre de 2006.

Foto: Bernardino Avila

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