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Quanah, después Parker

Por Omar Genovese

Los comanches atacan un caserío de colonos blancos. En la defensa, los hombres mueren combatiendo, mientras que las mujeres y los niños son tomados prisioneros. Se convierten en cautivos, un estado que para los menores puede transformarse en un proceso arduo de educación, asimilándose a las costumbres y tradiciones de la tribu. En esa ocasión, la niña de siete años se adapta con rapidez, obedeciendo las escalas de valores, al punto que al convertirse en mujer es tomada en matrimonio por quien será un líder rebelde. Se trata de Cynthia Ann Parker, natural de Texas, quien en un año borroso e impreciso, tal vez 1847, se convierte en madre de un niño resultado de aquella insólita unión. Lo llaman Quanah, hijo de Nacona, guerrero firme y que con rudeza enfrentaba a la autoridad Texana quien, años más tarde, arrasaría la pobre toldería con más de sesenta hombres. Rangers de pura cepa, terminaron con la vida de todo lo que estaba en movimiento, quedando como testigos unos pocos que lograron esconderse. Nacona, Quanah, su hermano Pecos y dos guerreros salvan la vida por estar cazando, mientras que Cynthia (ya naduha, mujer comanche) y el tercer hijo, la pequeña Flor de la Pradera, son tomadas como trofeo de la soldadesca para ser devueltas al seno de la familia Parker. Poco duró la felicidad entre los familiares genéticos, la naduha ya no era blanca, ni reconocía costumbres, lengua u obligaciones, y a su intento de escape, correspondió el encierro. La niña muere enferma y la madre, desconsolada, alejada de la piel que era su afecto verdadero, deja de comer y se apaga tristemente.

No menos complicada era la existencia de los sobrevivientes: en poco tiempo Quanah pierde al padre y al hermano a manos de distintas enfermedades. La pradera y la miseria cobraban sus segundas víctimas, dejando un niño solo, mestizo, con el destino expuesto al viento que no tardó en llevarlo a una nueva tribu: los kwahadis, por demás guerreros, nómadas e irascibles. Fueron ellos los que no aceptaron la reservación como destino, ni negociaron paz alguna por 1867, desafiando a los texanos a que los saquen a latigazos de sus tierras. La respuesta no tardó en llegar, pues la tribu rebelde vio reforzada sus filas por todos aquellos jóvenes guerreros descontentos con la vida miserable del confinamiento. Y fue el general Grant quien dio la orden de iniciar la persecución y exterminio, el crecimiento del gran estado americano necesitaba de orden para generar el inevitable progreso de sus emprendedores. La tribu inició una guerrilla dinámica, fantasmal, veloz, que sumía en el desconcierto a sus perseguidores y en pánico a los colonos. En el Llano Estacado, al norte de Texas, donde comenzaba el desierto, se ganaron la fama de sangrientos e impredecibles, sumiendo en el desconcierto al perseguidor en jefe, un coronel de caballería al que llamaban Tres Dedos, un tal Mackenzie. Como anticipo de lo que sufriría el ejército yanqui en sus campañas imperiales del siglo XX a la actualidad, los soldados quedaban expuestos a todo tipo de sorpresas y hostigamientos, en un territorio árido, desconocido, que minimizaba cualquier predominio técnico. Pero el avance blanco también traía el saqueo de aquellas riquezas unidas por siglos a las tribus de la región. La caza indiscriminada de búfalos planteaba un oscuro horizonte para la vida nómade, por lo que la rebelión se extendió y tanto comanches, como kiowas, cheyenes y arapahos unieron fuerzas. Un consejo de guerra determinó el objetivo y allá fueron, por Adobe Falls, un caserío refugio de cazadores de búfalos. Ya líder nato, Quanah, dirigió las acciones de la numerosa tropa indígena, por las que recibió una herida de bala sin llegar a destruir el puesto. A tal osadía guerrera, siguió una nueva persecución a gran escala que, sumada a la paz firmada por los comanches con los blancos, dejaron al grupo diezmado y disminuído en fuerzas. La reserva, por hambre y cansancio, terminó como única e inevitable certeza. Pero algo extraño ocurrió, algo por demás sorprendente: al poco tiempo de aceptar el límite territorial, Quanah pidió un salvoconducto para conocer a su familia materna, a los que visitó y quienes –tal vez envueltos en la tristeza por la muerte de Cynthia- lo recibieron como un familiar más. Allí aprendió el idioma de los blancos, sus costumbres y, tal vez, esa alquimia que lo definía como mestizo, extranjero y a la vez indio, desde la porción que fue pasado de su madre. Despierto en las novedades adquiridas y con las nuevas herramientas culturales, volvió a a la reserva donde ejerció el liderazgo de forma natural y, entre negociaciones con los blancos y haciendo valer su representatividad otrora guerrera, se convirtió en un interlocutor válido y respetable para la Unión. Así fue que también llegó enriquecerse con la explotación de las praderas del territorio bajo su mando sin armas, acumulando fortuna y prestigio entre los ganaderos. Astuto, defendió el derecho comanche sobre la tierra de la reserva ante el mismísimo Congreso, en Washington, vestido con una levita y cierta dignidad de ajedrecista experimentado. A comienzos del siglo XX, por la prensa y la demagogia política, logró la amistad de Roosevelt, al punto que cazaron juntos en la reserva; momento en el que, tal vez, apareció la famosa y triste frase por la mente del estadista: América para los americanos.

Cuestionado por la tradición guerrera de su media sangre rebelde, Quanah encontró la muerte rodeado de hijos, en la cama, dejando una fortuna, en una casa de doce habitaciones a la que llamaban la casa blanca comanche. La tradición oral refiere que en agonía invocó al espíritu de su tribu –el águila-, por una inmensa culpa que lo acosaba desde el abandono de la lucha, o porque tantos muertos no perdonaban la renuncia ante los blancos, así como la ostentación de un poderío que ya no equivalía a sangre alguna, sino a monedas, frías e inhertes, indignas.

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