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La lengua de la serpiente

Por Omar Genovese

[Este cuento de Omar Genovese obtuvo la primera mención del premio SCALAE

Conducir un vehículo por las autopistas de Buenos Aires –precisamente un automóvil vulgar, en buen estado– es, tal vez, la experiencia más frustrante que pueda deparar la ciudad. Algunas variables pueden tornar el simple trayecto en el máximo calvario, como también ofrecer el descansado placer de dejarse llevar, en cierta marea transparente, con una cadencia de travelling cinematográfico. El transporte ciudadano en sí, carece de la intención de goce, por lo que la segunda sensación es más producto de un horario insólito o de un feriado vacacional. Sólo en esos momentos la soledad del trayecto asegura cierta distensión, por lo que el ambiente ingresa por todos los puntos de vista del conductor: al frente, desde los vidrios de las puertas, el parabrisas, por los espejos retrovisores, por el retrovisor que mira hacia la luneta trasera. El paisaje de asfalto, y sus referencias geográficas, es accesible, ameno, y en su repetición, hasta portador de una belleza casual. Quien conduce también es atravesado por un sentimiento de seguridad y dominio de la situación: él controla el vehículo en todos sus aspectos y no depende de la presencia de los otros, aquellos que en determinada cantidad, resultan el probable riesgo de la propia vida. Es evidente que a cierta velocidad, la autopista cierra sus límites contra el horizonte, acercándonos el punto de fuga; tal efecto túnel, más la fuerza de gravedad aplástandonos en el asiento, puede derivar en una sensación de vértigo mezclada con adrenalina. La velocidad resulta adictiva, y el cuerpo humano responde con asombrosa adaptación al advenimiento de ese todo, ahora paisaje fundido entre cielo y asfalto. En ese instante, el hombre-chofer se torna inconsciente de los riesgos y deja llevar el cuerpo en trayectoria ideal, hacia allá, al cruce entre el destino y sus significados. Una pequeña piedra, un ave, un perro, una lata arrojada desde la mano contraria, o tan sólo la pinchadura del neumático, pueden alterar para siempre el estado de las cosas. Lo que indica que la seguridad en una autopista es sólo una ilusión que justifica el cobro de un servicio, también ilusorio.
Así, las autopistas resultan higiénicas, lánguidas, dispuestas para que rodemos sorteando menos dificultades que por caminos alternativos, infectados de gente y sus derivaciones caóticas. Las autopistas, también, acortan tiempos en un viaje, aumentando el riesgo real de reducir el tiempo individual a cero. Esto comprueba que todo sistema creado por el hombre es básicamente defectuoso: contradictoriamente, el asfalto rápido promete cierta elipsis de la realidad, comodidad, limpieza y eficiencia, pero esas virtudes se hacen vívidas únicamente en casos de accidentes múltiples. Vehículos con señales gigantes obstaculizan el tránsito para disminuir la velocidad y de la nada aparecen grúas, ambulancias, policías, máquinas limpiadoras que faenan con rapidez para que los que van, vayan, sin importar si llegan. Es que, en una autopista, a nadie importa dónde va el otro. Si bien es público, multitudinario, el medio resulta excluyente, aislante, egoísta, y en momentos de congestión, incitador al delito contra las personas, los anónimos otros.
Pero todo se agrava con el ejercicio indiscriminado de la libertad de compra: el hombre-chofer paga por ese ir por ahí, por la capacidad de mejor desplazamiento, lo que crea un cierto ánimo de pertenencia y, entonces, desata una verdadera pugna con los demás por acortar distancias, a veces tan ridículas como la disputa de un metro de cinta asfáltica, zigzagueando, frenando a escasos centímetros, acelerando con aire de largada de carrera. Con la llegada de los factores climáticos, la ecuación autopista / choferes, adquiere ribetes cósmicos: es cuando el cielo adopta el gris oscuro del terreno, el agua impregna los elementos de resbaladiza pátina, y las mandíbulas se tensan. En ese estado de alerta, el choque, la detención del tránsito, instala el escenario claustrofóbico por excelencia. La detención, la quietud, se convierte en sinónimo de desesperación, anulando el disfrute de un tiempo de aislamiento, en el cual el vehículo se convierte en refugio y ojo en movimiento. Existen situaciones más acuciantes, que en nada dependen del tránsito o el clima, es el caso de la cinta asfáltica perdiéndose en la noche más cerrada, en aquellas extensiones campestres donde la iluminación es insuficiente, mortecina. Una experiencia simple es detener la marcha en la banquina, cerrar los ojos un instante, y contemplar la autopista perdiéndose en la negritud; entonces nos preguntamos algo tan simple como ¿dónde estoy? ¿Hacia dónde voy? La conciencia nos dice que entre un punto y otro, tal vez por el recuerdo del último cartel señalando un pueblo, pero la verdad dista mucho de lo real. En ese punto, bajamos del vehículo despojándonos de su poder motor y la percepción de la distancia será otra. Nada viene, nada va, y es el mismo camino de ida que de regreso. Seguramente, lector, la única pregunta que surgirá será más inquietante aún: ¿voy o vuelvo? Y el tiempo mostrará su faz indómita. Ni bien detenemos el flujo de la velocidad, ni bien tomamos contacto con eso desplegado a nuestros pies, tan imponente, alargado, interminable, sabemos –con una intuición efímera y de dudoso gusto– que no vamos ni venimos, que por un instante no estamos en ningún lugar, y que –a falta de otros ojos como referencia– nos amenaza la posibilidad de ser abolidos en una extraña mezcla de presente inestable, futuro improbable y pasado irreconocible. La intención de este artículo era proponer una solución infantil al problema de la noche en la autopista. Por ejemplo, colocando carteles laterales con fotografías del paisaje diurno, como pase de magia para contener la congoja de la soledad. Pero que un sólo hombre detenga su trayectoria irracional para sentirse la más ínfima forma de vida, resulta tan importante como todas las dificultades enunciadas. Las autopistas tienen cierta virtud atemporal, fútil, como los ojos de una serpiente en la mesa del taxidermista: nos apunta con algo siniestro en el centro mismo de la desesperación de quien escapa, hablo de nosotros, los choferes, adictos a una máquina que nos sustrae por completo.

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