Give me a Semper Fi!
Por Omar Genovese
Los films de propaganda bélica tienen poco para el recuerdo, salvo alguna que otra escena donde la pericia del cámara, o la composición y montaje, dotan de realismo la representación de un algo irrepetible, como la muerte de tales hombres y no otros (la sangre nunca deja de ser sangre, y los muertos mueren con mucho menos espectáculo que lo que el cine produce). En la estadística, eso diferencia la derrota del triunfo y, pocas veces, la gloria del escarnio. A la infame frase “la historia la escriben los que ganan”, debe sumarse una más: la victoria se filma antes de ser vencido. Por caso, buena parte del aparato filmaker de Hollywood rinde tributo a las industrias que los han hecho potencia hegemónica (la bélica), y en esto, son funcionales y también serviles. Salvo la versión extendida de Apocalipsis Now Redux (de las que no se salvan ni Buscando al Soldado Ryan ni Full Metal Jacket), en la filmografía bélica los EE.UU. no conocen la derrota, incluso parece que la retirada final de Vietnam fue un error técnico de ciertos burócratas, algo de mal gusto antipatriótico. Esto toma ribetes cómicos: cinematográficamente, los yanquis no saben perder ni a las figuritas.
Pero, también, la visión resulta claramente estratégica. En los albores de una nueva lucha globalizada, cuando la minoría blanca se ve acorralada por la inmigración y la pobreza de sus desplazados sociales, es cuando la riqueza depositada en la economía militarista aparta las sombras de una inevitable recesión. Nueva sangre será necesaria, de aquellos migrantes inubicuos, previos a su desplazamiento hacia las drogas o el delito común, ávidos de una nueva identidad que los aparte de una muerte callejera. Nueva carne, de cañón. Y es bajo ese estigma, como renunciamiento individual para beneficio de la grandeza familiar, que los reclutamientos patrióticos necesitan de una causa, más que de un efecto. Resulta, entonces, la mejor herramienta un tipo de films que justifique la entrega individual, la canonización de la conciencia en pos de un grupo más sólido que la familia, donde obedecer será lo imprescindible, y cuya marca será como la del ganado: nada, ni nadie, podrá borrarla. Por ello, por siempre, para siempre, semper fidelis. Lo eterno y la fidelidad sin pensamiento, más que el amor por la patria, por Dios, o por la propia familia. Es la redención absoluta disolviéndose en el USMC que será el todo por antonomasia, más allá de la conciencia, religión, raza o deseo. USMC es un corpus, y también es máquina, pero por encima de los divino, pues en la realidad que han abandonado las creencias, ellos están, siempre estarán, matando. El Cuerpo de Marines dirá cuál es el enemigo, el cuerpo dará la orden al más insignificante pelo de su ser, y éste, sin mediar sanción, deberá ejecutar la orden, eliminando, destruyendo, haciendo pesar aquello que ni siquiera es ley pues, en una guerra, se agota toda legalidad.
A la inducción conductista se ha incorporado el vaciamiento completo del razonamiento del soldado. Unido a un fusil, a un compañero que si herido cae será su cruz hasta morir en el traslado, el Marine estará por encima de toda presión psicológica del combate superándolas previamente en su preparación. Ahogado en una paranoia prolijamente sedimentada, sus conductas serán fieles al deseo del cuerpo que representa, estigmatizado por la necesidad de pronta ejecución: caso contrario morirá siendo un lastre para otro, dificultando la victoria, atrasando el objetivo único, exquisito, que es matar. La máquina provee máquinas, y el fervor sólo la respuesta inapelable encarnada en la destrucción. Hace más de un año, NBC difundió una serie de tres documentales sobre la otra faceta de la guerra contra el terrorismo. Se trataba de Afganistán, donde los talibanes fueron derrocados pero no “aniquilados”. Es más, se fueron a las montañas y, como hicieron con los soviéticos, taladran a los soldados del USMC desde todos los flancos. Es lo que se llama la secuela bélica de baja intensidad, o una derrota magnífica que no hay que propagar. En un campamento fronterizo al norte rebelde afgano, un vivac de marines soporta la aridez del terreno, paseando de día, y ocultándose de noche. Un oficial, arrojado en su cucheta, explica que ni guardia colocan. “Es como posar para el disparo de una cámara fotográfica, pero no se trata de una foto, es algo demasiado peligroso. (…) Cuando me alisté en el USMC pensé en la batalla frontal, en combatir cara a cara con el enemigo, sobrevivir pero siendo héroe. Ahora, estamos encerrados de noche como en un submarino, y zizagueando de día para esquivar a los francotiradores. Desde que estoy aquí, casi dos años, no he visto un solo talibán. Si salgo vivo, eso me hará un héroe, pero para mi familia. Soy consciente que nadie allí (por EE. UU.) le importa lo que nos pase.” Habrá ciertos expertos que acudan a la muletilla sobre el estrés traumático del combate, pero la realidad en los territorios ocupados –caso Irak–, dista mucho de ser atractiva para quienes sellaron con su sangre un pacto con el Cuerpo del mismo demonio. En la frialdad esquiva de la noche, toda instrucción y presión psicológica recibidas sufren el desgaste en el terror al abandono. ¿Y si se van del territorio y se olvidan de ellos? Esa pregunta recorre las magras conciencias de los marines exiliados en territorios indómitos. Si mueren, sus familiares recibirán la nacionalidad yanqui; si vuelven con capacidad reducida, medalla y pensión de por vida; si lo hacen en una pieza, tal vez la gloria o el aplazamiento de la frustración por el inalcanzable sueño americano (dos opciones que resultan falsas, infantiles y, por qué no, una verdadera canallada). Mientras tanto, Semper Fidelis. Hasta que los riñones estallen por llevar municiones de uranio empobrecido en la cintura, o caer bajo fuego “amigo” bastante distraído, o por el efecto de una bomba al paso colocada por algún adolescente fugaz y escurridizo. Lo que la sumisión a las órdenes y la repetición interminable del sacrificio en pos de la obediencia, parecen solventar como sólido carácter de un combatiente temerario, sólo será un vil reflejo de aquél cine vulgar con el que todo riesgo tiene su premio y, más aún, si es en beneficio de la patria, o su alter ego avasallador: el USMC. Luego de la batalla, el ambiente hostil enjuaga la más sólida profesión soldadesca, disolviendo las convicciones en meses y meses de aislamiento y exclusión. La derrota, entonces, planta su sabor persistente, sin batallas, alterando el juego de la fuerza, por el de la resistencia.
Cuando los marines ocupan, lo hacen invadiendo todo, buscando cierta identidad con la tierra perdida (construyen algún Burguer King o Pizza Hut entre las ruinas milenarias del valle del Eufrates, no sin antes pintar con aerosol: Semper Fi!). Pero en nada se detiene el proceso en el que se encuentran, por lo que no sólo el paisaje será hostil, sino toda emanación del mismo, sea civil, infantil, de cualquier índole. Es entonces que el enemigo toma formas indescifrables. El pánico que instalaba la sombra de Atila, queda como una anécdota nimia: los blindados que recorren los singulares campos de batalla (ciudades, repletas de civiles), poseen una cubierta de uranio empobrecido. Si son atacados, la cubierta estalla y el polvo vuela por el aire, cae al suelo, sembrando contaminación cancerígena a corto plazo. La muerte también contamina por otros medios, en algunos casos, por repetición enfermiza. Por ello los desertores son más que numerosos, siendo que huyen del enemigo, como de sus propias fuerzas, así como de la radiación intangible. Se les dijo que el trabajo en la batalla era matar, pero no morir, sí o sí, por otros medios. ¿Será que el USMC ha cambiado la perspectiva y el objetivo –a través de la crueldad y el genocidio– es el triunfo pero sabiendo que todo soldado ya es un muerto obediente al que le espera una bonita e insulsa tumba? ¿Habrán calculado que ese “costo” es más económico que la formación a conciencia de un hombre con poder de decisión, y que aquél criminal desatado no puede regresar a la madre patria pues es un arma indominable? ¿Acaso el USMC también cumple un rol de limpieza social fronteras adentro de EE. UU.?
Como en las falanges romanas, el saqueo es más que un premio, sino también incentivo; igual que en aquellas fuerzas, la diversidad étnica, cultural, se uniformiza bajo un solo lema e idénticas armaduras. A su manera, el USM creó un organismo plural, cuyos individuos se igualan en el momento de la acción, hermanados por la complicidad y la supervivencia. Una manada depredadora de insectos sin escrúpulos, que hacen las veces de verdugos de otros iguales pero distintos, pues la tecnología y el abono del progreso ni siquiera los roza con la promesa de un futuro pseudobenéfico. Queda claro que hasta para el país más rico y poderoso del planeta, los idiotas útiles resultan imprescindibles, ya en los gobiernos, ya en las poblaciones pauperizadas, ya con un arma, matando indefensos. Las fuerzas se renuevan, y con métodos evangelizadores, recargan el arma de instrucción: día a día, más y más brutos se automatizan para el crimen.

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