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¡Salvemos nuestras medianeras!

Por Horacio Marino

[Este cuento de Horacio Marino recibió la segunda mención del premio SCALAE]

Todo el mundo recibe todo el día tanta
información que pierde su sentido común.
Gertrude Stein

Las bocinas saturan el aire de decibeles. Los autos reflejan el brillo de un sofocante sol de noviembre. En la radio, alguien sentencia: En el año 2050, el 70 % de la población mundial va a vivir en las grandes ciudades. Justo hoy, los manifestantes esgrimen los argumentos exactos para interceder en mi necesidad de llegar a destino, justo a tiempo. Atrapado en mi retórica automotriz, lucho contra el instinto quejoso-crítico, propio de los nacidos por estos asfaltos. Iluso, intento una mirada que distraiga. Pego la ñata contra el vidrio y como en un calidoscopio, se suceden marquesinas imponentes, pasacalles faltos de ortografía, vidrieras con maniquíes, carteles con letra china, repartidoras de futuros descartables, compradores compulsivos, malabaristas de ocasión, vendedores ambulantes, paseadores de perros, perros, gatos, fachadas barrocas, renacentistas, deconstructivistas, racionalistas, paredes pintadas, despintadas, revocadas, estucadas, de ladrillo visto, de bloques de hormigón, de mármol, de vidrio espejado para reafirmar y redoblar todo lo dicho.
Reflexiono: Buenos Aires es como una adolescente que crece desenfrenada, adentro de un cuerpo que ya le queda extraño. Miro al cielo, como buscando un respiro, pero el cielo esta cargado de presunciones meteorológicas. Confundido, desolado, dejo vagar mi vista sin sentido. Hasta que la veo. Blanca y radiante, como una novia. Altiva, despojada, minimalista por derecho ajeno. Es ella. La medianera.
Crecí pensando que esas medianeras a la vista, que lucían sin pudor su piel de látex para exteriores y sus lunares rectangulares como ventiluces de baño, eran malformaciones generadas en la ciudad por una suma de virus: lotes angostos, códigos de edificación nefastos, construcción desordenada de edificios en altura proyectados por profesionales inmobiliarios, etcétera. Y que las ciudades debían ser muestrarios de fachadas continuas o de edificios distanciados con sus caras resplandecientes en vidrio y metales preciosos. Hasta que un buen día, escucho decir al arquitecto Clorindo Testa, que le gusta la ciudad de Buenos Aires, entre otras razones, por esas altas medianeras a la vista que ofrecen un descanso ante tanta información visual, diferenciándola así de otras grandes ciudades cosmopolitas.

No se quedó con el árbol–edificio: buscó el bosque-ciudad.
No se perdió en el bosque–globalización: se trepo al árbol único e irrepetible.

Si la arquitectura es música congelada y la música es la forma de combinar los sonidos, las medianeras son los grandes silencios (caprichosos, malcriados, azarosos, diría John Cage) que potencian la sinfonía urbana.
No solo habitamos un espacio, sino y sobre todo habitamos la idea que tenemos de él. No se hace arquitectura agregando mas peras al olmo. Hay que sentarse debajo del paraíso, o del plátano, en bancos construidos en las veredas (como propone el arquitecto Livingston) a ver pasar la ciudad, a ver ¿qué pasa en la ciudad?, a escribir sobre esas grandes paginas en blanco los gustos que no están escritos, a componer sobre los renglones pentagramados (proyectados por las sombras de los cables que sobrevuelan nuestros cielos) esa melodía que es una mezcla de tango, rocanrol, cumbia, zamba y esperanza.

La construcción avanza a pasos agigantados.
No quedan frentes, ni costados para la discordia.

Son tiempos re-llenos, donde el vacío es un corte de carne del animal mitológico llamado vaca, o una sensación de orfandad que sentimos cuando no suena el teléfono celular. Por eso es necesario salvar a nuestras medianeras. Salvarlas, es salvar parte de nuestra identidad, es también salvar la idea autóctona que las resignificó y que forma parte de un ideario que nos representa.
Desde este humilde embotellamiento, propongo fundar un Greenpeace que juegue la nuestra. Austeros, silenciosos, sugerentes, sin pancartas ni discursos, vestidos con la paciencia de quienes nos sabemos cumpliendo con nuestro deber, cortemos las calles de la ciudad (total que le hace una quebrada más, al tango del lamento cotidiano) para que nuestros conciudadanos y conciudadanas, después de insultarnos y sacudir las cabezas buscando una respuesta, encuentren una medianera que les de remanso y puedan reflexionar, resignificar la idea heideggeriana del ser acá, luchando así contra el aburrimiento que provoca el mundo globalizado, portador de un solo sofisma.

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