Blanco o tinto: ¿por qué “o”?
Quien acostumbra ver el vaso medio vacío durante todo el año llega a la mesa del 31 con la secreta intención de dar vuelta su destino antes de las 12. No hay más razones que ésta para no detenerse ni un segundo a devolver saludos y cumplidos, ubicarse primera a la mesa, identificar la copa medio vacía y levantarla hacia el cielo con la vehemencia que supieron tener hace años las maestras durante los actos patrios. Afortunadamente el lenguaje de las copas en estas fiestas es más elocuente que en las sesiones espiritistas. Como una aparición alguien descorcha una botella mientras agrega de oficio: “¿Sidra o champagne?” Sin ánimos de ironizar ella responde: “¿Por qué o?”. Mitad llena y mitad llena, la copa va y viene de la boca a la aparición que llegado cierto punto ya no pregunta y sirve.
El juego se interrumpe por un súbito ataque de urbanidad: ¿Será de buena educación chocar las copas? En la Antigüedad, según una leyenda dudosa, los brindantes las chocaban para que los fluidos se mezclaran y evitaran la sospecha de que el anfitrión pretendía envenenar al invitado. El brindis era antes una especie de desarme, declaración de paz en tiempos gastronómicos. Ahora mismo ella acaba de decidir comenzar este año sin rencor y sin veneno, por eso es la primera en empujar la silla hacia atrás y rodear la mesa en busca de comensales para chocar. ¿Blanco o tinto? “Felicidades”, responde mientras alarga su copa sin ánimo de ironizar.
Casi al final alguien advierte que había que mirarse a los ojos sí o sí. Otro enumera las desgracias de la libido y la muerte de erotismo que espera en el infierno de los no creyentes. Ella que nunca ha creído en nada, ahora tiembla ante la posibilidad de que se cumpla la profecía. Por fin puede creer, lo que no puede a esta altura es fijar la vista en un punto y mucho menos determinar con precisión de dónde viene el brindis. Solícito alguien le responde que “brindis” se remonta al siglo XVI y tiene como motivo la celebración de una victoria del ejército de Carlos V sobre Roma. Lactancio, caballero de la corte del Emperador, convence a uno de los testigos del saqueo de que su jefe no tuvo culpa alguna y que fue Dios quien permitió la matanza por el bien de la cristiandad. Por eso llenan sus copas de vino, las alzan al frente y dicen a coro: “bring dir’s” que en nuestro idioma equivale a “Yo te lo ofrezco”. Gracias, responde ella alargando la copa en señal de saludo a lo que debe de ser el último invitado.
El año que viene, en lugar de concentrarse tanto en la maldita copa, va a empezar de temprano clavándole los ojos a todo ser vivo que se le cruce. Además ella va a aportar la otra versión que dice que los comensales solían levantar y golpear sus copas para llamar la atención de los sirvientes y que les sirvieran más bebida. Afortunadamente el lenguaje de las almas en estas fiestas es más elocuente que en las sesiones espiritistas. Como una aparición alguien destapa una botella mientras agrega de oficio: “¿Sin gas, mamá?”¿O finamente gasificada?” Sin ánimos de ironizar ella estira la copa y responde: “Feliz año”.
Este artículo apareció en el suplemento Las 12, de Página/12, el 29 de diciembre de 2006.


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