Articulo

El percatado (basado en hechos reales)

Por Julio Zoppi

El aeropuerto Hartsfield-Jackson de Atlanta en los Estados Unidos es uno de los más grandes y modernos del mundo. Llegué allí desde Buenos Aires para hacer escala y tomar la conexión con destino a Los Angeles. Una vez pasado el filtro de migraciones me dispuse a hacer uso del tren subterráneo que permite moverse de la terminal internacional “E” hasta la “A” donde salen los vuelos locales. Seguí la flecha y el cartel que indicaba el acceso a la estación para tomar el tren y abordé la correspondiente escalera mecánica descendente. Una vez abajo me hallé junto a muy poca gente en un hall muy amplio, pero cerrado de ambos lados. De un flanco una pared y del otro una especie de cerramiento vidriado metálico hasta el cielorraso. Expresiones tan vulgares como adonde carajo es la estación o adonde mierda está el andén ocuparon mi mente a modo de un imperativo auto interrogatorio desconcertado. Después de unos segundos, un vientito siniestro comenzó a rodar por mi humor hasta ese momento impecable y decidí detenerme, apoyar mi bolso de mano en el piso y tomarme unos segundos de enlace, darme una tregua de calma evaluadora. Por suerte, la intuitiva presunción de estar ante uno de esos chistes que nos depara la ignorancia pareció disipar muy rápido la incipiente neblina de avergonzado temor que ya se había levantado en la oscura ruta de mi conciencia. Entonces confié una vez más en mi inteligencia instantánea, ese el trazo fino de mi percepción que no podría dejar de estar en ese momento a la altura de las circunstancias, y me acerqué al cerramiento con la seguridad de que la verdad se rendiría ante mi rápida e incondicionalmente, a pesar de que todas las personas que esperaban en el lugar permanecían alejadas a no menos de tres metros del borde. Observé desde muy cerca las aberturas vidriadas que rodeaban a los revestimientos lisos color acero inoxidable del cerramiento; eran indicadoras de la existencia de algo así como puertas, se notaban claramente  líneas verticales. Cuando dirigí la mirada hacia el interior las sombras y los reflejos comenzaron a jugar con mi vista una especie de broma de confusión, y mi obstinación ya declarada hizo que tanteara primero con mi nariz unos de los cristales para luego apoyar mi frente con toda la carga del peso de mi cuerpo detrás, casi como en un acto de definitiva desesperación por resolver la situación y a riesgo de lo imprevisible. Tras una leve sombra, un sonido grueso, entre rojo y lacio irrumpió antes que pudiera reconocer nada. El elegante movimiento del tren se abrió de pronto como la evidente solución elemental. 

La irrupción violenta e instantánea de una conclusión racional en las fosas profundas de la conciencia es un shock que no tiene nombre que lo designe, es casi una catarata de sentido que se precipita, y tiene una consecuencia somática ambivalente; a la vez se experimenta haber tragado como regurgitado la propia ingenuidad, un efecto de percatarse en alto grado de inferioridad que nos inunda bajo temblores de alivio y vergüenza en perfecta mezcla. Ese cerramiento actuaba de protección para que nadie pudiera acceder al andén y caer al vacío de las vías. La formación se detuvo en el punto exacto para que sus puertas al abrirse coincidieran con las puertas del cerramiento, que  se abrieron una vez que lo hicieron las del tren y me permitieron ingresar. Cuando finalmente accedí al vagón, y el resto de los viajeros se relegaba en evidente señal de haber reconocido mi ansiedad, me recibió la mirada festiva pero directa a los ojos de un desaliñado american de color que ocupaba una remera bien holgada de basquetbolista, para decirme en un casi rappero inglés 

—¡Welcome to the first world!

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